La chispa que nos une (Lo que nos une 2) 46
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Max

Londres nunca ha sido mi sitio. Siempre me ha parecido una ciudad lúgubre, triste, como si no encajara conmigo.

Tal vez por eso me sorprende descubrir que esa sensación ha cambiado y ahora la percibo…

diferente. Aunque lo más probable es que no tenga que ver con la ciudad en sí, sino con la magia que Nora irradia.

No sé muy bien qué trama, pero es algo que le hace muchísima ilusión.

Vino a recogerme al hotel con una sonrisa nerviosa que no se le ha borrado en todo el trayecto, y me ha hecho subir al metro, a mí, que no utilizo el transporte público desde mi época universitaria, para llevarme a comer a un restaurante cerca de «otro sitio» del que se niega a darme pistas.

—Confía en mí —me dice cada vez que intento averiguar algo.

—Confío en ti, pero no estoy acostumbrado a recibir sorpresas.

—Pues tendrás que acostumbrarte.

Eso me hace sonreír. Ella, de alguna forma, siempre consigue sorprenderme. Además, verla así, tan entusiasmada, me encanta. Me hace sentir mejor, más feliz.

Primero vamos a una hamburguesería que, increíblemente, me parece de las mejores que he probado en los últimos años.

Ahí disfrutamos de un almuerzo tranquilo, hablando de todo y de nada, aunque la más parlanchina es Nora, lo que delata su nerviosismo.

Charlamos de libros: los leídos por ambos y los que a ella le quedan por escribir; de su editora, de los plazos que se le vienen encima y de cómo intenta no pensar demasiado en ellos para no bloquearse.

La escucho con atención, consciente de que me está dejando ver otra capa de ella, de esas que siento que voy descubriendo poco a poco, acercándome cada vez más a su interior.

Al salir, me coge la mano sin pensar, como si fuera lo más normal del mundo, y me agrada. Me gusta pasear así, como una pareja real.

No tardamos mucho en llegar al que parece nuestro destino, ya que se detiene en la puerta y me mira con una sonrisa de oreja a oreja.

—Es aquí.

—Es una librería.

Recorro el escaparate de lado a lado, por si me estuviera perdiendo algo, pero ella tira de mí para entrar. Nada más traspasar la puerta, veo el cartel que anuncia una firma de libros de A. N. Locker con motivo de su último lanzamiento.

Me invade una agitación extraña. ¿Esto va en serio?

Rememoro nuestra conversación en la casa de la montaña de Markus, donde le hablé de que era mi escritor favorito, pero no pensé que ella retendría ese detalle.

La miro, realmente impresionado. Ella me observa con los ojos bien abiertos y la alegría de una niña pequeña.

—¿Qué? ¿Sorprendido? ¿Te gusta?

—¿De verdad está aquí? —pregunto.

—Sí, en el piso de arriba.

—Vaya… —Me paso una mano por el pelo—. ¿Voy a poder conocerlo?

—Sí.

—Eso es… eso es… No me lo esperaba, Nora, en serio.

—Pero… —la duda la asalta de pronto— ¿te hace ilusión o no? Porque si no…

—¡Por supuesto que sí! Es que nunca he asistido a un evento como este y… Me apetece mucho tener un libro firmado por él.

Entonces su gesto se relaja.

—En ese caso, será mejor que compremos su última novela y después subamos a coger sitio, ¿no te parece?

Lo hacemos. Ella adquiere otro ejemplar; dice que le gustaría leerlo a la par que yo, para poder comentarlo. Nunca he hecho algo así, pero creo que la experiencia puede resultar gratificante. Ojalá Nora quiera empezarlo pronto.

Vamos a la zona reservada para el evento, donde ya hay bastante gente; aun así conseguimos un par de sillas libres.

A. N. Locker no tarda en aparecer, envuelto en los aplausos de todos los asistentes.

Mi emoción va en aumento. Da una charla en la que comparte con nosotros cómo se inspiró y documentó para su última obra, y después nos ofrecen plantearle preguntas.

Yo me lanzo, sorprendiéndome a mí mismo, mientras Nora me mira contenta.

Tras una hora y media, pasamos a la firma de ejemplares, donde seguimos el orden establecido mediante tiques numerados. Al llegar mi turno, Nora me saca una foto con el escritor, y luego él, amablemente, insiste en que su ayudante nos haga una a los tres juntos.

Esta última pienso enmarcarla y colocarla en la mesa de la biblioteca.

Al salir, cada uno con una bolsa de la librería, dentro de la cual va nuestro ejemplar dedicado, me siento como un chiquillo.

Frente al escaparate, insto a Nora a mirarme.

—Me lo he pasado en grande. Gracias, de verdad.

—No tienes por qué dármelas. Me alegra que lo hayas pasado tan bien, ese era el objetivo.

Acerco mi rostro al suyo mientras ella se pone de puntillas, y nos fundimos en un beso breve, debido al ajetreo de viandantes en la acera. Estoy deseando tenerla a solas, para besarla como es debido.

Me quedo mirándola unos segundos de más antes de ponernos en marcha, como si mi mente pretendiese grabar el momento. Nora, con los ojos brillantes y esa expresión de felicidad, frente a la librería en la que ha hecho realidad un pequeño sueño.

—Que sepas que has conseguido algo muy difícil —afirmo en voz baja—. Hacerme olvidar todo lo demás durante unas horas y vivir una experiencia única.

Amplía su sonrisa, la cual me golpea de lleno en el pecho.

—Vamos, quiero seguir paseando contigo —digo.

—¿A dónde quieres que vayamos?

—A ninguna parte, solo… quiero andar a tu lado, así, de la mano.

Nos alejamos de la librería, dispuestos a perdernos por las calles de Londres.

Y es entonces cuando constato que no es la ciudad lo que ha cambiado.

Soy yo, y es gracias a Nora.