La chispa que nos une (Lo que nos une 2) 72
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Max

Cuando llegamos a casa, Nora sigue en silencio.

Le dejo espacio para que suba y se dé una ducha caliente con tranquilidad.

Sé que la necesita, pero me preocupa que pase demasiado tiempo dándole vueltas a lo sucedido.

Temo que esos pensamientos, y sus supersticiones acerca de la dichosa maldición, acaben alejándola de mí.

Cuando ha transcurrido un rato largo, me desespero, así que decido llamar a la puerta.

—Nora, ¿estás bien? —pregunto desde el otro lado.

—No… —Su voz suena rota—. Yo… lo siento tanto, Max…

—¿Puedo pasar, por favor?

No responde de inmediato, lo cual me pone nervioso.

—Vale —termina aceptando.

Respiro y entro con cautela.

Está sentada en el borde de la bañera, con los pantalones sobre las piernas, observando el agujero en uno de ellos.

—Lo preservé para ocasiones muy especiales. Pero no ha servido de nada. Tal vez no debería tener cosas bonitas.

Algo me dice que no habla solo del traje.

—Claro que puedes.

Niega con la cabeza. Las lágrimas le brillan en los ojos, aunque intenta contenerlas.

—No —susurra—. Porque todo lo bonito que tengo… acaba rompiéndose.

Sus palabras se me hunden en el pecho como esquirlas.

—Eso no es verdad.

Por fin me mira.

—Siempre será así, Max. Y no soporto hacerte daño.

Estruja la tela entre los dedos y, al hacerlo, deja al descubierto sus rodillas. Una está amoratada y la otra, raspada, y algo se me contrae dentro al descubrir que le han hecho daño.

Voy al cajón donde guardo el botiquín, cojo algodón y desinfectante y me arrodillo frente a ella. Empiezo a limpiarle la herida. Nora hace una mueca, pero ya está.

—Sé que, cuando en Londres hablamos de tu madre, no me contaste todo —comienzo—. Y tengo la impresión de que es esa parte que faltaba la que nos ha arrollado esta noche, ¿no?

—Sí.

—¿Quieres contármelo?

—Sí.

Pero no habla. Permanece sumida en sus pensamientos, y yo no quiero presionarla.

—O tal vez en otro momento…

—No. —Me mira—. Yo… te debo una explicación.

Nos quedamos en silencio de nuevo. Cojo uno de los dos albornoces que cuelgan del perchero y se lo extiendo por encima para que no coja frío.

Ella suspira.

—Era mi padre.

—Lo imaginaba. Escuché parte de la conversación al llegar allí.

Nora asiente con la cabeza e inhala.

—Cuando yo tenía dieciséis años, mi madre decidió que debíamos regresar a Dublín.

Me había arrastrado con ella a Londres de niña, con el pretexto de que allí habría más trabajo y viviríamos mejor, así que no entendí por qué de repente necesitaba volver a Irlanda.

La verdad es que en ese momento tampoco le iba bien: había perdido el trabajo, como tantos otros, y no había ningún novio en su vida.

Estábamos solas. Pensé que quería empezar de nuevo, volver a las raíces, aunque eso significase dejarlo todo atrás.

Para mí fue muy duro, no solo por cambiar de instituto en plena adolescencia, sino porque me separó de Elise, que siempre ha sido como una hermana para mí.

»Poco después de llegar, empecé a sospechar que algo no encajaba: mi madre recibía llamadas extrañas, ponía excusas, y yo sabía que todo era mentira.

Seguí con mis estudios; por las tardes iba a clases de alemán, igual que cuando vivía en Inglaterra.

Empecé a estudiarlo por Elise, cuando teníamos siete años, porque ella iba a clases y yo quería acompañarla.

El caso es que una tarde, en la que no me encontraba bien, me marché a casa temprano.

Y fue entonces cuando lo descubrí todo. Desde la calle oí gritos provenientes de la ventana, que estaba abierta, y me quedé escuchando a escondidas.

Mi madre siempre me había dicho que mi padre no había querido saber nada de nosotras, que era australiano, que se había ido… Pero nada más lejos de la realidad.

Nora esboza una sonrisa amarga y yo le cojo la mano, tratando de reconfortarla y animarla a que siga.

