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Max
El despertador programado en mi teléfono móvil suena como todas las mañanas, solo que aquí es muy temprano, más concretamente una hora antes, y, además, el sonido procede del otro extremo de la casa. Anoche se me olvidó desactivarlo. ¡Maldita sea!
Salgo de la cama lo más rápido que puedo para apagarlo, aunque a desgana, porque abrazar a Nora mientras duerme resulta demasiado placentero como para abandonarla así sin más.
Cuando regreso, la habitación está ligeramente iluminada por el tono anaranjado que desprenden las farolas de la calle, ya que todavía no ha amanecido. En la cama, Nora se despereza, y me observa de arriba abajo con una sonrisita pícara que lo dice todo.
Estoy desnudo, y ella no pierde la oportunidad de darme un buen repaso visual.
—¿A qué viene esa carita? —le pregunto, sonriendo yo también mientras me meto de nuevo entre las sábanas.
—A que es demasiado temprano para mí… —dice con voz adormilada—. Pero te lo perdono. Todo.
—¿Me lo perdonas? —Le doy un beso lento, al que ella responde de tal forma que la temperatura se caldea.
—Bueno… —susurra, tras separarse para coger aire—, podría pedirte una compensación.
Me río porque ya sé exactamente por dónde va.
—¿Y de qué tipo de compensación estaríamos hablando?
En lugar de contestar, me empuja suavemente hasta tumbarme boca arriba y se coloca encima de mí, tomando las riendas de la situación. Su cuerpo encaja sobre el mío a la perfección, y ya estoy deseando volver a sentirla de esa forma que nos vuelve locos a los dos.
—¿Ves por dónde voy? —Se muerde el labio inferior, provocadora.
—Lo veo, y me encanta. —Apoyo las manos en su cintura—. Aunque debo avisarte de algo: después tendré que irme al hotel para estar presentable en dos reuniones por videoconferencia que tengo esta mañana.
Se queda quieta un segundo.
—¿Tienes que irte? ¿De verdad?
—Sí, pero prometo volver cuando termine y ser totalmente tuyo, cariño.
Sus ojos se clavan en los míos.
—¿Cariño? —pregunta.
—¿No te gusta?
Sé que su mente está discurriendo a cien por hora, hasta que sonríe.
—Me gusta, cariño. —Y vuelve a besarme.
Nuestros labios se buscan con pasión, como si percibiéramos que algo ha cambiado, y nuestras manos comienzan a explorar sin pudor, repasando las zonas que ya conocemos del otro, pero que seguimos descubriendo.
Aunque solo tenemos unos minutos, pienso aprovecharlos, ya que me encuentro en el lugar y con la persona que más deseo.