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Nora
Para la ocasión me he puesto el mejor traje que tenía en mi armario.
Es de color blanco roto, de Hugo Boss, y fue resultado de un arrebato en las rebajas de hace tres años; desde que lo vi y me lo probé, supe que debía llevármelo.
Era una de esas oportunidades que sabes que no se presentan dos veces en la vida, y menos por ese precio.
Siempre había querido tener un traje bueno y bonito, pero, por miedo a que se estropeara, apenas me lo he puesto.
Antes de traerlo, lo llevé a la tintorería para dejarlo perfecto, y compré una blusa que le quedara bien; elegí una de seda, de tipo lencera, que, increíblemente, es del mismo color.
Los zapatos son de ante y color borgoña, con tacón ancho y cómodo, no muy alto; el bolso es pequeño, de mano, a juego con el calzado.
Max pasó un buen rato en el vestidor conmigo porque quería encontrar una corbata que hiciera juego con mis accesorios, para ir coordinados; según él, le hacía ilusión. Y a mí el detalle me encantó, no voy a negarlo, aunque no se lo dijera.
Cuando llegamos al evento, lo miro de reojo: está guapísimo. Lleva un traje negro que le sienta como un guante, y su flamante reloj nuevo en la muñeca izquierda. No puedo evitar recordar su cara al abrir la caja. Sin duda, valió cada libra que costó.
La velada no promete ser precisamente divertida, sino todo lo contario.
Pero él no se despega de mí en ningún momento.
Cuando avanzamos, me coge de la mano, o posa la suya en mi espalda, y, cada vez que se para a hablar con alguien, me presenta como su pareja.
A nuestro alrededor deambulan camareros con bandejas de canapés, que evito por los nervios, o de copas de agua, champán o vino.
Me decanto por las burbujas mientras escucho atenta conversaciones sobre cifras, mercados, empresas, modelos de vehículos y motores eficientes. Y comprendo todavía mejor su trabajo.
—Ya sé que no es lo más divertido ni de lejos, pero gracias por estar aquí esta noche. Siento que se hace más llevadero contigo a mi lado.
—Cariño, estoy encantada de acompañarte.
Me da un sutil beso en la mejilla antes de volver a centrarse en el entorno. Su gesto cambia al reconocer a alguien entre los invitados. Sigo la dirección de su mirada y enseguida distingo a un hombre acompañado de una mujer con un precioso vestido azul eléctrico.
—¿Cómo va, Mike?
La forma en que se saludan denota complicidad. Max estrecha su mano con firmeza y, en lugar de hacer lo mismo con la mujer, posa una mano sobre su hombro.
—Mayra, me alegro de verte.
—Tío, necesito una copa y hablar de algo que no sea trabajo —dice el hombre.
—Veo que esta noche estás muy bien acompañado —apunta ella.
Max amplía su sonrisa y me pasa la mano por la espalda, acercándome más a él.
—Chicos, os presento a Nora. Cariño, estos son mis amigos: Mike y su mujer, Mayra.
—Es todo un placer. —Les estrecho la mano.
—Por fin podemos conocer a la dueña de tu corazón —dice Mike, para vacilar a Max.
—Ya te vale. —Este sonríe y luego me mira—. Pero sí, es ella.
—Tú y yo tenemos que ponernos al día de muchas cosas —añade Mayra con afecto.
Un fotógrafo nos sugiere una foto y los cuatro posamos sonrientes. Intercambia unas cuantas palabras con Mike y Max, y luego se marcha dándonos las gracias.
—Bueno, estoy hambrienta. He visto que al fondo hay pastelitos y necesito algo dulce, ¿vamos?
—A Mayra le pirra el azúcar —me explica Mike—. Pero yo necesito algo más fuerte en este momento. El bar está por allí.
—¿Y si Nora y yo vamos a por dulces y vosotros vais a hablar de vuestras cosas? Seguro que nosotras tenemos conversaciones más interesantes que algo relacionado con ruedas…
—Eso no va a ser difícil —ironiza Mike.
—Perfecto. —Mayra me agarra del brazo como si fuéramos amigas de toda la vida—. Vamos a cazar pastelitos antes de que desaparezcan.
