La chispa que nos une (Lo que nos une 2) 68
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Max

Solo con pensar que hoy Nora estará en Berlín, sonrío sin remedio. La semana ha sido dura y tediosa, pero todo se me hace más ligero cuando sé que en unas horas volveré a verla.

Además, mañana es sábado, y mi cumpleaños. Así que pienso disfrutar del fin de semana.

Sí, lo sé. Parezco un tonto enamorado.

Pero es que lo estoy.

Y es que todo con ella resulta tan natural y fácil que es… perfecto. Cuando estoy con Nora, siento que todo encaja.

Adoro su forma de ver el mundo, su capacidad para sorprenderme o para emocionarse con pequeños detalles, su valentía para lanzarse a perseguir sus sueños después de todo lo que ha tenido que escuchar por ello en el pasado… Y muchas cosas más.

Esta noche voy a llevarla al cóctel con el que se clausura el foro. Me gustaría que conociera el entorno en el que me muevo, y también quiero que el mundo sepa que está conmigo… y que me siento orgulloso de ello.

Cuando sale por las puertas automáticas que conectan la terminal de llegadas con la zona de espera del aeropuerto, abro los brazos al verla avanzar en mi dirección, llena de alegría.

Suelta la maleta cuando está junto a mí y me abraza con tanta efusividad que tengo que hacer un esfuerzo por mantener el equilibrio y evitar que acabemos los dos en el suelo, entre risas y besos.

—Solo han pasado cuatro días desde la última vez, pero te echaba demasiado de menos… —confiesa.

—Joder, y yo a ti, cariño.

Sin importarme quién nos mire, la beso como merece: apasionadamente, prodigándonos el contacto que tanto necesitábamos ambos.

Más tarde, en casa, me deleito con ella entre mis brazos. Las sábanas nos cubren apenas de cintura para abajo, y yo me entretengo recorriendo con los dedos cada peca de su piel.

—Mañana es tu cumpleaños.

—Eso parece… —Le doy un beso en el hombro y repaso su brazo con el pulgar. Luego me desvío hacia su pecho; Nora cierra los ojos cuando la rozo.

Sonrío por el efecto que causo en ella.

—Estoy deseando darte tu regalo.

—Pensé que este iba a ser mi regalo —la pico, repitiendo el gesto.

Nora exhala una risita y niega con la cabeza.

—Por supuesto que no… —Me pasa la mano por el pelo.

—Así que tienes algo escondido para mí…

—Sí, y nula fuerza de voluntad para ocultártelo.

No puedo evitar reírme.

—Bueno, puedes felicitarme ahora y dármelo, si te hace ilusión.

—No, felicitarte no. —Se pone seria—. Eso da mala suerte.

—Ay, Nora… Qué supersticiosa eres a veces… —La beso.

—A veces.

—Siempre. —Pongo los ojos en blanco.

—Bueno, pero, entonces, ¿puedo darte ahora tu regalo y felicitarte mañana, o a medianoche? —Se muerde el labio inferior.

—A medianoche suena deliciosamente prometedor.

—Cómo eres, cariño…

—Pero te gusta la idea.

—Me encanta.

—Tenemos un trato, entonces.

Su gesto irradia una nueva alegría. No duda en salir de entre las sábanas para acercarse a su bolso; yo no puedo evitar fijarme en su trasero, que me vuelve loco, como toda ella.

—Si no te gusta, podemos cambiarlo —dice mientras saca una pequeña caja y vuelve a mi lado—. O si consideras que no es… suficiente o… Bueno, ábrelo, pero, por favor, sé sincero.

—Nora —la interrumpo—, tranquila.

Me tiende la caja, que está envuelta en papel de regalo de color azul oscuro.

Creo adivinar lo que esconde. Lo rasgo para confirmarlo.

Al ver el logo de la marca, levanto la vista hacia ella, realmente sorprendido.

Sigue mordiéndose el labio, y se lo rozo con el pulgar para que deje de hacerlo.

Después me centro en abrir el regalo; me quedo en silencio unos segundos porque, efectivamente, dentro hay un reloj increíble de estilo aviador: caja redonda de acero, esfera con números grandes, elegante correa de cuero marrón.

Identifico el modelo al instante: es reciente.

Y también sé cuánto cuesta, porque lo tenía en mi lista de deseos.

No es uno de esos relojes absurdamente caros que guardo en la caja fuerte, pero, aun así, sé que para ella supone un desembolso importante de dinero, y que Nora no compraría algo así a la ligera.

La miro. Se muerde el labio inferior de nuevo y me observa con una mezcla de nervios y esperanza que me golpea el corazón.

—Si no te gusta…

—Nora, es perfecto.

Cojo el reloj y le doy la vuelta, apreciando el peso, el diseño, los detalles.

—Me gusta mucho.

Sus hombros se relajan de inmediato.

—¿De verdad?

—Te lo prometo.

Me lo abrocho en la muñeca, admirándolo.

—Lo tenía fichado, ¿sabes?

Sus ojos se abren de par en par.

—¡Qué dices! ¿En serio?

—En serio.

Se le escapa una risa nerviosa que también denota cierto alivio y se deja caer sobre la almohada. Si hace unos meses alguien me hubiera dicho que una mujer iba a conocerme tan bien como para regalarme exactamente el reloj que quería, no lo hubiera creído.

Pero aquí está.

El reloj en mi muñeca, y Nora en mi cama.

Y siento que tengo todo lo que quiero.