La chispa que nos une (Lo que nos une 2) 61
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Nora

Escucho dos bocinazos seguidos que me hacen asomarme a la ventana.

Ahí está Linda, con su MINI Cooper rojo.

En cuanto me divisa, levantamos la mano casi al unísono.

Pongo en marcha el plan que hemos trazado: yo bajo los libros en fajos de diez unidades atadas con cordel, porque las dos enormes cajas de Amazon casi me parten la espalda cuando intenté moverlas sola, y ella los va colocando en el maletero.

—¿Nerviosa, querida? —pregunta mientras acomodamos el primer montón.

—Más de lo que debería admitir delante de ti.

—Eso significa que te importa. Y eso es bueno. Ya verás como al final te acostumbras a todo esto.

No estoy segura de querer acostumbrarme a «todo esto». Lo mío es teclear historias, más que exponerme ante la gente, pero no se lo digo.

Nos subimos al coche. Linda se mueve como pez en el agua entre el tráfico infernal de Londres mientras me habla de planes futuros, de otros eventos, de autoras que gestionan fatal su imagen pública (y yo no puedo ser de esas) y de que Philip, su marido, quiere llevarla al campo este fin de semana y ella odia el campo con toda su alma.

Agradezco que la conversación sea prácticamente un monólogo por su parte, porque yo estoy como un flan.

—Nunca he hecho algo así —digo cuando por fin aparca—. Siempre me escondo detrás de la pantalla del ordenador, que es donde realmente me siento segura.

Linda me mira antes de abrir la portezuela.

—Pues ya es hora de que salgas a la luz, querida. Y te prometo que vas a brillar.

Nos dirigimos a la cafetería, que está preciosísima.

Hay flores frescas, bandejas con pastas, minisándwiches y pastelitos, tazas de porcelana…

Varias personas preparan a toda prisa una mesa solo con mis libros expuestos, como si fueran realmente importantes.

¡Y me tratan también como si yo lo fuera!

Un par de miembros del equipo me conducen hasta una silla en un pequeño escenario improvisado, junto a otras dos escritoras que ríen y charlan como si hicieran esto cada semana.

Una de ellas me mira.

—Tú eres Scarlett, ¿verdad?

Asiento con la cabeza, algo cortada, y en cuestión de segundos descubro que todas saben quién soy.

Ellas. Que son de las grandes . Porque, a diferencia de mí, venden sus libros en tiendas físicas y copan muchas veces los escaparates de estas.

Yo soy una autora cutre de Amazon que publica en Instagram posts creados con Canva para promocionar sus libros, y que rara vez muestra su rostro.

Las invitadas empiezan a llegar y el murmullo se transforma en bullicio.

Todas van pertrechadas con sus móviles; algunas incluso les han incorporado palos de selfi, y hablan a sus teléfonos para grabar los vídeos que subirán a las redes más tarde.

La entrevistadora, una bookstagrammer , aparece al cabo de unos minutos y se coloca en su sitio.

Pese a que las luces son tenues, no puedo esconderme en ninguna sombra.

Empieza destacando los logros de cada una de nosotras. Por suerte, las primeras preguntas van dirigidas a ellas, pero luego se centra en mí, con esa gran sonrisa que promete no ser compasiva.

Respondo a la primera, y a otra y a otra…

Al principio mi voz sale un poco más aguda de lo normal, se me escapa alguna coletilla como «ah», «esto», «eh…

», pero poco a poco siento que voy mejorando.

Hablo del proceso de escritura, de trucos que me ayudan a despertar la creatividad o simplemente a acompañarla cuando estoy delante de mi portátil.

—¿Por qué eliges protagonistas femeninas con tantos problemas, a veces con miedos y líos varios? —se interesa la entrevistadora.

Sonrío.

—Porque creo que los inconvenientes del día a día y de la vida, en general, son lo que las hacen auténticas, ¿no? —Me encojo de hombros—. Si todo les saliera bien desde el principio, no sería verdad.

Algunas asistentes asienten y eso me infunda valor para continuar:

—Quiero que mis lectoras sepan que hay esperanza ante las adversidades.

Que pueden sentirse identificadas con ciertas protagonistas; bueno, con unas más que con otras, obviamente, pero, sobre todo, que forjen un vínculo con ellas.

Porque, al final, todas cargamos con algo: miedos, heridas invisibles que solo nosotras percibimos, relaciones amorosas o familiares complicadas, pasados que pesan más de lo que aparentan y…

Desvío la mirada hacia las invitadas y entonces…

lo veo. Apoyado contra una columna, con los brazos cruzados.

Lleva una camisa verde arremangada hasta los antebrazos y pantalones vaqueros.

Y me mira como si no hubiera nadie más que yo en la sala, a pesar de que está repleta. Como si estuviera… orgulloso de mí.

No puedo contener una sonrisa. No sé cuánto tiempo lleva ahí, o si ha estado desde el principio y yo no he sido consciente; lo que importa es que ha venido. Max está aquí.

—¿Scarlett?

—Ah, sí, perdona… Lo que quiero decir es que, cuando una protagonista no es perfecta, cuando duda, se equivoca pero, aun así, sigue adelante, eso genera algo muy poderoso.

La sensación de «si ella puede, quizás yo también».

Y, para mí, eso es importante. Sí, es romántica.

Sí, es erótica. Pero también es la historia de mujeres que, creyéndose débiles, descubren que en realidad son valientes, y que pueden superar mucho más de lo que imaginan.

Alguien empieza a aplaudir.

Y luego otra persona.

Y otra.

Hasta que toda la sala se llena de ese sonido.

Vuelvo a mirar a Max.

Sigue ahí, discreto, asintiendo ligeramente con la cabeza mientras aplaude también.

Y, por primera vez en mucho tiempo, no siento que tenga que esconderme.

No siento vergüenza por lo que escribo.

No me siento pequeña.

Me siento… orgullosa.

Orgullosa de haber empezado sola frente a una pantalla de ordenador.

Orgullosa de no haber dejado de escribir cuando nadie me leía.

Orgullosa de haber llegado hasta aquí pese a las críticas de las personas de mi entorno.

Porque los sueños no siempre se cumplen.

Pero, a veces, si insistes lo suficiente, pueden sorprenderte.

Y hoy yo estoy exactamente donde soñaba estar.

Cuando la entrevista termina, Linda se acerca a mí para avisarme de que ahora viene la firma de ejemplares.

—¡Ha sido la bomba! Esa es la Scarlett que necesitamos. ¡Bien hecho!

Ladeándose, como para procurarse discreción, añade en susurros:

—Ahora dime: el guapazo de la esquina que no ha dejado de mirarte desde el inicio, ¿quién es?

Miro en dirección a Max, que se mantiene al margen, contenido, dejándome mi espacio.

—Es mi novio —afirmo, y mi corazón se acelera.

—Pues tienes muy buen gusto, querida.