64
Max
Mientras el coche avanza, me pregunto qué cara pondrá Nora cuando ate cabos.
—Pero… pensé que saldríamos de Heathrow —dice, mirando por la ventanilla, confundida.
—Heathrow siempre está colapsado, y para nosotros es mucho más cómodo Luton. Normalmente vuelo desde ahí.
—No estoy entendiendo nada.
—Lo harás enseguida.
—¿Qué me ocultas, Maximilian? —Se cruza de brazos.
—¿Has usado mi nombre completo? —Me muerdo el labio, divertido.
—Sí. Porque quiero ponerme seria contigo.
No puedo evitar reír.
—Ten paciencia, cariño.
El coche se detiene frente a un edificio discreto, elegante y silencioso. No hay viajeros arrastrando maletas, ni colas interminables de taxis, ni pantallas con información sobre vuelos comerciales. En definitiva, no hay barullo.
Ella se apea del vehículo despacio.
—Vale… Ahora sí me vas a decir dónde estamos.
Un empleado se acerca a recoger nuestras maletas, y a ella no le pasa desapercibido el detalle.
—En una terminal donde operan jets privados.
Se lleva una mano a la boca.
—¿Has alquilado un avión? —tantea.
La miro un segundo, antes de responder.
—No. Poseo mi propio avión.
Su mandíbula se desploma.
—¿Desde cuándo? —Parpadea—. ¿Por qué no me lo contaste? Espera… ¿por eso nunca querías que fuera a recogerte al aeropuerto?
Su cerebro trabaja a toda velocidad, ensamblando piezas.
—Vamos por partes —digo, guiándola hacia el control—. Lo tengo desde hace tres años, y no te lo dije porque para mí es solo una herramienta de trabajo. No es algo que sienta la necesidad de pregonar, y tampoco quería que pensaras que intentaba impresionarte.
Se detiene un segundo.
—¿Tú crees que me impresionas por esto?
—¿Ah, no?
Sonríe.
—Max, tú me impresionas por otras muchas razones que nada tienen que ver con lo material o el dinero.
Por ejemplo, cuando apareces por sorpresa y me arreglas la cocina sin una queja.
Cuando lees mis libros como si fueran algo importante.
Cuando entiendes mis miedos y… tienes paciencia conmigo.
Y muchas otras más que podría seguir enumerando.
Emocionado, le sostengo la barbilla para que me mire. Sé que lo ha dicho en serio. Sé que lo siente. Y tal vez por eso no puedo evitar juntar nuestros labios en un beso breve pero intenso.
—Gracias —susurro contra su boca antes de reemprender la marcha.
El control de seguridad dura apenas tres minutos.
No hay colas, no hay prisas ni, mucho menos, pasajeros estresados que de pronto parecen olvidar cómo se desata una bota.
Tras cruzarlo, nos conducen hasta el exterior en coche.
Cuando el avión aparece frente a nosotros, con la escalerilla desplegada, ella se queda inmóvil.
Me aprieta la mano.
—No me lo puedo creer…
Está fascinada y, aunque nunca lo admitiría abiertamente, impresionada; no por el lujo, sino por la experiencia.
Subimos y, una vez en el pasillo, Nora gira sobre sí misma como si intentara absorber cada detalle: los asientos de cuero blanco, la mesa, la luz que entra por las ventanillas ovaladas.
—¿Max?
—¿Sí?
—Esto es muy fuerte.
Se vuelve hacia mí con vértigo y emoción en la mirada.
—Yo soy de las que se ahorran la selección de asiento y luego rezan para que no les toque el del centro, y ahora…, ¡mírame!
La observo sonriente.
—Aquí puedes sentarte donde quieras.
—¿Dónde te sientas tú?
—Normalmente, en este.
La acompaño hasta el que puedo llamar «mi sitio», ya por costumbre.
—Pues hoy tienes compañía.
Se sienta frente a mí y estira la mano por encima de la pequeña mesa que nos separa; yo se la cojo. Nos observamos, pero, en cuanto el avión comienza a rodar, Nora mira por la ventanilla como si fuera la primera vez que vuela.
Cuando ya estamos en el aire, se vuelve hacia mí.
—Oye, Max…
—¿Sí?
—Prométeme una cosa.
—Lo que sea.
—Que nunca dejarás de sorprenderme.
Sonrío.
—Me esforzaré por seguir haciéndolo. Siempre.
«Y por no ser solo el hombre que te sorprende, sino el que se queda a tu lado». Pero eso no se lo digo…