La chispa que nos une (Lo que nos une 2) 54
50%

54

Max

Parpadeo, ubicándome en el universo y recordando que estoy en la cama de Nora.

Extiendo el brazo; su lado está frío, así que hace rato que debió de levantarse.

Desconozco qué hora es, pero siento que he dormido como hacía siglos que no dormía.

Creo que la conversación de anoche, el haber puesto en palabras algo importante entre nosotros, me ha brindado una calma que llevaba tiempo sin experimentar.

Me desperezo cuando un intenso aroma a café llega hasta mí, mejorando aún más mi particular amanecer. La luz de la mañana inunda la habitación y, al mirar el reloj de pulsera que dejé sobre la mesita de noche, veo que ya pasan de las diez. Increíble.

Salgo en su busca y la encuentro nada más abrir la puerta del dormitorio.

Lleva mallas negras, una sudadera verde y el pelo recogido en un moño despeinado.

Está sentada frente a su minúsculo escritorio, tecleando a una velocidad vertiginosa, con unos auriculares de diadema verde menta y una pierna subida a la silla.

Está tan concentrada que ni siquiera nota mi presencia, y eso me hace sonreír.

Le doy un ligero tirón cariñoso en el moño, para llamar su atención.

—¡Ay! —se queja, pero enseguida sonríe—. Buenos días.

—Buenos días.

Se quita los auriculares y los posa sobre la mesa.

—Veo que alguien se despertó inspirada.

Se levanta y, poniéndose de puntillas, rodea mi cuello con los brazos.

—Pues sí.

—Cómo me gusta verte así. De verdad.

La beso en los labios.

—¿Así cómo?

—Bien. Creativa. Feliz.

—Supongo que tener a un dios germano entre mis sábanas me inspira.

Se me escapa una carcajada.

—¿Dios germano?

—Sí, ¿o es que no te has mirado al espejo? Tableta de chocolate perfecta, piernas y brazos musculados, labios hiperbesables…

Ahora sí que me río, fuerte, y ella lo hace conmigo.

—Tú no te quedas atrás.

—¿Lo dices por mi celulitis o por mi culo estriado?

—Adoro tu culo. Estriado y todo. Es único y perfecto.

Se muerde el labio inferior, y justo escucho como le rugen las tripas.

—Deduzco que alguien tiene hambre. De comida también.

Nora ríe.

—Perdón, pero llevo horas esperando a que te despiertes.

—¿Por qué no lo hiciste tú?

—Me consta que duermes poco y quería que descansaras bien.

—Gracias. De verdad.

Vuelvo a besarla; esta vez vamos un poco más lejos.

—¿Qué tal si primero te alimento y luego continuamos por aquí?

Le doy un apretón en el trasero y ella ríe.

—En ese caso, hay café recién hecho y he bajado a la panadería a por cruasanes.

Una arrugada bolsa de papel marrón descansa de forma prometedora sobre la isla de la cocina.

—Maravilloso.

—Coge el que no está mordido y yo preparo las tazas.

—¿Perdona?

—Tenía hambre, y mi fuerza de voluntad es limitada. —Se señala la cabeza—. Necesitaba gasolina para el cerebro o no podía seguir escribiendo.

Vuelvo a reír.

—Me encanta amanecer así.

Saco de la bolsa un cruasán de buen tamaño, con la marca perfecta de una dentadura.

—¿Así cómo? —pregunta.

Ella intenta arrebatármelo, pero levanto el brazo para alejarlo.

—Riéndome contigo.

Le tiendo la bolsa con el otro y muerdo el que ya he cogido.

—¡Max! —protesta.

—Tú lo has dicho: necesitas energía para crear la historia que te quema los dedos, cariño.

Sonríe y da un buen bocado a su cruasán.

—Eres increíble…, cariño —dice con la boca llena, que se tapa con una mano.

Sirve café en dos tazas mientras yo saco la leche de la nevera y las termino de llenar.

—Me gusta esta especie de normalidad que tenemos. —Señala la botella de leche que todavía sostengo.

—Será mejor que le quites el «especie», porque me encantaría que fuera lo normal. Y rutinario.

No responde; simplemente me mira y vuelve a morder su cruasán, como si así pudiera esconder esa sonrisa tan bonita.

Justo cuando me siento en uno de los taburetes, suena la alarma de su móvil.

—¿Qué quieres hacer hoy? —pregunta mientras la apaga.

—Había pensado en pasar por el hotel a recoger mis cosas y traerlas aquí, si te parece bien.

—Me encantaría.

Coge un pequeño neceser del bolso que cuelga de la silla del escritorio, saca una pastilla y se la traga sin agua.

—Perfecto —respondo—. ¿Qué es eso, por cierto?

—La píldora.

—¿Tomas anticonceptivos?

—Sí.

Se sienta frente a mí y da un sorbo a su café.

—¿Por algún tema médico? —Una parte de mí se arrepiente nada más formular la pregunta.

—No. Es solo precaución.

—Pero eso tiene muchos efectos secundarios para ti, Nora. Y yo siempre uso preservativo.

—Y lo seguirás usando —me corta—. Esto no te exime de nada.

Su tono deja claro que no quiere discutirlo, pero aun así…

—No pretendía decir lo contrario, es solo que…

—Max, conozco los efectos de la píldora. He leído el prospecto. Pero debes entender que esto me aporta seguridad.

La miro a los ojos y entonces lo comprendo todo: el miedo, la dichosa maldición que cree arrastrar, esa necesidad constante de protegerse…

La pastilla no es obsesión, sino una forma de mantener el control frente al caos.

—Vale. Lo entiendo. Te estás cuidando, y me parece bien —añado, dando por finiquitado el tema.

Y, cuando me dedica una sonrisa serena, sé que he hecho lo correcto.