55
Nora
Max termina de meter sus cosas en una pequeña maleta negra y, cuando la cierra, se gira hacia mí.
—Creo que no me dejo nada aparte de lo que llevas puesto…
Echa una última ojeada a la habitación mientras yo, sentada en la cama, tiro de los cordones de la capucha de su sudadera gris para esconderme dentro. No quiero que vea la emoción acumulándose en mis ojos.
—No me gusta que tengas que irte tan pronto —me quejo.
—A mí tampoco me gusta la idea de tener que irme.
—Pues no lo hagas.
Siento el peso de su cuerpo acomodándose a mi lado. Con suavidad, me baja la capucha para obligarme a mirarlo.
—En cinco días estarás en Berlín conmigo.
Respiro hondo. Cinco días. No es tanto, aunque ahora mismo se me antoje una eternidad.
—Oye, mírame —me pide.
Lo hago.
—Cinco días —repito.
—Y nos lo pasaremos genial, ya lo verás. Para entonces, la piscina del jardín estará lista. He consultado el tiempo y hará bueno, así que podemos invitar a Markus y Elise el sábado y hacer una barbacoa.
—Suena muy bien —digo, un poco más animada.
Me besa despacio, como si no tuviera prisa.
Su móvil vibra sobre la silla junto al armario y Max se levanta para revisarlo.
—El coche está abajo.
El nudo en mi garganta se constriñe, pero lo acompaño hasta la puerta.
—¿Me avisarás cuando llegues? —pregunto—. Estaré despierta.
—Te avisaré.
Me besa otra vez.
—Gracias por este fin de semana, cariño. Y por abrirte a mí.
Asiento con la cabeza.
—Nora… —Me acaricia la mejilla.
—Gracias por quedarte conmigo —consigo decir.
—El viernes iré a por ti al aeropuerto. Son solo cinco días.
Esta vez soy yo quien lo besa, alargando el momento.
—Adiós, Nora —dice cuando nos separamos.
—Adiós, Max.
Lo veo desaparecer escaleras abajo, hasta que el sonido de sus pasos se pierde en el portal. Solo entonces cierro la puerta, y apoyo la espalda en ella.
Durante unos segundos, me quedo quieta, escuchando el silencio de mi piso. Vuelvo al dormitorio, donde las sábanas siguen revueltas y conservan la huella de nuestro último encuentro, hace menos de una hora.
Voy al escritorio, cojo el móvil y llamo a Elise.
—Hola —responde ella, con cautela. Es obvio que sabe por qué la llamo.
—Hola. ¿Puedes hablar?
—Claro. ¿Ya se ha ido?
—Sí.
Juego con los cordones de su sudadera, envuelta aún en su olor.
—¿Se lo contaste todo?
—Sí. Me escuchó… y se quedó.
—Eso dice mucho de él —argumenta mi amiga.
—También me he dado cuenta de algo —añado—. Max no busca solo un rollito conmigo.
—Ay, Nora… Todos nos habíamos dado cuenta de eso, menos tú.
Me encojo de hombros y una lágrima traicionera rueda por mi mejilla. Me la seco rápido con el puño.
—¿Y cómo te hace sentir eso? —tantea ella, al ver que no contesto.
—Bien…, pero… creo que me estoy enamorando de él. De verdad. Y tú sabes que yo no soy así… Siempre he sido experta en coleccionar desastres amorosos.
—Eres escritora de novela romántica, así que sí eres así. Lo que pasa es que nunca te habías sentido tan segura con alguien, y hasta ahora no te habías enamorado en serio, ahí está la diferencia.
Cierro los ojos un momento, incapaz de hablar.
—¿Nora?
—¿Crees que él también…?
—Total y absolutamente —me corta.
Cuando colgamos, me quedo pensando.
Quizás esté escribiendo un nuevo capítulo en mi propia historia, uno en el que el amor no significa perderse en alguien, sino caminar a su lado, con respeto y libertad.
Quizás… esta vez sí sea el camino correcto.