La chispa que nos une (Lo que nos une 2) 65
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Max

Cuando veo a Nora bajar las escaleras, el mundo se queda en pausa durante un par de segundos.

Lleva un vestido negro, sencillo, de esos que no necesitan adornos porque la silueta habla por sí sola, y el pelo recogido en un moño elegante, con algunos mechones sueltos.

Pero no es eso lo que me deja atónito.

Son sus labios.

De un color rojo intenso que la hace parecer segura y decidida.

Nunca la había visto así. Casi nunca se maquilla y, cuando lo hace, es discreta. Pero hoy ha decidido no pasar desapercibida y ocupar el rol que le he pedido.

—Me miras así porque me he pasado, ¿no? —dice, desde el último escalón, y yo me acerco hasta quedar frente a ella.

—Para nada. Esta noche vas perfecta.

Su expresión se relaja.

—No estoy habituada a esto, pero pensé que sería lo adecuado.

—Lo es. Gracias por hacerlo.

Le tiendo la mano para invitarla a bajar, y me dedica una espléndida sonrisa, de esas que calientan mi corazón y todo mi ser.

Minutos después, Klaus nos lleva hasta el restaurante donde nos espera el teniente coronel Schmidt, quien forma parte de los programas estratégicos vinculados a la Luftwaffe.

En la práctica, es uno de los hombres que determinan qué proyectos avanzan…

y cuáles se quedan por el camino, así que me juego bastante esta noche.

Las presentaciones son formales pero correctas. Su esposa resulta sorprendentemente cercana y, en cuestión de minutos, Nora ya está conversando con ella como si se conocieran desde hace años.

Y eso me tranquiliza más de lo que debería admitir.

La conversación banal dura lo justo; cuando llega el primer plato, Schmidt va directo al grano.

—El equipo de pruebas quedó sorprendido. Gracias a tu motor, nuestro prototipo redujo el consumo un trece por ciento sin perder potencia. Y, con los ajustes que propones, ese ahorro podría aumentar de forma considerable.

Asiento complacido.

—Esa era la intención: optimizar sin sacrificar rendimiento.

—Defensa está valorándolo seriamente. —Bebe un sorbo de vino—. El hecho de que se fabrique aquí lo convierte en un elemento estratégico. Alemania podría posicionarse a la cabeza de Europa.

Me sostiene la mirada y sé que va a formular la pregunta clave.

—¿Estás seguro de que quieres que tenga fines militares?

He pensado en eso más noches de las que cualquiera imaginaría.

—No lo diseñamos con ese objetivo concreto —mido bien mis palabras—, sino pensando en el avance tecnológico, pero soy consciente de que, cuando algo funciona, rara vez se limita a un solo ámbito.

Nora permanece en silencio, atenta, y entonces entra en la conversación.

—Supongo que también depende del uso que se le dé —dice, amable—. Al fin y al cabo, la tecnología no es buena ni mala por sí sola, ¿no? Lo son las decisiones que se toman con ella.

Schmidt gira la cabeza en su dirección, interesado.

—¿Trabajas en el sector?

—No, qué va, yo soy escritora.

Él cabecea.

—Entonces eres experta en emociones.

Nora se ríe.

—Quizás… Pero también en consecuencias —añade—. En una historia, puedes tener una escaleta, un plan… pero son las decisiones que tomas sobre la marcha las que dibujan el final. Lo mismo ocurre con la realidad y con la vida. En nuestra mano está cómo escribir nuestra propia historia.

Schmidt asiente de nuevo, y presiento que algo ha cambiado, pero para bien.

La conversación continúa, aunque ya no es solo técnica. Es más… reflexiva, y Nora también participa.

Cuando acabamos el postre, Schmidt me mira.

—Ha sido una reunión muy interesante, y debo decir que tu mujer es encantadora.

Siento la mirada de Nora sobre mí. Probablemente espera que lo corrija, pero yo… no lo hago.

—Gracias —es lo único que digo.

Una vez en el coche, ella me coge de la mano en silencio, atenta a Klaus.

—Va, no te lo guardes y suéltalo… —la animo, a sabiendas de que algo calla y todavía le da cosa hablar delante de otros.

—Se ha referido a mí como «tu mujer» y no lo has corregido.

La observo unos segundos.

—No me ha parecido necesario.

Se revuelve en el asiento. Incluso en la penumbra de la noche veo como se sonroja.

—Ay, Max…

Le doy un apretón cariñoso en la mano.

—Por cierto, has estado impresionante esta noche.

—Pero si apenas he dicho nada.

—Has hablado justo cuando había que hacerlo, y con ello has conseguido que la conversación fuera más allá.

—Entonces, ¿ha salido bien?

—Mucho mejor de lo que esperaba, y en parte ha sido gracias a ti. Formamos un gran equipo, Nora.

—Creo que tienes razón.

Me lanzo a proponerle algo que llevo pensando desde el avión.

—Quédate unos días más.

Lo suelto así, sin rodeos.

—Max…

—No quiero que esto se reduzca a los fines de semana, Nora. Me gustaría despertar contigo en la misma cama más de dos días seguidos. Por favor, quédate.

Permanece en silencio, reflexionando.

—He traído el portátil. —Parece considerarlo de verdad—. Y puedo escribir desde cualquier sitio. Pero mi ropa…

—Iremos de compras.

—No sé…

—Solo di que sí.

—¿Hasta cuándo?

—Quédate toda la semana. Después volveremos juntos a Londres.

Esboza una leve sonrisa; yo tengo el corazón en un puño, pendiente de su respuesta.

—Vale —acepta—. Yo también quiero pasar más tiempo contigo, no voy a mentirte.

—Te prometo que será estupendo.

Esta vez su sonrisa no alberga dudas, y seguimos hasta casa sin soltarnos las manos.