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Nora
Me estoy mordiendo las uñas. Bueno, más concretamente, ya me he destrozado la del pulgar derecho, el índice y el corazón.
Pero es que esa señora de ahí abajo, con esa mirada gris que tanto me suena y esos diamantes enormes en las orejas, no era precisamente alguien que trabajase aquí.
Mi instinto me dice que se trataba, más bien, de su madre.
¡Su madre!
Quien, por cierto, no estoy segura de si ha llegado a verme el culo.
Trago saliva.
¿Por qué me pasan estas cosas?
¿Por qué el universo insiste en ponerme a prueba, y más aún cuando voy vestida con una camiseta que no es mía, y sin sujetador?
¿Y cómo es posible que Max no me haya avisado?
La puerta del dormitorio se abre y aparece él, portando dos tazas de café.
—Probablemente sea tarde para decirte esto, pero no entres en pánico —me pide, ofreciéndome una.
—Dime que no era tu madre.
Nos miramos a los ojos.
—Sabes que era mi madre.
—Joder…
—No pasa nada, de verdad.
—¿Cómo no me lo has dicho?
—Se ha presentado sin avisar.
—¿Y por qué ha hecho eso? —Casi es un maullido.
—Te recuerdo que no es la única madre del mundo que se presenta en casa de sus hijos sin llamar antes.
Me callo. Ahí me ha dado.
Me siento en la cama y doy un trago al café, que, por cierto, está exquisito.
—¿Qué impresión se habrá llevado de mí? —le digo, al borde del lloriqueo.
—No tienes nada que temerle, en serio. —Carraspea—. Mira, se llama Sabine, y nos ha invitado a cenar esta noche.
—¿A cenar? —Me tiembla la voz al repetirlo.
—Sí, cenar.
—No sé si estoy preparada para eso, y no quiero sentir que estoy ocupando un sitio que no me corresponde.
Max se sienta a mi lado y apoya una mano sobre mi muslo.
—Estás aquí porque yo quiero que estés, Nora. Y eso lo convierte en tu sitio.
No soy capaz de hablar.
—Lo de esta noche no es para evaluarte ni para ponerte a prueba.
Mi madre puede ser muy directa, y también observadora, pero créeme: es poco propensa al drama.
Mi padre, Hans, es un hombre de pocas palabras, y se pasa la mitad del tiempo sumido en sus pensamientos.
Puedes creerme cuando te digo que nadie te va a interrogar ni a pedirte explicaciones.
—¿Y qué le has dicho tú cuando te lo propuso?
—La verdad. Que no llevamos mucho tiempo, pero que eres importante para mí.
El corazón me da un vuelco.
—Max…
—Oye, si te hace sentir más tranquila, no vamos. O puedo pedirle a Markus y a Elise que vengan también. Estoy seguro de que no les importará.
Parpadeo.
—¿En serio? ¿Harías eso?
—Claro. A ellos los conoces, y, si eso te lo va a poner más fácil, no hay problema.
Guardo silencio.
—Vale. Iré.
—Gracias por hacer esto y por confiar en mí.
—No prometo no entrar en pánico —le advierto.
—Yo estaré contigo para evitarlo. Somos un equipo, ¿no?
Asiento con la cabeza.
Esta vez no pienso huir.