La chispa que nos une (Lo que nos une 2) 57
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Max

Perderme en Nora es la sensación más fabulosa que conozco.

No es solo deseo, sino la certeza de que, cuando estamos juntos, todo encaja de una forma única. Como si nuestros cuerpos y nuestros silencios se complementaran.

La tengo entre mis brazos y me vuelve loco cómo se entrega al momento, con confianza.

Juntos, nos rendimos a las caricias lentas, los besos que compartimos…

y esos otros que quedan suspendidos a escasos milímetros de la piel, bañados en promesas y palabras que destilan amor, sin confesarlo de forma explícita.

Su respiración se altera, y yo memorizo cada uno de sus suspiros como si fueran coordenadas que me guían por su cuerpo, aprendiendo dónde y cómo se activan sus sentidos.

Me muevo con calma, disfrutando, y, cuando intuyo que está a punto de arder, acelero lo justo para quemarnos juntos, consumiéndonos en una pasión que solo nosotros podemos experimentar.

Todavía unidos, mientras nuestras respiraciones regresan poco a poco a la normalidad, repaso esos mechones color fuego que tanto me gustan, mientras Nora traza círculos suaves con las yemas de sus dedos en mis brazos, mi espalda, mi trasero…

Nos miramos a los ojos, callando mucho más de lo que decimos, pero conscientes de que, de momento, es sano guardar ciertas distancias. Porque, para bien o para mal, ambos nos anclamos a la realidad, aunque de vez en cuando nos permitamos flotar.

—Quiero despertar así todos los días de mi vida… —se le escapa.

Sonrío.

—Me parece un plan formidable.

La beso, primero en la boca, luego en la comisura de los labios, las mejillas, las sienes, la frente… Lo hago como si el tiempo del que disponemos fuera eterno.

—Podrías enseñarme a hacer esas tortitas tan ricas que preparas, y así yo también tendría ocasión de sorprenderte por las mañanas con algo más que un cruasán.

—Un cruasán mordisqueado de forma adorable —le recuerdo, para picarla.

—¡Que conste que elegiste ese porque quisiste!

—Que me quede claro: ¿a cuánta gasolina para ese cerebro equivale una ración de tortitas?

Ambos reímos.

—Porque adoro verte cuando te pones creativa, con tus auriculares gigantescos… o aquella vez en que conseguiste sacar a Markus de sus casillas por arruinar el rollo de cocina.

—Tal y como me describes, sueno a desastre absoluto.

—Cariño, a mí me pareces un encanto absoluto.

Mi teléfono móvil vibra insistentemente sobre la mesita de noche. Estiro el brazo y leo el nombre de Markus.

Me hago a un lado en la cama y contesto la llamada.

—Buenos días.

—Buenos días. ¿Por qué no respondes a mis mensajes? —me increpa mi gemelo.

—Perdona, estaba ocupado.

—Ocupado… Deja de fornicar, que llegaremos como en una hora y solo quería confirmar contigo si necesitas que lleve algo más, aparte de bebida extra.

Pongo los ojos en blanco. Me alejo el teléfono para comprobar la hora y después vuelvo a prestar atención al petardo que tengo por hermano.

—Está todo controlado, así que no te preocupes, trae lo que quieras.

—Ah… Elise dice que quiere llevar un postre.

—Hazle caso. Y ahora voy a colgar. Os vemos en una hora.

Corto la llamada sin darle opción a Markus de añadir nada más.

—¿Tan tarde se nos ha hecho? —comenta Nora, haciéndose con su móvil—. Adiós a las tortitas…

—Te prometo que mañana prepararemos tortitas. Y las haré también en tu casa.

—Me gusta la idea. Pero a lo que no pienso renunciar es a un café, por favor y gracias.

—Tendrás uno bien cargado. Y ahora deberíamos ducharnos, si no queremos que nos pillen en la cama.

Una vez en el baño, mientras me doy un afeitado rápido, presencio a través del espejo como Nora se queda observando los nuevos botes que han aparecido en mi ducha.

—Son mis productos para el pelo… —comenta, revisando las etiquetas—. ¿Los has comprado aposta?

