La chispa que nos une (Lo que nos une 2) 70
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Max

Mayra aparece de repente con gesto preocupado y se planta entre Mike y yo.

Lleva en las manos el bolso de Nora, pero esta no la acompaña. Mi estómago se encoge. Tengo un mal presentimiento.

—¿Dónde está? —pregunto.

—No lo sé. —Mayra se muestra nerviosa—. Estábamos hablando tranquilas y, de repente, fue como si le echaran un jarro de agua fría por encima. Se quedó mirando a un hombre y te juro que la vi aterrada, Max. ¡Aterrada!

—¿Cómo que aterrada?

—Salió corriendo sin darme opción a acompañarla —continúa—. La perdí de vista entre la gente…, pero sé que él la siguió, porque pasó a mi lado justo después de que Nora se fuera. Iba con la vista fija en el frente, por donde ella se había ido.

Se me hiela la sangre.

—¿Cómo que él? —Trato de mantener la calma.

—¿De qué hablas, Mayra? —interviene Mike, tan perdido como yo.

Pero su mujer ni siquiera lo mira. Sigue centrada en mí.

—¿Cómo era? —pregunto. Me enfoco en que Nora está asustada en alguna parte, y no sé si anda sola o no.

—Grandote…, pelirrojo, con algunas canas… Y la cara así, como rosada.

Se vuelve hacia su marido.

—Estuvimos con él al principio, ¿te acuerdas? Pero no le presté mucha atención.

Mike se queda pensativo.

—Richard.

—¿Quién demonios es Richard? —Me desespero por momentos.

—Richard McLoughlin —especifica—. Un cabrón irlandés bastante engreído. Tiene una empresa de taxis de lujo y chóferes privados que opera en Irlanda y Reino Unido.

—No tengo ni idea de quién es.

—No te pierdes nada, créeme, es un mal bicho.

Mike sigue hablando del tipo en cuestión, pero yo solo puedo pensar en la definición que ha dado mi amigo y en que Mayra insistió en que Nora estaba aterrada.

¿Y si está con él? ¿Qué me ha ocultado? ¿Qué está pasando?

El corazón me golpea en el pecho. Miro a mi alrededor, como si así fuera a dar con ella.

—¿Hacia dónde fueron? —pregunto.

Mayra señala un pasillo.

—Por ahí.

No espero a que diga más. Me encamino en esa dirección. Si alguien ha conseguido asustar así a Nora, nada bueno puede estar sucediendo.

Pese a que todo se me hace un laberinto, avanzo hasta internarme por un pasillo que da a los baños y que sigue más allá. Acelero mis pasos, ya que no hay nadie más, a excepción de Mike, que viene detrás de mí.

Llegamos a una salida de emergencia que está entreabierta, y entonces escucho su voz:

—Te prometo que no sabía que estarías aquí…

Nora está angustiada, casi al borde del llanto.

—¿Y quieres que me lo crea? —responde un hombre con un marcado acento irlandés.

Se me eriza la piel.

—Desde luego, vaya vida te has montado —continúa él—. Si hasta pareces decente… Pero está claro que sigues los pasos de la indeseable de tu madre. ¿A qué pobre diablo has engañado tú?

Siento como se me tensan los puños.

—Me iré, ¿vale? —Nora parece apurada por salir de ahí—. Nunca le conté a nadie nada de ti, y así seguirá siendo. Pero déjame en paz, te lo pido por favor.

—Oh, sí, ahora sacas tu vena dramática —masculla él con desprecio—. Como el día que rompiste aquel cheque en mis narices para sentirte más digna, ¿verdad?

—Por favor… Nunca te he pedido nada. Nunca he dicho nada. Nunca te he hecho nada…

—Y no tienes derecho a pedirme nada, pero aquí estás. Sabes que las cosas no funcionan así.

Su tono es amenazador.

Y entonces…

Un grito me pone los pelos como escarpias.

No lo pienso. Solo reacciono.

Empujo la puerta y salgo seguido por Mike. Lo que veo hace que quiera destrozar a ese cabrón. Nora está en el suelo, de rodillas, y ese tipo tira de su muñeca con fuerza.

—¡Suéltala!

Él hace caso omiso de mis palabras, pero al menos no intenta arrastrarla.

—¿Quién coño eres tú?

—Max… —Nora pronuncia mi nombre casi como una súplica.

La ira me invade. No soy un hombre violento, pero nadie toca a los míos. Y a ella, menos.

—Ahora lo entiendo… —añade el irlandés con calma—. Te aviso de que esta chica solo va a ocasionarte problemas. Es una zorra muy lista, créeme…

No le doy opción a que diga más, pues mi puño impacta contra su cara.

Mike se interpone, impidiendo que continúe pegándole, pero al menos ese hijo de puta la ha soltado y espero que se lo piense dos veces antes de volver a hablar.

—Tranquila… Ya está. —La ayudo a levantarse. Está temblando.

Mi amigo otea en todas direcciones, alerta, probablemente buscando cámaras o posibles testigos, mientras el tal McLoughlin escupe sangre al suelo y se limpia el labio partido con el dorso de la mano.

—Esto no va a quedar así —protesta.

—Oh, cállate —le espeta Mike—. ¿Acaso no has tenido suficiente?

Me giro hacia él.

—No vuelvas a acercarte a ella.

—No sabes dónde te estás metiendo.

—Y tú no tienes ni puta idea de hasta dónde puedo llegar yo.

Por primera vez su expresión muestra un ápice de duda, incluso miedo. Pero me enfoco en Nora, que se aferra a mí, intentando mantenerse entera.

—Max, marchaos. Yo me encargo —dice Mike, sacando el móvil.

Asiento, a sabiendas de que le debo una muy grande.

—Volvamos a casa.

Nora asiente sin soltarme, y yo la guío al interior y le paso la ubicación a Klaus para que nos recoja lo antes posible.

Y, mientras caminamos, tengo claro que esto no ha terminado, aunque no puedo predecir cuándo llegará el siguiente golpe.