La chispa que nos une (Lo que nos une 2) 51
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Max

Estoy en la cama, con mi lectura actual entre las manos, en un vano intento por distraerme.

Sigo sin sacarme a Nora de la cabeza; me pregunto qué habrá sucedido exactamente, aunque sé que ella me dará las respuestas cuando esté preparada.

Es increíble lo ilusionada que la notaba por venir a Berlín, y cómo después todo se torció.

El móvil me saca de mis cavilaciones.

Nora:

¿Estás despierto?

Max:

Sí.

Nora:

¿Puedo llamarte?

Max:

Siempre.

—Hola —saludo.

—Hola. Lo siento mucho… de verdad. —Habla prácticamente en susurros.

—Deja ya de atormentarte por eso, son cosas que pasan.

—Ya, pero…

—Ni peros ni nada —interrumpo—. Y ahora dime, ¿estás bien?

Tarda unos segundos en contestar.

—Sí. Estoy bien.

Sé que no es cierto, pero entiendo que le cueste. Son mil kilómetros, varias explicaciones pendientes y circunstancias que desconozco.

—¿Cómo estás tú? ¿Qué has hecho hoy?

—Markus vino a buscarme y fuimos a comer a un asador y luego a tomar unas cervezas. Ahora estaba en la cama leyendo.

—Tengo ganas de empezar el libro que compramos juntos. Puede que lo haga esta noche. Me vendría genial distraerme.

—En ese caso, yo también lo haré. El que estoy leyendo ahora no termina de engancharme.

—Ni todos los libros son para todo el mundo, ni cada libro para todos los momentos.

—Voy a colgar en la biblioteca tus grandes frases filosofando sobre literatura.

Escucho una risita, que trata de contener.

—¿Por qué hablas tan bajito?

—Mi madre está roncando en mi habitación y yo he sido relegada al sofá.

—Ouch.

—Sí, ouch —suspira—. No tengo ganas ni fuerzas como para que siga despierta. Por hoy ha sido suficiente.

—¿Quieres hablar? —pregunto, inseguro.

De nuevo, silencio, solo que esta vez es más largo. Sé que lo está meditando.

—Max, yo… —Toma aire antes de proseguir—. Como te dije, la relación con mi madre es complicada. Pero ella es mi única familia, y creo que por eso me cuesta tanto poner límites.

—Está bien. No quiero que me cuentes por teléfono nada que te resulte difícil.

—¿Y si la verdad no te gusta? —Percibo la angustia en su voz.

—¿De qué tienes miedo exactamente?

—…

—No voy a salir corriendo así como así, si es lo que te preocupa. Y lo hablaremos cuando estemos cara a cara. Sin prisas, ¿de acuerdo?

—Vale. Gracias por ser… así. Comprensivo y paciente.

—Gracias por confiar en mí.

Silencio, otra vez.

—Buenas noches, Max. Voy a empezar nuestro libro ahora.

—Buenas noches, Nora. Yo haré lo mismo.

Cuando colgamos, permanezco unos instantes mirando a la nada. Después sustituyo el libro que tengo sobre las piernas por el de A. N. Locker, que descansa en la mesita de noche. Lo abro y empiezo a leer, sintiéndome, de alguna manera, más cerca de ella.