71
Nora
Tengo las rodilleras manchadas, puede que rotas, pero no me atrevo a bajar la cabeza para comprobarlo. Avanzo con la vista fija en el suelo, intentando no tropezar, y, al mismo tiempo, trato de esconder el rostro.
Max me guía hacia la salida, con la mano en mi espalda. Yo solo deseo que nadie repare en mí, que pasemos desapercibidos. Sin embargo, una condenada vocecilla en mi cerebro me susurra que es imposible. Tengo la sensación de que todo el mundo nos mira.
El murmullo sigue a nuestro alrededor, ajeno a lo sucedido, y eso debería aliviarme. Pero entonces percibo el destello de un flash en alguna parte, demasiado cerca, y el corazón me da un vuelco. Solo puedo pensar en que, por favor, no haya ido dirigido a nosotros.
—Tranquila… Ya está… —reitera Max en voz baja.
Asiento con la cabeza, no del todo convencida, y me limito a dejarme llevar por él, aunque lo que quisiera ahora mismo es desaparecer.
Escucho una voz a mi lado y tardo un segundo en reconocer a Mayra, que me tiende mi bolso. Ni siquiera me había dado cuenta de que lo había perdido.
—Gracias… —No estoy segura de que la palabra llegue a ser audible, pero tampoco nos detenemos, así que no puedo constatarlo.
El trayecto hasta la salida se me hace eterno. Demasiado largo, y yo, demasiado… expuesta. Cuando por fin estamos en el exterior, el aire fresco de la noche me azota la cara, pero ni siquiera eso consigue despejarme. Nada lo va a hacer.
Klaus ya nos espera con la puerta del coche abierta. Subo lo más rápido que puedo, seguida por Max, que me toma de la mano y me observa, preocupado.
Ninguno de los dos dice nada mientras circulamos por la carretera, y una dolorosa grieta comienza a abrirse en mi pecho.
Solo una idea se repite en mi mente una y otra vez: no quiero causarle problemas a Max.
Haría cualquier cosa por protegerlo, y, aun así, lo único que he hecho ha sido arrastrarlo conmigo a mi pasado, a algo que debería haber permanecido enterrado.
Cierro los ojos un segundo, pero el recuerdo regresa con más fuerza.
El sonido del golpe.
Su puño contra la cara de mi padre.
La forma en que gritó que me soltara.
Cómo me miraba.
Abro los ojos y desvío la mirada hacia nuestras manos, todavía entrelazadas. No me ha soltado ni un segundo desde que salimos de la parte trasera del edificio, y ese simple gesto, que en otro momento me haría sentir segura, ahora solo me causa dolor.
Sé que está preocupado.
Que estará haciéndose mil preguntas.
Que, en cuanto lleguemos a casa, tendré que darle una explicación.
Y, aun así…
No puedo arrastrarlo conmigo. Lo quiero demasiado como para romperle la vida también a él.