47
Nora
Es sábado, de modo que hoy no hay despertador, ni prisas, ni nada. Tengo a Max a mi entera disposición. Tal vez por eso seguimos remoloneando en la cama, incluso después de habernos buscado y encontrado ya dos veces esta mañana.
¿Cómo podemos aguantar este ritmo? ¿De dónde sale tanta energía?
—Tu cama es diminuta —se queja, y mueve los pies, que le asoman fuera del nórdico y del colchón.
—Es que tú eres enorme, Max.
—O tú muy bajita, si te comparas conmigo.
—¡Pero si mido uno setenta!
—¡Y yo uno noventa y cinco! —Sonríe—. ¿De cuánto es esta cama exactamente?
—Uno ochenta de largo por uno cincuenta de ancho.
—Cariño, necesitas una más grande.
—¿Ah, sí? —Apoyo la cabeza en el brazo que tengo doblado sobre la almohada, para verlo mejor.
—Sí.
Trato de sonreír, pero su comentario me ha provocado un pellizquito tanto en el corazón como en la mente.
—Nora —él imita mi postura y nos miramos a los ojos—, no quiero improvisar contigo.
—¿A qué te refieres?
—Quiero seguir viéndote, si te parece bien.
Trago saliva.
—Max, vivimos a mil kilómetros de distancia el uno del otro.
—¿Lo has buscado en Google?
—Puede ser…
Él se ríe.
—Venga, podemos hacerlo fácil —continúa, cogiéndome la mano que tengo libre sobre la sábana—. Un fin de semana vengo yo aquí, otro vas tú allí…
El pánico aflora desde algún rincón del dormitorio, acongojando mi ilusión.
—Y aunque sé que puedes hacerte cargo sola de todo —añade—, no tendrías que preocuparte por los billetes de avión.
Aprieta un poco más mi mano, pero soy incapaz de articular palabra.
—No te estoy pidiendo que decidas nada ahora. Tengo paciencia. Solo necesito que seas consciente de cuál es la dirección que me gustaría tomar con esto que tenemos.
—¿Y cuál es? —Me tiembla la voz.
—Hacia ti y… —por fin me atrevo a volver a zambullirme en su mirada plateada— hacia nosotros, Nora.
—Quiero hacerlo, pero…
—Vale, lo entiendo. —No me hace seguir. Acerca su mano a mi mejilla—. Iremos despacio.
—¿Me lo prometes?
—Te lo prometo.
Nos fundimos en otro beso con el que empezamos a dejarnos llevar, hasta que el timbre nos interrumpe.
—Que le den, no espero a nadie —digo, volviendo a lanzarme a sus labios.
Pero quien esté al otro lado de mi puerta insiste.
—Joder… —Resoplo y salgo de entre las sábanas para ponerme una bata.
—¿Quieres que vaya yo?
—No, tranquilo.
Salgo echando chispas del dormitorio. Paso de intentar averiguar por la mirilla quién es la persona que, por cierto, ahora aporrea la puerta con el puño. Abro con la cadena puesta y…
—¡Sorpresa!
¡No me lo puedo creer!
Cierro, retiro la cadena y vuelvo a abrir.
—¡Elise!
—¡AAAH! —Se lanza a abrazarme.
—¿Qué haces aquí? —es lo único que atino a decir.
—Quería celebrar tu nueva aventura literaria como debe ser. Nada de cervezas por videollamada ni sucedáneos cutres.
Su plan me encanta, pero claro… El crujido del suelo de parqué de mi dormitorio capta la atención de Elise.
—¿Hay alguien en tu habitación? —Mi amiga abre mucho los ojos.
—Todos os habéis propuesto sorprenderme este fin de semana. —Echo la cabeza atrás y bufo.
—¿Nora? —pregunta mi amiga—. ¿Y qué pasa con Max? Pensé que entre vosotros…
—A ver, Elise, necesito que no flipes, ¿vale? —la interrumpo.
La puerta de mi cuarto se abre y, entonces, mi amiga ignora mi petición y flipa. Bastante. Su cara me lo dice todo, aunque ella trate de disimular.
—¡Max! —exclama, a modo de saludo. Él aparece con la camisa por fuera de los pantalones y el pelo alborotado.
—Buenos días, Elise. ¿Nos has traído el desayuno? —bromea.
—Eh…, pues…, eh… —Se lleva las manos a la cara y me mira—. Debí haberte avisado.
—Oye, no pasa nada. —Le pongo las manos sobre los hombros para que se tranquilice.
—Está bien, Elise, de verdad —comenta Max—. A mí me parece perfecto que celebréis juntas lo de Nora, y no quiero estropeároslo.
Mi amiga busca alguna señal en mí.
—Podemos comer los tres —propongo—. Y luego ya vamos viendo. ¿Qué os parece?
—A mí me parece estupendo improvisar —aprueba Elise—. Iremos sobre la marcha.
Max sonríe, y sé que ambos estamos pensando en la conversación que hemos tenido en la cama.
Asiente con la cabeza.
—Improvisaremos. Pero solo un poquito…
Me guiña un ojo, y mi sonrisa se agranda antes de volver a dirigirme a mi amiga.
—Me he perdido algo, ¿verdad? —me dice ella.
—Ay, Elise… Cuánto me alegra que estés aquí. —Y la abrazo de nuevo.