—Sí. Quiero que estés cómoda cuando te quedes aquí, y, como la otra vez improvisaste como pudiste, me fijé en los productos que tenías en tu baño para que te sintieras como en casa. También hay coleteros en el cajón de la derecha.

En sus ojos despunta una expresión que me cuesta descifrar, pero que mi corazón intuye que no es mala, sino todo lo contrario.

—Muchas gracias, Max, de verdad.

—Venga, dúchate si no quieres que te pille dentro yo. Porque, si eso ocurre, al final Markus y Elise tendrán que esperar en la puerta.

Por supuesto, es tan lenta que la adelanto, y coincidimos ambos bajo el chorro del agua. Tengo que echar mano de toda mi fuerza de voluntad para no volver a hacerle el amor aquí y ahora.

Aun así, soy el primero en bajar a la cocina. Mientras preparo el ansiado café, entra Mary.

—Buenos días —la saludo.

—Buenos días. —Ella sonríe, pero parece un poco incómoda.

—¿Ocurre algo?

—Su madre está aquí.

No me da tiempo a reaccionar: mamá irrumpe en la cocina con una caja de madera entre los brazos, llena hasta arriba de verduras y otros alimentos.

—¡Mira lo que traigo! —anuncia, emocionada—. Salimos a pasear y nos topamos con un mercado ecológico, donde tu padre se ha empeñado en probar todas las mieles artesanales que había a la venta. Te hemos elegido una de romero.

Deja la caja sobre la isla y me muestra el bote como si fuera un trofeo.

—Hola, mamá —es lo único que atino a decir cuando por fin puedo hablar.

—Había unos quesos increíbles, pero hemos considerado que este sería el que más te gustase; ya me contarás… —Saca lo que parece la mitad de un queso enorme y lo introduce en la nevera.

Joder. Ni siquiera me ha dado tiempo a servirme el café y la situación ya me está superando.

Continúa hablando mientras va colocando cosas por mi cocina: dos puerros, una caja de fresas, botes de conserva, una hogaza de pan…

—Mamá, ¿por qué no me has avisado de que venías?

—¿Y desde cuándo hace falta que te notifique algo así? —Parece molesta por mi comentario—. Hace dos semanas que no sé nada de ti y he pensado que, si estabas tan ocupado para llamar o venir a verme, también lo estarías para cuidarte como es debido.

Miro hacia la entrada de la cocina, buscando apoyo en Mary, pero ha huido como siempre hace cuando aparece mamá.

Resoplo.

—Te prometo que te llamaré más a menudo e iré a verte algún día la semana que viene.

—Maximilian, ¿se puede saber qué te pasa últimamente? —Me observa contrariada. Yo escucho los pasos de Nora bajar a toda velocidad por la escalera.

Mierda… Por favor, ahora no…

—¡Cariño, he tenido una idea para…! —empieza a decir antes de entrar a la cocina, y se detiene en seco al ver que no estoy solo.

Está descalza, una de mis camisetas le cubre poco más abajo del trasero, y lleva el pelo suelto y brillante.

Las dos se miran una milésima de segundo sin mediar palabra.

—Perdón —susurra Nora, que desaparece antes de que podamos reaccionar a su aparición. Huye hacia arriba otra vez, como un gato asustado.

—Ay… —suspiro. Me llevo las manos a la cara con cierta desesperación.

Cuando vuelvo a centrarme en mi madre, está pensativa, estudiando uno de los botes de mermelada.

—Esta noche la traes a cenar —le suelta al frasco.

—¿Qué? —Parpadeo, como si acabaran de noquearme. Esto sí que no lo vi venir.

—Lo que has oído. —Me mira.

—Mamá, no creo que estemos en ese punto todavía…

—¿Vas en serio con ella?

—Sí. Mucho —reconozco, por primera vez en voz alta, y encima ante alguien.

—Pues, a las siete y media.

—Debes saber que no llevamos mucho saliendo…

—No acepto excusas.

Se atusa el pelo y se encamina hacia la salida. Yo la sigo, procesando lo que acaba de ocurrir.

Antes de irse, se gira para lanzarme un último vistazo.

—Es muy guapa, por cierto. —Y se marcha.

Yo no sé si ha sido una bendición o una advertencia.

Joder…