La chispa que nos une (Lo que nos une 2) 60
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Nora

Llevo un vestido veraniego amarillo, que metí en la maleta por si hacía demasiado calor, y una chaqueta larga de punto beige . No es el look que escogería para ir a conocer a los padres de Max, pero es lo que tenía aquí.

La tarde de barbacoa y piscina ha conseguido agotarme lo suficiente como para no dar rienda suelta a mis temores por todo lo que vendría después.

Supongo que también ayudaron las palabras de Elise: según ella, Sabine es bastante cordial, aunque algo me dice que entre ambas no termina de haber la química que desearían.

Aun así, mientras me miro por última vez en el espejo del vestidor, no puedo evitar preguntarme si eso será suficiente. En el fondo, deseo causar una buena impresión a la madre de Max.

—Estás muy guapa —comenta él, que ha aparecido por detrás.

Lo observo y sonrío. Lleva unos pantalones verde oliva y una camisa blanca con los dos primeros botones desabrochados y las mangas arremangadas, dejando los antebrazos al descubierto.

—Y tú pareces un modelo con cualquier cosa que te pones.

Estalla en carcajadas, me agarra por las caderas y me hace girarme.

—Qué cosas tienes…

Y me da uno de esos besos con los que consigue que deje de pensar en nada que no sea él.

No tardamos en poner rumbo a la casa de sus padres, que queda a solo diez minutos de la de Max. Cuando llegamos, me impresiona comprobar que, más que una casa, es un pequeño palacio.

—Caray… —se me escapa.

—Ya. Es demasiado —murmura Max.

—¿Markus y tú crecisteis ahí?

—Sí. Para jugar al escondite es un buen lugar.

El coche de Markus está aparcado en la entrada, y me relajo un poco al pensar que Elise ya está aquí también.

Sabine sale a recibirnos antes incluso de que alcancemos la puerta.

—Así que tú eres Nora. —Estrecha mi mano con calidez. La sigue el padre, que imita el gesto.

—Es un placer conocerlos —respondo, sonriente.

—Pasad, pasad, por favor.

Cuando entramos, nos conducen hasta una salita, en la que Elise sostiene una copa de champán y Markus trastea en una caja de madera idéntica a la que su madre llevó a casa de Max esta mañana. Se lo ve entusiasmado leyendo etiquetas y analizando todos los productos.

—¡Mira, Elise! —Le enseña un bote de mermelada—. Esto debe de estar espectacular.

—Mañana lo probamos con el desayuno, amor.

Markus sonríe y continúa con su particular inspección, como un niño pequeño ante los regalos de Papá Noel.

—¿Nos hemos visto antes, Nora? —pregunta Sabine, mirándome como si intentara recordar.

—No, que yo sepa.

Trago saliva. Espero que no se refiera al encuentro de esta mañana.

—Será que tienes alguna doble por aquí —añade su padre, riendo.

—Pero sentaos, por favor, sentaos… —invita ella—. ¿Te gusta el champán? ¿Te apetece una copichuela?

—Sí, claro —acepto, a pesar de que soy más de vino o cerveza.

Elise aprovecha para susurrarme al oído.

—Todo bien, relájate.

—Bueno, Nora, ¿y a qué te dedicas? —pregunta Hans.

—He estado desempeñando tareas administrativas y de asistencia en una oficina, en Londres. Y ahora estoy probando algo nuevo que me surgió… —respondo, sin entrar en detalles.

—Maximilian nos ha contado que eres irlandesa pero vives en Londres. ¿Cómo os conocisteis? —Sabine me tiende la copa y le pasa un whisky a su hijo.

—Nora trabajaba con Markus y Elise —interviene Max—. Nos conocemos desde entonces.

—Pues de eso hace ya bastante tiempo, ¿no?

Sabine parece entusiasmada tras hacer cálculos.

—Supongo que la vida nos cruzó varias veces desde entonces —añade él, mirándome con una gran sonrisa—. Y aunque he sido un poco lento, ahora he decidido no dejarla ir.

—Este chico, para ciertas cosas, va a su ritmo —comenta Sabine con un suspiro.

—Bueno, yo tampoco se lo puse fácil —me atrevo a añadir. Max y yo intercambiamos una miradita de complicidad.

