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Nora
Avanzo cruzando el Puente de Londres con una sonrisa que, ahora mismo, nada ni nadie podría borrarme.
El viento juega con mi cabello mientras el Támesis fluye a mis pies con ese tono grisáceo amarronado tan característico.
En otro momento, este paisaje quizás habría contribuido a aumentar mi hastío por esta ciudad, pero hoy incluso se me antoja bonito.
Tal vez porque encaja perfectamente con los colores urbanos, con el cielo gris que promete lluvia en cualquier momento, o simplemente porque mi vida ha cambiado.
Y mucho.
Si a principios de año alguien me hubiera dicho que todo iba a dar un giro de ciento ochenta grados y me iba a encontrar en esta situación, probablemente me habría reído en su cara.
Pero lo cierto es que tengo una editora entusiasmada con mi novela (a la que, por cierto, envié el manuscrito terminado hace apenas un par de semanas).
Dispongo de más tiempo para mí y mi nuevo futuro profesional empieza a tomar forma, logrando que mi mayor sueño se haga realidad.
Y, para redondearlo, tengo al mejor novio del mundo.
A veces todavía siento que estoy viviendo una historia que no me pertenece, o demasiado buena para ser verdad.
Una en la que las maldiciones no existen y los miedos dejan de perseguirme.
En la que, además, disfruto de un sexo infinitamente mejor de lo que jamás habría imaginado, con un hombre increíble que me respeta y me apoya.
Sin embargo, todo esto es muy real. Así es mi vida.
Y, por mucho que me pellizque, no voy a despertar, ya que esta es ahora mi realidad. Y pienso disfrutarla como merezco.
—Entonces, ¿cuándo llegarás a Berlín? —pregunta Elise al otro lado del teléfono.
—Mañana al mediodía. Con eso de que Max estaba liadísimo con lo del foro ese, casi no hemos podido hablar.
—Ah, sí, el Foro Europeo de Movilidad Urbana y Transportes del Futuro.
Casi puedo imaginar a Elise poniendo los ojos en blanco.
—Lo bueno es que, como todos los jefazos están ocupados con eso estos días, nosotros andamos más tranquilos. Pero preparar nuestra parte ha sido un horror…; este año Berlín era la ciudad de acogida para el evento y querían currárselo como nunca.
—Bueno, pues ahora disfruta de tu libertad.
—Y bien merecida… —resopla.
Ambas reímos.
—¿Ya le has comprado el regalo de cumpleaños a Max?
—No, sigo en ello. Tengo alguna idea, pero no sé si estará a la altura.
—Viniendo de ti, seguro que aunque le regalases un molinillo de pimienta le encantaría.
Me río.
—¿Y tú? ¿Qué le has comprado a Markus?
—Unos tirantes.
—Joder, Elise, pero si ya le regalaste unos por Navidad.
—Y esta vez los acompaño de unos gemelos, una corbata, y puede que añada un conjunto de lencería picante para mí…, ya sabes.
Pongo los ojos en blanco. Si no la conociera desde hace años, pensaría que está de broma. Es increíble lo mucho que ha cambiado desde que se mudó a Alemania con Markus.
—No quiero saber tantos detalles.
—Bueno, dime, ¿en qué has pensado tú?
—En un reloj.
—Oye, ¡es muy buena idea!
—Sí, pero tiene tantos… Y algunos cuestan más de lo que yo llegaré a ganar en un siglo.
—Max es como su hermano: aprecia mucho los relojes —comenta Elise—. Pero no todos los que tienen son carísimos. Les gustan por el diseño, por la historia o por lo que representan. Markus tiene algunos muy caros, sí, pero también otros más sencillos, que usa a diario.
—Eso me tranquiliza un poco.
—¿Cuánto has pensado gastarte?
Dudo un segundo.
—He visto uno que me encanta para él. Es tan bonito… Te prometo que es perfecto.
—Ay, Nora… Mucho lo justificas para evitar darme la cifra…
—Cuesta dos mil libras.
—¡Ostras!
—Lo sé. —Mi voz es casi un maullido—. Pero puedo permitírmelo, ¿vale? Además, él me está pagando los billetes de avión para ir y venir de Alemania y…
—¿No crees que igual te estás precipitando un poco?
—Es que, cuando lo vi en el escaparate, te juro que pensé automáticamente en él.
—El amor te está nublando la razón y el criterio financiero.
—¿Por qué no me lo pones fácil? —me quejo—. Quiero que tenga algo con lo que se acuerde de mí.
—Te aseguro que Max se pasa el día pensando en ti.
—Bueno, ¿y qué? Quizás no esté siendo todo lo sensata que debería, pero él también ha tenido detallazos conmigo. Lo tengo decidido: voy a comprar el reloj.
—Estás enamorada hasta las trancas, ¿verdad?
Hago una pausa. Nunca le he confesado a nadie lo mucho que amo a ese hombre. Ni siquiera al hombre en cuestión.
—Mucho más que eso, si es posible…
Escucho un suspiro al otro lado de la línea.
—Vale, cómprale el reloj.
Sonrío.
—No necesitaba tu aprobación para esto.
—Lo sé, pero ahora te sientes menos culpable por ir a cometer una irresponsabilidad económica.
Me río. Cómo me conoce, la muy pícara…
Y no mentiré: cuando, más tarde, estoy en la tienda, dudo. Mucho. Pero, al final, lo hago. Porque es el regalo perfecto y porque… es para Max.
¡No puedo esperar a ver la cara que pondrá cuando lo saque de la caja!