La chispa que nos une (Lo que nos une 2) 50
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Nora

Mi madre preparó macarrones con queso, como cuando yo era pequeña. Después, recogí los platos siguiendo su norma no escrita de que quien no cocina limpia, mientras ella veía un reality en la televisión.

—Pero ¿qué indecencia es esta? —repite, por enésima vez, a la pantalla, aunque no cambia de canal—. ¿Tú ves estas cosas, Nora?

—No, madre. Apenas veo la televisión —digo, sentándome junto a ella.

—¿Podrías ser una persona normal? A veces se me olvida que eres una rarita, con esas cosas que lees y escribes…

Me muerdo la lengua.

—Por favor, ¿vas a contarme ya qué ha pasado exactamente y por qué estás de verdad en Londres? —Sueno grosera, pero es lo que hay. No soporto más esta situación.

No responde. Mira fijamente la pantalla un par de minutos más, hasta que decide apagarla y estirarse a por la cajetilla de tabaco que ha dejado sobre la mesita de café. La abre, saca un mechero cilíndrico de color rojo, se lleva un cigarrillo a la boca y falla al encenderlo.

—Menuda mierda… —Agita el mechero y vuelve a intentarlo.

—Será el karma —comento, y cojo el cenicero que ha improvisado con una lata de Coca-Cola.

—¿A dónde te lo llevas? —protesta, levantándose del sofá.

Yo no digo nada. Me dirijo a la ventana y pongo la lata en el alféizar.

—Mi casa, mis normas —replico, sorprendiéndome a mí misma de mi firmeza.

—Niña impertinente.

Mi madre refunfuña, pero su vicio es mayor y termina aceptando el lugar del cenicero. Por fin enciende el dichoso cigarrillo, mientras yo doy vueltas de un lado a otro entre el sofá y el escritorio.

—¿No vas a deshacer esa maleta?

Su pregunta supone otro pinchazo en el corazón. Después de tanto trabajo preparando el equipaje y soñando con la perfección, todo se ha quedado en agua de borrajas. ¿En qué estaba pensando al imaginar que la vida me compensaría con mi propio cuento de hadas?

Sé que mi madre me observa, por eso me esfuerzo en poner cara de póker y no hacer visible mi desilusión delante de ella.

—Dime que no ibas a fugarte por ahí con un hombre.

—Lo que haga en mi tiempo libre no es de tu incumbencia.

—Así suceden las cosas, y luego solo tienes que mirarte al espejo para ver las consecuencias…

—Odio que me hagas sentir así. Odio que lleves toda la vida haciéndome sentir culpable de tus actos.

Ella esboza una sonrisa amarga.

—Sin duda fuiste el resultado.

Estoy al borde del llanto, como siempre que llegamos a este punto de fricción en nuestro historial de conversaciones. Cada vez que ella la fastidia, o rompe con otro novio, al final siempre necesita pagarlo conmigo. Y duele. Mucho.

—Madre, no estoy dispuesta a permitir que continúes tratándome así. Lo siento, pero no lo toleraré.

Me observa entrecerrando los ojos, sin duda sorprendida por mi repentina actitud. Casi nunca le he plantado cara, principalmente porque es mi madre. Porque se supone que me quiere. Porque es la adulta. O debería serlo.

—Desagradecida. —Exhala una bocanada de humo—. Me fui de Irlanda en busca de un futuro mejor, contigo del brazo y apenas quinientas libras en el bolsillo, pero te saqué adelante. Lo hice. Y así me lo agradeces ahora…

—¡Eso no es verdad! —grito. Tengo los puños apretados y tiemblo como una hoja.

Pero debo tranquilizarme. No puede enterarse de que yo sé la verdad. Lo que hizo. Cómo y por qué vino a Londres.

—¿Qué has dicho?

—Te estás fundiendo mis ahorros —le echo en cara, para desviar el tema y que no sospeche, porque eso sí es verdad—. No te haces a la idea de lo mucho que trabajo para poder vivir sola en un estudio, ahorrar y ayudarte también a ti.

—Trabajabas en una oficina, con buenos horarios y en una empresa decente.

—Y escribía por las noches, aunque estuviera cansada, persiguiendo un sueño que, además, ha sido un apoyo para tener mi propio sitio.

—Y ahora estás jodida… ¿Es eso lo que intentas decirme? Porque muy mal no te estará yendo, si planeabas gastar el dinero en un fin de semana con cualquier pobre diablo, haciendo quién sabe qué cosas por ahí.

Estoy a punto de entrar en su juego, como siempre. De devolverle el golpe, de justificarme, de defender algo que no debería tener que explicar.

Pero entonces me doy cuenta.

Me ha arrastrado hasta aquí para evitar responder a mi pregunta inicial. A la única que importa de verdad.

Como hace siempre… Solo que ahora, ya no puede conmigo.

O al menos, no del todo.