Seguimos hablando de todo y de nada: del tiempo, del mercado ecológico, de la chimenea… Sabine me observa de una forma un poco extraña y, cuando pasamos al comedor, aprovecho que no nos escuchan para susurrarle a Max:

—No quiero sonar paranoica, pero tu madre me mira raro.

—No creo que… —comienza, pero justo en ese momento Sabine vuelve a fijarse en mí—. Vale, sí, tienes razón: mi madre te mira raro.

Se tensa un poco, pero aun así desliza una mano por mi espalda, como si tratase de calmarme.

Apenas participo en la conversación durante la cena, salvo con algún que otro monosílabo. Hasta que, de pronto, Sabine deja los cubiertos a ambos lados del plato y lleva las manos una contra otra.

—¡Claro! —exclama, alzando las cejas—. Ya sé de qué me suenas. ¡Eres Scarlett! Si hasta te sigo en Instagram… ¿Cómo no he caído antes?

En ese preciso instante, mi mandíbula se desploma, Markus se atraganta, Elise se lleva una mano a la boca para sofocar una carcajada, el padre nos mira a todos sin entender y Max… Max simplemente parece estar flipando.

—¿A que no me equivoco? ¡Eres la escritora!

Soy incapaz de responder. Entonces Hans parece comprender.

—¡Ah…! Así que eres escritora.

—Mamá, no me digas que eres una de sus fans —interviene Max, sonriendo relajado por fin.

—¡Por supuesto! —Ella vuelve a dirigirse a mí—. Me he leído todas tus novelas. Es más, la última que tradujiste al alemán la propuse hace un par de meses para mi club de lectura quincenal y todas las chicas votaron a favor. ¡Les encantó!

—Vaya, muchas gracias.

—Pero, mamá, ¿en serio lees esas cosas? —pregunta Markus, escandalizado. Elise ya no puede disimular y se parte de risa.

—¿Os referís a esos libros con torsos perfectos y chicos guapos en las portadas? —dice Hans, cayendo en la cuenta.

—Esos mismos —insiste Sabine, entusiasmada—. ¿Es a eso a lo que vas a dedicarte ahora? Antes no quisiste dar detalles, y yo no me atreví a indagar, pero, si vas a dedicarte en exclusiva a la escritura, me parece maravilloso.

—Sí, esa es la idea…

—Ha firmado un contrato con un importante sello editorial —añade Max, emocionándose por momentos— y le están preparando una gira para presentar su próxima novela.

Me extiende un brazo por los hombros y me acerca a él. Aunque no lo dice, su mirada deja claro que está orgulloso de mí, y eso me hace sentir arropada.

—Lamento haberte abordado así en mitad de la cena —continúa Sabine—, pero no todos los días se conoce a una de tus autoras favoritas, y menos aún en tu propia casa. Ahora pasarás a ser mi escritora preferida, y, encima, estás con mi Maximilian.

Está realmente contenta.

—Tienes que firmarme alguno de tus libros, por favor. La irlandesa , al menos. Ese me encantó.

— La irlandesa es genial.

—¿Lo has leído? —pregunta Markus a su hermano. Parece a punto de caerse de la silla por el impacto de todas las revelaciones.

—Sí. Y pienso hacer lo mismo con los demás.

Hans se echa a reír como ya está haciendo Elise.

—¡Brindemos! —exclama Sabine, alzando su copa—. Porque Scarlett… quiero decir, Nora triunfe en su gira con el nuevo libro.

Entrechocamos las copas y, de repente, me percato de que estoy sonriendo y alucinando a partes iguales. Nunca pensé que algo que siempre me he esmerado tanto en ocultar pudiera convertirse en un lugar seguro.

—¿Te puedo presentar un día a mis amigas del club? —pregunta Sabine—. Estarían encantadas de conocerte.

—Supongo que sí. Cuando esté en Berlín y os venga bien, puedo pasarme.

—Por supuesto, nos adaptaremos a tu agenda sin problema.

Por un momento, creo que va a ponerse a aplaudir. Max me mira, encantado, y yo siento que acabo de cruzar una especie de frontera importante con su familia.