Max me mira para confirmar que me parece bien, así que hago un leve asentimiento con la cabeza.
—Dejad alguno para los demás asistentes —comenta él, echándome un último vistazo antes de que la mujer de su amigo me arrastre.
Nos alejamos entre el incesante murmullo de conversaciones, risas y tintineos de copas.
Enseguida llegamos a la mesa de los postres, que, de pronto, a mí también me parece muy tentadora.
Hay minitartaletas de frutas, coloridos macarons , palmeritas con chocolates de toda clase, bombones, caramelos, frutos secos garrapiñados y otras muchas delicias que me hacen la boca agua.
Mayra coge un macaron de chocolate mientras revisa las demás opciones, probablemente pensando qué atacará después. Yo opto por una minitartaleta de frambuesas.
—Si no sirven cosas dulces en este tipo de eventos, me pongo de mal humor —dice antes de dar un mordisco.
—Lo tendré en cuenta.
—Además, así podemos escapar un rato de las conversaciones sobre motores.
—Yo he intentado seguir el hilo, pero a veces me pierdo.
—No te preocupes. —Hace un gesto con la mano, restándole importancia, y después coge un bombón—. A mí me pasaba lo mismo al principio, pero luego aprendes a asentir cuando corresponde y fingir que te enteras de todo.
—Sí, he estado practicando.
Ambas reímos.
—Mike ya me dijo que Max estaba saliendo con alguien, pero me ha sorprendido que te trajera aquí. Es muy reservado con respecto a su vida privada y nunca asiste con nadie, a excepción de su aburrido secretario, y eso a veces.
Parpadeo.
—¿En serio?
—Como lo oyes. —Me guiña un ojo—. Debes de ser importante.
Siento que mi corazón da un brinco.
—Bueno… —Creo que me sonrojo, pero en realidad me ha agradado oír las palabras de Mayra.
Me termino el pastelito mientras ella me habla de sus hijas.
Entonces, lo veo. Al fondo del salón. Y el mundo queda en silencio durante unos segundos que me hielan por dentro.
Se halla en un corrillo de hombres que conversan, vasos de licor en mano. No ha cambiado casi nada desde la última vez que lo vi, hace once años. Tiene el mismo gesto duro, la misma postura arrogante.
Sí, es él.
Es mi padre.
Durante un instante, trato de convencerme de que me equivoco, de que no puede ser, pero entonces levanta la vista y me ubica.
Sus ojos, del mismo esmeralda que los míos, se clavan en mí desde el otro extremo del salón; estoy segura de que él también me ha reconocido.
Solo que la forma en que me mira no destila sorpresa, ni duda, sino algo peor.
Algo semejante a una advertencia peligrosa.
El aire queda atrapado dentro de mi pecho. Mi corazón golpea con tanta fuerza que siento el pulso en las sienes. No puedo estar aquí. No después de todo lo que pasó… No después de lo que me dijo.
—Nora, ¿estás bien? —pregunta Mayra.
No puedo responderle. Las manos comienzan a temblarme, y deposito el bolso sobre la mesa para apoyarme un segundo, intentando recuperar el equilibrio.
Pero es inútil. Solo puedo pensar en una cosa: tengo que irme ahora mismo.
—Oye… —Mayra me sujeta con cuidado por el brazo.
—Solo… necesito ir al aseo —consigo decir.
—Te acompaño.
—No. —Creo que mi tono es demasiado brusco, pero no puedo controlarlo—. Por favor, disfruta… Solo necesito un momento. Creo que he tomado demasiada azúcar.
Miento, sí, y me alejo como puedo antes de que me lo impida.
Camino deprisa entre los invitados y esquivando camareros, todavía con la sensación de su mirada clavada en mi espalda.
Tal vez debería buscar a Max. Tal vez debería contarle todo. Pero no puedo. No puedo arrastrarlo a esto. Tengo que protegerlo yo a él también.
Sigo avanzando sin saber exactamente hacia dónde me dirijo.
Lo único que quiero es… desaparecer. Porque así todos estaremos… bien.
Decido seguir los carteles que indican la salida de emergencia. Con suerte, podré escapar al aire fresco que tanto necesito sin molestar a nadie ni que me molesten.
Sí…, eso es… Y todo pasará.