La chispa que nos une (Lo que nos une 2) 66
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Nora

Max se ha empeñado en que Klaus me lleve a todos los sitios que yo quiera, así que él va a trabajar en su propio coche.

Por lo que he visto en los pocos días que llevo aquí, suele aprovechar el trayecto para trabajar o atender llamadas, sobre todo cuando tiene reuniones en la ciudad, así que me siento un poco culpable por estar acaparando al chófer, pero, cuando intenté alegar que puedo pedir un taxi cada vez que lo necesite, Max me miró como si hubiera dicho la mayor tontería del mundo y dio el tema por zanjado.

Cuando el coche se detiene frente a un complejo industrial gigantesco, me quedo estupefacta.

—¿Esto es la fábrica? —le pregunto a Klaus.

Este me sonríe a través del retrovisor.

—Sí. Todo esto.

—Caray…

Me había imaginado un edificio grande… y punto.

Al llegar a la barrera de seguridad, Klaus baja la ventanilla y saluda al empleado por su nombre. Se ríen, comentan algo sobre un café pendiente y, tras comprobar la matrícula, nos dejan pasar.

Cuando bajo del coche, le doy las gracias. Conforme cierro la puerta, escucho unos pasos detrás de mí.

Max está saliendo del edificio principal. Se ha quitado la americana del traje, y lleva una camisa blanca arremangada hasta los antebrazos y con los dos primeros botones desabrochados, como casi siempre.

Visto así, nadie diría que es el presidente de una gran empresa automovilística.

—Hola —saludo, incapaz de camuflar una sonrisa.

—Hola, cariño.

No le importa quién esté mirando: se acerca y me besa, como si nada.

—Bienvenida a la planta.

—Esto es enorme.

—Y todavía no has visto nada.

—Me siento como cuando en el colegio nos llevaban de excursión.

Max estalla en carcajadas.

—Por favor, dime que no me ves como al profesor o algo parecido.

—¡Por supuesto que no! Tú eres el motivo de la visita.

Me tiende la mano.

—Debí avisarte sobre el calzado. No puedes entrar con sandalias a ciertas áreas.

Miro mis pies.

—Oh, oh… —Me muerdo el labio, apurada—. No pensé en eso. Y ahora, ¿qué?

—Te conseguiremos algo adecuado. Ven.

Dicho y hecho: en cuestión de minutos aparece con unos zapatos de seguridad de mi número. Me siento en una banqueta para desabrocharme las sandalias y él se arrodilla frente a mí para ayudarme.

—¿Qué haces?

—Cerciorarme de que te quedan bien.

—¿El príncipe azul ahora trae zapatos de seguridad industrial?

Se ríe mientras ajusta los cordones.

—No creo que tú necesites un príncipe, puedes con tu vida sola. Yo no vengo a rescatarte, pero sí que quiero caminar contigo.

—De todas formas, debo decirte que jamás nadie se ha preocupado tanto por mí como lo haces tú.

Permanece quieto un segundo. Luego alza la vista hacia mí.

—No es preocuparse —dice, más serio—, es que me importas.

Cuando ya estoy de pie, me encaja un casco con cuidado.

—Y me aseguraré de que siempre estés bien. —Me mira—. Ahora sí. Perfecta.

Trago saliva, preguntándome si se refiere solo a la fábrica… o a algo más.

—Esto empieza durillo —comento, moviendo los pies—. Pesan.

—Te acostumbrarás rápido.

Se acerca a una estantería, de la que extrae dos chalecos reflectantes naranjas y otro casco para él.

—¿En serio? —Pongo los ojos en blanco cuando me cede un chaleco—. Menudo estilismo.

—Vas a estar preciosa.

Me río mientras me enfundo en él. Me queda larguísimo, casi hasta mitad del muslo; aun así, Max me sigue mirando con buenos ojos.

Guardamos mis sandalias en una bolsita que me cuelgo del brazo y nos ponemos en marcha.

Me guía hacia la zona donde ocurre la acción.