—Recuerdo verlo salir de casa y apreciar las similitudes entre ambos.

El color de pelo, las pecas, los ojos… La mirada de mi madre es oscura y su pelo, negro como el carbón, pero yo…

yo era como mi padre. Y mi madre llevaba años extorsionándolo, desde que estaba embarazada; amenazaba con revelarle mi existencia a su otra familia, porque ella era la amante…

En un momento dado, él se negó a seguir mandándole dinero, y por eso volvimos a Dublín, para que la amenaza surtiera más efecto.

»Él siguió pagando hasta que yo cumplí los dieciocho.

Durante esos dos años yo no podía dejar de pensar en él, en que tal vez…

, no sé…, quisiera saber de mí, ¿no? Estaba claro que mi madre me había mentido toda la vida y le había sacado todo lo que había podido, pero yo no había hecho nada…

Así que investigué quién era y, dos años después, me planté en su oficina.

No nos habíamos visto más que aquel día en la calle, cuando él salía de mi casa, y, aunque no habíamos hablado, sé que los dos nos reconocimos.

Se calla, y sé que acabamos de llegar a la parte más dolorosa de su relato.

—No quería saber nada de ti, ¿verdad?

—Eso hubiera sido mejor…

Le doy un ligero apretón mientras se arma de valor para continuar.

—Me acusó de intentar chantajearlo, como consideraba que mi madre llevaba años haciendo.

Me dedicó insultos horribles… Se arrepentía todos los días de su vida de que yo existiera, y creo que le daba miedo tenerme delante por la posibilidad de que alguien llegara a enterarse.

No llevo su apellido, no pretendía causarle problemas; solo necesitaba que alguien de mi familia, por así decirlo, por una vez me mirase y fuera…

diferente. Que no me considerase el mal en la Tierra.

Y yo, inocente de mí, había tratado de explicarle que solo quería conocerlo…

Pero se puso tan furioso… Me dio mucho miedo.

»Me extendió un cheque. ¿Te lo puedes creer?

Diez mil euros a cambio de que desapareciera para siempre y no volviera a verme.

Me hizo asegurarle que no volvería a buscarlo, que no le contaría a nadie que lo había visto o que habíamos hablado.

Y así lo hice… Reconozco que, cuando tuve el cheque en las manos, estuve muy tentada de quedármelo.

Yo quería regresar a Londres, estudiar allí en la universidad.

Pero yo no era como mi madre, y quise demostrárselo a pesar de todo.

Así que lo rompí en un montón de pedacitos delante de él, y después me marché, ignorando las amenazas e improperios que continuó profiriendo a gritos, aun cuando yo ya había salido de su despacho.

—Siento mucho que tuvieras que pasar por eso, Nora.

—Él me comparaba con mi madre, y esta noche volvió a hacerlo. Y, cuando voy a Irlanda, siento que la gente hace lo mismo a mis espaldas…

—No eres como ella. Nunca lo has sido. Y no hace falta conocer tu historia para darse cuenta, basta con escucharte.

—Gracias.

Volvemos a quedarnos en silencio, pero sus pensamientos siguen resonando en su cabeza.

—Ahora temo que mi padre esté cabreado por lo de esta noche y que no lo deje correr.

—Tendrá que hacerlo. Él es el primer interesado en que no salga a la luz, ¿no crees?

—Puede… Llegados a este punto, tampoco me gustaría que me relacionasen con él. Y tampoco que te salpique a ti. No quiero suponer un problema, no lo permitiré. Que tú estés bien es lo más importante para mí.

—Nora… —Alzo su barbilla con ternura para que me mire—. No eres un problema; no lo has sido, ni lo vas a ser. Tú no has hecho nada malo, y quiero estar a tu lado, con todo lo que venga. Así que deja de preocuparte, porque no debes tener miedo. No conmigo, ¿de acuerdo?

Ella compone un pequeño gesto de asentimiento, pero, en el fondo, sé que mis palabras no terminan de convencerla, aunque le gustaría aferrarse a ellas.

Apoyo mi frente en la suya, acariciándole la mejilla.

—Estoy aquí, ¿vale?

Y por fin sus brazos me rodean, fundiéndonos en un abrazo que ambos necesitábamos.