La chispa que nos une (Lo que nos une 2) 52
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Nora

Ojeo el reloj de pared por tercera vez.

Max debe de estar a punto de llegar.

Es viernes por la tarde y ya me avisó de que hoy vendría tarde, por eso estoy terminando de preparar la cena.

Su agenda estaba hasta la bandera, con reuniones casi solapadas; en resumen: un día complicado.

Aun así, viene. Me escribió desde el avión para decirme que ya estaba en el aire, pero se negó en redondo a que fuera a buscarlo al aeropuerto, por lo que quedamos en que se presentaría en mi casa y cenaríamos juntos.

Si soy sincera, por primera vez en toda la semana me siento ilusionada por un plan, y, teniendo en cuenta cómo han transcurrido los últimos días, eso ya es mucho.

Mi madre se fue antes de ayer, dejando impregnado en mi casa su aroma a tabaco, que sabía que me costaría sacar, y un humor más gris que las nubes que reinan en el cielo londinense acompañadas de lluvia constante.

Mi lamentable estado de ánimo se ha filtrado incluso en mis escritos, que se han vuelto más irónicos, amargos y… tristes.

Así que la idea de ver a Max me emociona, aunque mi yo racional me obligue a mantener los pies en el suelo. Al menos, en un noventa por ciento, porque con él nunca consigo pisar del todo terreno firme.

Mientras espero, no paro de pensar en la conversación difícil que tendremos, en que no puedo dejarme llevar, en que ya debería saber cómo funciona esto.

Aun así, aquí estoy, deseando verlo y que me estreche entre sus brazos, aunque sea una última vez. Porque, después de todo lo que voy a contarle, probablemente se alejará de alguien como yo.

El timbre me sobresalta y me acerco a abrir la puerta. Max lleva el pelo algo revuelto, un pantalón negro, un jersey fino gris claro y una camisa blanca debajo. ¡Está guapísimo!

—Hola —saluda, con su habitual sonrisa.

—Hola. —Me hago a un lado para dejarlo pasar, pero antes él acerca su rostro al mío y me da un beso tierno, que necesitaba más de lo que quiero reconocer.

Una vez dentro de mi apartamento, él observa a su alrededor. En esta ocasión no hay ningún desatascador de por medio, y la casa está bien organizada y recogida.

Se adentra en el diminuto espacio de mi estudio, llenándolo con su presencia.

—¿Cómo estás? —Se vuelve para mirarme.

—Bien, ¿y tú?

—Ahora que estoy contigo, mucho mejor.

Reparo en que no trae maleta, solo una botella de vino blanco, y eso me desinfla un poco. ¿No va a quedarse?

—La cena huele de maravilla, cariño —comenta, volviendo a centrarse en mí.

—Bueno, no es nada del otro mundo… —Voy hacia la cocina, donde tengo tapada la sartén y una cacerola—. Preparé pasta con salsa de tomate casera, albahaca y parmesano.

—Suena delicioso, y pega muy bien con el vino.

Deposita la botella sobre la isla, donde he puesto el mantel y los platos más bonitos que tengo, un par de copas clásicas y una banqueta a cada lado. Le tiendo el sacacorchos, como si esta cotidianidad fuera lo más habitual del mundo entre nosotros.

—¿Cómo fue hoy el trabajo?

—Agotador —dice. Descorcha la botella con facilidad—. Pero, por suerte, ya es fin de semana y te tengo a ti, así que no voy a aburrirte hablando sobre motores.

Me obligo a sonreír, pero el mismo pensamiento me sigue reconcomiendo.

—No traes maleta —suelto al fin.

Se detiene apenas un segundo.

—No. —Siento que mide las palabras que quiere usar—. Con todo lo que has tenido esta semana, no quería dar nada por hecho. Prefería darte la opción de elegir.

No respondo. Regreso a las cacerolas para no darle muchas vueltas. Claro que quiero que se quede, pero ¿y si es él quien no desea hacerlo? Han sido días complicados, y lo dejé plantado en Berlín. Dos veces ya.

Escucho a mi espalda como sirve vino en una copa. Apoya una mano en mi cadera y me la ofrece.

—Pruébalo.

Le doy un sorbo.

—Está muy bueno. Es dulce, muy de mi estilo.

—Pensé que te gustaría.

Servimos la cena y nos sentamos uno frente a otro. Permanezco atenta a su reacción cuando prueba la pasta, pues me siento un tanto insegura. Aunque tampoco pretendía sorprenderlo con mis escasas dotes culinarias, espero que le guste.