Un olor a metal caliente y a adhesivo industrial me golpea las fosas nasales nada más cruzar la puerta.

Es intenso, pero, curiosamente, no me resulta desagradable, al contrario.

Max va describiéndome lo que sucede en cada área.

En una, varios operarios encajan piezas con precisión casi milimétrica; en otra, revisan los esqueletos de los coches a medida que estos avanzan por la línea.

Más allá, varios brazos mecánicos trabajan coordinados, como si realizaran una coreografía; resulta casi hipnótico.

De vez en cuando nos cruzamos con alguien, y todos saludan a Max.

—Buenas tardes, jefe.

—Hola, Jeff.

A veces se refiere a ellos por su nombre, y eso también me impacta y… me gusta. Demuestra que esto le importa de verdad, y que los trabajadores también.

—Señor Schröder, los ajustes que hicimos ayer en la línea dos han dado buen resultado…

Max se detiene a hablar con un encargado y yo permanezco un paso por detrás, para no entorpecer.

Me sorprende comprobar que, aunque es el presidente, no habla con esa superioridad distante que he visto tantas veces a tipos con cargos altísimos en las oficinas.

Él escucha, pregunta, se interesa… Y eso me gusta. Mucho.

Cuando volvemos a caminar los dos solos, no puedo evitar ponerles voz a mis pensamientos.

—Ahora entiendo por qué tienes tu despacho aquí y no en la oficina del centro, donde trabaja Elise.

La empresa cuenta, además de con este complejo industrial, con una sede en un edificio moderno en plena ciudad. Pero… esto es otra cosa.

—¿A qué te refieres? —pregunta mientras continuamos con la ronda.

—A que lo que pasa aquí te encanta.

—Bueno, no me entusiasma atravesar Berlín en hora punta. Ya tengo suficientes reuniones en el centro, y aquí estoy más cerca de casa.

—A mí no me engañas. Lo que ocurre es que aquí puedes ser tú. Y punto.

Él sonríe y me coge de la mano.

—Es increíble cómo consigues calarme… —dice antes de poner rumbo a la zona de oficinas, que recorremos hasta llegar al fondo, donde tanto Max como yo nos quitamos los cascos.

Cuando llegamos a lo que parece la antesala del despacho de Max, un hombre alto, rubio y con gafas redondas está introduciendo un ordenador portátil en un portadocumentos negro de piel. No hay nadie más en esta sala; se trata de un lugar tranquilo, silencioso y privado.

—¿Ya te vas, Otto?

—Sí.

—Antes quiero presentarte a Nora.

—Encantado de conocerla, Nora. Espero que haya disfrutado la visita —dice Otto, ajustándose las gafas—. He oído hablar bastante de usted estos días.

—Espero que cosas buenas —respondo, con una sonrisa.

—Bueno…, depende de cómo se interprete «reorganizar una agenda imposible en menos de veinticuatro horas».

Max le lanza una mirada de las que prometen.

—Otto.

—Es broma. —Cierra el portadocumentos—. Un placer. Nos vemos mañana, Maximilian.

Sale, dejándonos a solas. Max abre la puerta del despacho y me deja pasar primero.

Es amplio, clásico y está pulcramente ordenado. Sobre el escritorio solo hay un ordenador, un teléfono, un cuaderno y un bolígrafo.

—Sí que tienes un despacho grande… —digo mientras me adentro un poco más—. Aquí es donde pasas muchas horas de tu vida.

—Demasiadas. —Él se deja caer en su silla.

Sentado ahí me resulta… diferente. Más serio, más… poderoso.

Deslizo los dedos por la madera oscura del escritorio, recreándome en lo suave que es.

—Y este es tu trono.

Alza las cejas.

—No lo llamaría así.

—Pero desde aquí gobiernas el imperio.

Rodeo la mesa y me siento en el borde, rozando con el vestido el reposabrazos de su silla.

Este no es el Max que se ríe conmigo en la cocina o en la cama.

