La chispa que nos une (Lo que nos une 2) 73
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Nora

El nuevo amanecer parece haber borrado parte de las extrañas sensaciones de anoche. Max me despierta a besos, y yo me enredo entre las sábanas y su cuerpo, deseando sentirlo mucho más cerca.

—Feliz cumpleaños, cariño —digo en voz baja.

—Teniéndote aquí, puedo asegurar que es de los más felices de mi vida.

Una sensación cálida me inunda el corazón, como si, por unas horas, todo lo demás dejara de existir.

Nos quedamos ahí, entre caricias y besos que van más allá, disfrutándonos sin prisa, en la calma que nos brinda el dormitorio.

Más tarde, en la cocina, Max se encarga de preparar el café.

Yo me apoyo en la encimera, observándolo.

Y me siento bien, satisfecha y… enamorada.

Todavía lleva el pelo algo despeinado, y su aspecto me hace sonreír más.

Hasta que mi móvil comienza a vibrar sobre el mármol como un loco, anunciando una llamada de mi madre.

Al principio, dudo de si entregarme al típico juego de dejar que me pida lo que quiera por WhatsApp, pero, después de lo de ayer, una nube gris de pesimismo se apodera de mí en cuestión de segundos, y sé que Max lo nota, así que descuelgo.

—Hola, madre.

—¡Nora, cielito! —Su voz contradice mis temores, y me permito respirar—. Tengo una noticia estupenda.

—Dime.

—¡He encontrado el trabajo ideal! Es en una tienda del aeropuerto, de esas que venden de todo: adaptadores de corriente, refrescos, sándwiches, prensa internacional, chucherías y cosas así. Ayer fue mi primer día y estoy contentísima. ¡Me encanta!

Me quedo callada, procesando la información y, no voy a mentir, también aliviada.

—Eso es genial —respondo.

—Ya era hora de que por fin algo me saliera bien.

—Claro, sí… Me alegro por ti.

—Lo único… —me anticipo a lo que va a decir—. Hasta que cobre el primer sueldo, voy a ir un poco justa. ¿Podrías enviarme quinientos o seiscientos euros?

Resoplo. ¡Cómo no!

—No, madre.

—¿Qué?

—Que no.

—Pero…

—No tengo dinero para darte.

Max me observa con intensidad, seguramente sorprendido por mis palabras y el tono que he empleado.

—Pero ¿qué te ocurre?

—Nada.

—Estás siendo muy dramática. Tu pobre madre necesita que la ayudes.

—Esto no es ayuda. Es ser una parásita de tu propia hija.

—¿Parásita yo? ¡No seas desagradecida y egoísta!

Aprieto los labios y respiro.

—Madre, lo siento, pero ahora no puedo mantener esta conversación. Espero que el nuevo trabajo te dure más que el resto y aprendas que el dinero no cae del cielo.

Cuelgo y dejo el móvil lejos, sobre la encimera, como si quemara.

Max pone una taza de café con leche delante de mí y se sienta a mi lado.

—¿No tienes dinero o no quieres darle más?

—No quiero darle más.

Se instala un breve silencio.

—Creo que haces bien poniéndole límites.

—Debí hacerlo hace mucho.

—Nunca es tarde.

Nos miramos. Cuando estamos a punto de juntar nuestros labios, escuchamos risas al otro lado de las ventanas que dan a la entrada de la casa.

Las voces de Markus y Elise nos recuerdan que el reloj corre más rápido de lo que nos gustaría a ambos y que hoy celebraremos aquí el cumpleaños de los gemelos.

—¡Buenos días! —Aparecen de la mano, contentos y con unas ganas de fiesta diferentes a las nuestras, pero su humor es contagioso.

—¡Feliz cumpleaños, hermanito! —Max se acerca a Markus y los dos se abrazan. El primero aprovecha para revolverle el pelo al segundo.

—Pero ¿todavía estás así? —Elise abre mucho los ojos al verme con una camiseta de Max—. ¿Quieres que tu suegra te vuelva a pillar con estas pintas?

—Todavía falta mucho para que vengan —protesto.

—Llegáis muy temprano.

—Está claro que no habéis visto el reloj —comenta Markus, divertido.

—¡Venga, vamos! Te ayudaré a elegir algo de la maleta.

Una vez solas, arriba, Elise comienza a rebuscar entre mis cosas.

—¿Por qué no dejas algo en el vestidor de Max? Con tanto ir y venir, se te arruga la ropa, y seguro que te resultaría más cómodo.

—Elise, estoy cambiando muchas cosas de mi vida, y para mí tal vez sea mejor hacerlo así…

—¿A qué te refieres?

—Necesito ir a mi propio ritmo.

—O es que te falta confianza.

—No es eso. —Me siento en la cama—. Además, hoy he dado otro paso. Le dije a mi madre que no le mandaría dinero.

—¿En serio? —Se levanta—. Me alegra oírlo, de verdad. Creo que tarde o temprano debías hacerlo, por difícil que fuera.

—Ya, bueno… Basta de ser una tonta, ¿no crees?

—No has sido tonta, Nora. Es solo que has pasado situaciones complicadas. Y, al fin y al cabo, ella es tu madre, la única familia que tienes, y a veces eso es complicado de gestionar.

Estoy a punto de confesarle que sé quién es mi padre, y que es igual o peor que mi madre, pero me lo sigo callando.

—Me alegra ver que estás eligiendo el camino que quieres, Nora. Porque eso te hace feliz. Solo hay que verte. Estás radiante, y no es solo por Max.

—Max influye bastante, no nos engañemos, pero… a veces me pregunto si podré seguir con alguien como él. No estoy acostumbrada a que las cosas salgan bien, y…

—Nora —me interrumpe—, acostúmbrate.

Me gustaría hacerle caso. Sin miedos, sin dudas, sin esa sensación constante de que todo puede desquebrajarse en cualquier momento.

Pero me guardo esos pensamientos y asiento con la cabeza, intentando mostrar una sonrisa convincente.

Elise continúa rebuscando en mi maleta, con esa jovialidad que, desde hace un tiempo, parece traer de serie. Me siento feliz por ella, porque se lo merece. Yo me quedo sentada en la cama, preguntándome cuánto durará la calma antes de que llegue la tormenta.