—Vaya… Está buenísima, Nora.

—Gracias. —Sonrío, y me sonrojo levemente.

—Cuando dices que la salsa es casera, ¿es porque la has hecho tú?

—Sí, aunque no tiene mucho misterio. Aprendí viendo un vídeo en YouTube hace tiempo.

—No te quites mérito. Está increíble.

Bebo un poco más de vino.

—¿Y cómo te encuentras realmente? —pregunta entonces.

—Pues… bien. —Frunzo el ceño—. Supongo.

—Nora…

—Estoy cansada —admito—. De la situación.

El silencio no es incómodo; él sigue comiendo y yo lo imito. Sé que me está dando espacio para decidir si quiero continuar con el tema o no.

—Mi madre no vino solo a verme —digo al fin.

—Te pide dinero.

No me mira. Sigue concentrado en su plato, y yo suelto una risa nerviosa.

—¿Cómo lo has sabido?

Apoya los cubiertos a ambos lados y entonces fija en mí esos ojos que tanto me atraen.

—Lo intuía. ¿Quieres contármelo?

Vuelvo a beber y asiento con la cabeza.

—Lo hace desde que yo estaba en la universidad, aquí en Londres, sobreviviendo como podía mientras trabajaba en un Caffè Nero. Si salí adelante fue porque en casa de Elise siempre había un plato de comida para mí.

»El problema es que desde hace un tiempo mi madre cada vez pide más… y más.

—Y, aun así, se lo das.

No contesto. Ya lo ha dicho él.

—Los trabajos le duran cada vez menos. Este último lo dejó porque alega que su cuerpo y su espíritu ya no están para madrugar —suspiro, hastiada—. Y ahora sé que el dinero que le pasé recientemente fue para pagar las deudas de apuestas deportivas que tenía su exnovio.

Max sigue observándome con atención, pero no dice nada.

—Vino a Londres porque, cada vez que todo le sale mal, una parte de ella necesita recordarme que debo sentirme culpable por existir. —Mi voz tiembla—. Para mi madre, soy la causa de todos sus males, y restregármelo la hace sentir menos miserable.

Me termino la copa de un trago.

—Lo irónico es que este patrón se repite desde hace décadas. Ella dice que en mi familia, todas las mujeres han sido madres solteras de una niña. Mi bisabuela, mi abuela, mi madre… Es como si estuviéramos destinadas a sufrir, a ser objeto de críticas y comentarios por ello. Es una maldición.

Se hace de nuevo un silencio, durante el cual Max coge la botella y me rellena la copa. Sé que está analizándolo todo en su mente.

—No estás maldita, Nora.

Las palabras se me quedan atascadas en la garganta.

—No es una maldición —continúa, despacio, como si quisiera que me quedase claro—.

Son decisiones, circunstancias y heridas que se han ido repitiendo, pero que no dictan ni cómo eres ni cómo serás.

El pasado no nos define, y, por supuesto, tampoco predice lo que te ocurrirá, aunque sí podemos aprender de los errores que se cometieron.

—¿Y no te preguntas cómo puedo ser tan jodidamente gilipollas? —susurro—. Se está fundiendo mis ahorros. Todos.

—No eres gilipollas, pero no puedo arreglar tu vida por ti.

Asiento, con el corazón a mil por hora. Temo que se levante, coja sus cosas y se marche.

—Lo que sí puedo hacer es permanecer a tu lado, escucharte y acompañarte mientras decides cómo cambiar tu situación… si eso es lo que quieres de verdad.

Trago saliva, aliviada.

—Quiero hacerlo. Pero me cuesta. Mucho.

—Porque no es fácil, pero tendrás que hacerlo.

—Sí…

Una lágrima desciende por mi rostro. Max se pone en pie, rodea la isla para llegar a mí y me abraza.

—¿Sigues queriéndome en tu vida después de conocer la verdad? —pregunto.

Con delicadeza, posa los dedos en mi barbilla para que lo mire a los ojos.

—¿Es eso todo? —pregunta.

No respondo.

—¿Es algo que has provocado tú? —Sus ojos siguen clavados en mí, leyéndome.

Niego con la cabeza, y parece bastarle.

—Entonces todo está bien, cariño. No eres culpable de nada.

Vuelve a abrazarme y, con ese gesto, siento que por primera vez no estoy sola con mis miedos.