Este es el hombre que toma decisiones que afectan a muchas personas, porque cada trabajador tiene detrás una familia, y eso implica mucha responsabilidad.

Después de presenciar cómo lo tratan todos, con respeto, pero también con cercanía, puedo decir que esta versión suya también me encanta.

Y algo en mi interior se activa.

—Oye… —Me inclino hacia delante.

—Dime —me anima al ver que no continúo.

Me muerdo el labio inferior. ¿En qué diantres estoy pensando?

—¿Tú tienes fantasías?

Parpadea ante mi pregunta. Está claro que no se lo esperaba, pero mantengo mi posición.

—¿Cómo dices?

—Me has entendido perfectamente.

Su expresión es una mezcla entre sorpresa y diversión.

—No esperaba ese giro.

¡Y ahora se anda con rodeos! Él nunca hace eso.

—Yo tampoco esperaba que fueras tan lento respondiendo.

Suelta una carcajada.

—Por supuesto que tengo fantasías.

—¿Y son… conmigo?

—Sí.

Mi pulso se acelera y sé que el suyo también.

—¿Alguna vez has pensado en mí aquí?

—Sí.

Me quedo callada, evaluando la situación que yo he propiciado. Él no me quita la mirada de encima mientras el silencio a nuestro alrededor se hace cada vez más pesado.

—Cuéntamela —susurro.

Max se acomoda en su silla un poco más, calculando si seguir por este camino.

—Primero, cerraba la puerta.

Se me altera un poco la respiración.

—La puerta ya está cerrada —apunto en voz baja.

Una sonrisa ladeada surge en su rostro.

—En mi fantasía, cometíamos una locura juntos sobre el escritorio en el que estás sentada ahora mismo.

Me invade el calor, pero él parece contenerse. Sé que espera a que sea yo la que decida hasta dónde podemos llegar.

—¿Y tú? ¿Tienes alguna fantasía conmigo?

Lo miro fijamente a esos ojos grises que se oscurecen por momentos.

—Sí, claro… —Carraspeo.

—¿Dónde?

—En tu biblioteca… y en tu piscina.

Max ensancha su sonrisa.

—Me gusta cómo suena. —Hace una pausa—. Y ¿sabes qué?

—Qué.

—También he soñado con esos labios rojos que llevabas el otro día, en… zonas… de mi cuerpo… —Posa su mano en mi pierna y comienza a ascender por debajo de la falda del vestido mientras sopesa mi reacción.

—¿Ah, sí? —Ahora la que se ha puesto nerviosa soy yo. Me pregunto cómo ha conseguido hacerse con las riendas de la situación tan fácilmente.

—Sí, Nora. Esa boca tuya me vuelve loco…

Mis manos se aferran al borde de la mesa.

—Max, nunca he hecho algo así con nadie.

—No tenemos por qué hacerlo. —Su mano se detiene y clava su mirada en la mía.

Respiro hondo antes de proseguir.

—Yo… Me gustaría hacer realidad todas nuestras fantasías.

—¿Estás segura?

—Contigo…, siempre.

Se pone de pie, situándose entre mis piernas. La diferencia de estatura me obliga a echar la cabeza atrás si quiero continuar mirándolo.

Su vista baja de mis labios a mi escote, pero, al mismo tiempo, percibo autocontrol por su parte.

—Yo tampoco he hecho esto con nadie —susurra, sin dejar de recorrer con la vista todo mi ser, como si quisiera grabar el momento en su memoria—. Pero contigo es todo diferente y… mejor. Sí. Todo es millones de veces mejor a tu lado, Nora.

Me besa con una pasión que borra cualquier duda.

Nos tomamos nuestro tiempo, saboreando cada segundo, hasta que lo atraigo hacia mí y mi espalda se encuentra con el frío del escritorio.

Él me sigue sin resistencia; entre la madera oscura y el silencio del despacho, escribimos el siguiente capítulo en nuestra relación, atreviéndonos, juntos, a explorar nuevas sensaciones.