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Nora
El sexo con Max es… increíble.
Y, aun así, esa palabra se queda corta.
Nunca había sentido nada igual. No es solo deseo; no es solo placer. Es la forma en la que encajamos, la manera en que me mira, como si el tiempo se redujera a este momento y yo fuera lo único que existe en el mundo entero.
Anoche apenas dormimos: nos buscamos una y otra vez y, pese a ello, estamos inexplicablemente desbordantes de energía.
Ahora, con la luz del amanecer colándose por las cortinas y mi cuerpo sobre el suyo, entrelazo una mano con la suya y apoyo la otra en su pecho, sintiendo los latidos de su corazón en la piel.
Subo y bajo, a nuestro ritmo. Su mano libre se posa firme en mi cadera, sosteniéndome, acompañándome.
Su mirada plateada está oscurecida por el deseo, pero también me transmite un sentimiento más profundo que sé que no es solo físico.
Con él me siento completa, elegida, segura y… poderosa.
Poco a poco nuestros movimientos se vuelven más profundos y sé que estamos al límite. Lo percibo en su gesto, en la tensión de su mandíbula, en cómo aprieta mis dedos y la forma en que mi nombre se escapa de esos labios que nunca me cansaré de besar.
El placer nos hace estallar al mismo tiempo. Cuando tratamos de recuperar el aliento y nuestras miradas se enredan, sé que esto no ha sido solo un orgasmo.
Es la sensación de saltar juntos… y saber que ninguno va a soltar al otro.
Permanecemos en la cama, abrazados entre las sábanas. Él dibuja circulitos sobre mi piel de forma distraída.
Su teléfono vibra en la mesita de noche, pero Max lo ignora.
Insisten, y lo único que él hace es repartir algún que otro beso sobre mi hombro, mi cuello…
Sin embargo, cuando suena el tercer intento, se separa de mí resoplando, molesto con el universo por interrumpir nuestra paz.
—Lo siento —se excusa en voz baja, alargando el brazo para alcanzar el móvil—. Dime, Otto —responde.
Entonces se sienta con expresión concentrada. Apenas capto algunas palabras sueltas, como «esta noche» o «necesita confirmación».
Cuelga, pensativo, y me mira. Me incorporo para ponerme a su lado.
—¿Va todo bien, cariño?
Me mira y sé que está evaluando cómo decirme algo.
—Tengo que regresar a Berlín. Ha surgido una cena muy importante esta noche.
—Vale… Lo entiendo.
No voy a negar que me desilusiono un poco, pero comprendo su situación.
—Puede acercarme a la firma de un contrato que cambiaría el futuro de la empresa. Es un hombre muy conservador, de la vieja escuela… Va a acudir con su mujer. La cuestión es que creé un departamento para… llevar a cabo este proyecto…
Asiento, sorprendida. Max casi nunca me habla de su trabajo, y ahora incluso parece nervioso al intentar explicármelo.
—Siempre me han gustado los aviones…
—Lo supe desde el primer día que pisé tu biblioteca y los vi colgando del techo. —Le aparto el pelo de la frente con delicadeza. Le ha crecido bastante y a veces le cae sobre los ojos.
—Hablando por casualidad con uno de los ingenieros, y después de darle millones de vueltas en casa, se me ocurrió que podríamos ir más allá.
Fabricar motores para aeronaves. Pero no cualquier motor…
Trabajé yo solo en el prototipo varios días, y luego con los ingenieros.
Cuando les planteé el proyecto, se emocionaron tanto como yo o más.
Representaba algo innovador. Llevamos toda la vida haciendo coches, empujando los límites en la automoción; esto era diferente.
¡Motivador! La línea de producción podía adaptarse de forma sencilla, así que lo hicimos…
y el resultado, como ves, ha terminado siendo sorprendente.
—¿Querías cumplir una especie de sueño?
Me mira, y sé que no ando desencaminada.
—Sí… Quería hacer algo que me gustase de verdad, que fuera distinto… No simplemente seguir pasos preestablecidos y tirar del carro, como se espera. Quería tener mi propia identidad.
—Pues parece que lo has logrado.
—Sí, pero ahora debo conseguir un contrato que justifique la gran inversión que he hecho. —Toma aire—. Por favor, ven conmigo a Berlín. Te necesito a mi lado esta noche.
—¿Y qué voy a hacer yo? ¿Quieres que entretenga a la esposa mientras vosotros habláis de cifras millonarias?
Lo digo medio en broma; me he puesto nerviosa. Él se limita a sonreír.
—No te quiero para entretener a nadie. Quiero que estés conmigo, que seas mi pareja, que escuches, que dialogues… Esto es muy importante para mí, y me siento más tranquilo cuando tú estás cerca. Creo que hasta tomo mejores decisiones.
Me coge de las manos.
—Por favor —insiste.
—Pero… eso supone entrar del todo en tu mundo, y tengo que recordarte que juegas en otra liga, Max.
—Bueno, yo también he entrado en el tuyo, ¿no crees?
—No es lo mismo.
—Sí lo es. Quiero que formemos un equipo.
—¿Y si no encajo?
—No necesito que encajes, solo que seas tú misma.
—¿Y si digo algo inoportuno?
—Confío en ti.
—¿Y si tu cliente piensa algo raro de mí?
—Entonces no será el cliente adecuado.
Se hace el silencio mientras nuestras miradas siguen enredadas.
—¿Esos son todos tus miedos? —pregunta.
Mi cabeza discurre a mil por hora. Estoy profundizando mucho en esta relación.
Creo que jamás con nadie había ido tan en serio como voy con Max, y por eso pienso también en mi madre, en la maldición, en que no sé si estoy a la altura de acompañar a un hombre como él…
Pero también me vienen a la mente el cactus que me regaló en San Valentín, o cuando me recogió en casa de Elise y me entregó la rosa sin espinas; cuando arregló mi fregadero, o cuando no se burló de mi libro, sino que lo ensalzó…
O ayer, cuando apareció en el evento y me miró de esa manera, desde un lugar discreto para no quitarme protagonismo.
—Iré contigo.
Acaricia mi mejilla.
—Gracias.
—No tienes por qué dármelas. —Hago una pausa—. ¿Es una cena formal o muy formal?
—Digamos que… un poco muy formal.
Respiro hondo.
—No sé si tengo ropa apropiada. Tendrás que ayudarme a buscar en mi armario porque no estoy para nada acostumbrada a este tipo de cosas.
—No te preocupes, te compraré lo que necesites.
—No. Me lo compraré yo.
Suelta una carcajada.
—Eso me gusta, pero insisto… Déjamelo a mí en esta ocasión.
Y entonces unimos nuestros labios como si dispusiéramos de todo el tiempo del mundo, cuando en realidad deberíamos estar pensando en salir para Alemania lo antes posible.
Mientras me besa, pienso que tal vez el verdadero salto no sea subirme hoy a un avión con él, sino atreverme a caminar a su lado en un terreno tan desconocido para mí.