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Nora
Mi editora (qué raro se me hace decir eso) me ha enviado un plan de acción, y ahora tengo en el calendario un montón de plazos que no puedo ignorar.
Esto va en serio. Muy en serio. Linda espera que el lanzamiento de la novela sea la bomba (creo que le encanta usar esa palabra).
Y hasta quiere que realice una gira por las principales ciudades del Reino Unido, Irlanda y, si va bien, saltar al otro lado del charco.
Por supuesto, estoy muy nerviosa, a pesar de que ella hable de esos asuntos con tanta naturalidad… A mí me dan vértigo.
Tal vez por eso hoy no consigo escribir nada decente.
Por lo menos, voy bien de tiempo para entregar el primer borrador, y, siendo sincera, también debería concederme un respiro.
Me lo debo. Llevo tres horas delante del ordenador, así que termino abriendo otras pestañas: el periódico, Zalando, Instagram…
Sin embargo, cuando vuelvo al Word…, ¡nada!
Contrariada y frustrada conmigo misma, con el mundo y con lo que se me ponga por delante, bajo la pantalla del portátil hasta cerrarlo y lo dejo a un lado del sofá. Entonces veo las flores, que han empezado a marchitarse.
Max viene a mi cabeza, junto con la estúpida idea de volver a escribirle, pero me resisto. Ya estamos llenando el chat de mensajes. Unas veces, iniciados por mí; otras, por él. Varias veces al día, incluso con tonterías.
Pero lo que necesito ahora es desestresarme.
Mis ojos se posan en el desagüe del fregadero, que continúa dándome problemas.
He probado uno de esos productos superagresivos que prometían milagros, pero nada.
También agua caliente con bicarbonato y vinagre, y lo único que salió fue un volcán precioso al realizar la mezcla.
Busqué más remedios por internet y aquí estoy, con un desatascador manual que he comprado en Amazon, y que resulta demasiado grande, ya que en la foto parecía más pequeño y no me fijé bien en las medidas, lista para enfrentarme a la tubería y a lo que haya dentro.
Otra vez. Pero, en esta ocasión, voy a por todas.
Busco en YouTube cómo usar el desatascador manual que @SharkyPlumb, un usuario de Reddit con un nickname que significa algo así como «tiburoncito fontanero», recomendaba hace pocos días a otro pobre desgraciado con el mismo problema que yo.
Me pongo los guantes de limpieza, mitad azules y mitad amarillos, de la marca blanca del Tesco. A pesar de que son talla S, me quedan enormes. Lleno de agua el fregadero y, cuando hay suficiente, meto la ventosa, respiro hondo y comienzo a presionar. Uno, dos, tres…
Algo hace glup dentro de la tubería y, por el agujerito lateral antidesbordamiento, sale un chorro asqueroso, oscuro y con un olor especiado que no sé si es curry, restos de algo muerto o ambas cosas.
Chillo y doy un salto hacia atrás.
Luego permanezco quieta, con el desatascador en una mano, los guantes puestos y la dignidad tirada por el suelo de la cocina.
—¡Me cago en…! —Resoplo y me quito los guantes.
Miro con disgusto y desafío el puto fregadero.
Escribo en Reddit a un comentario de @SharkyPlumb, a ver si así me lee, y decido encargar una pizza mientras tanto, ya que mi cocina no está en condiciones de usarse para cocinar, con todo el lío que he montado.
Al final tendré que tragarme mi orgullo y mi vergüenza y llamar a un profesional de esos que al agacharse te enseñan toda la hucha y sueltan alguna frase irónica sin intención de juzgarte, pero que en realidad te está juzgando.
Increíblemente, recibo respuesta de @SharkyPlumb nada más confirmar el pago de mi cena en JustEat. Leo el texto detenidamente: me recomienda desmontar el tubo que hay debajo del sifón; está bastante seguro de que ahí está la causa del problema.
Por lo que pueda volver a pasar, me pongo un delantal feísimo y con una gran mancha de tomate frito en el pecho, que nunca salió.
Me armo con los guantes de nuevo, me agacho y…
El timbre me hace pegar tal salto que me caigo de culo.
¿En serio tienen que llamar justo ahora?
Voy hacia la puerta refunfuñando, con un guante puesto y el otro en la mano, y observo por la mirilla, tan rayada que sirve más como decoración que como un elemento útil para la seguridad. Termino abriendo con la cadena puesta.
—Hola, Nora.
Es Max.
En mi puerta.
En Londres.
Con un traje gris oscuro impecable, camisa blanca abierta en el cuello y recién afeitado.
Yo, por mi parte, llevo un delantal guarro, el pelo recogido como buenamente he podido y tengo materia sin identificar en una mejilla.
—¿No vas a invitarme a pasar? —pregunta, divertido.
Reacciono, por fin. Cierro para quitar la cadena y vuelvo a abrir.
Trato de recomponerme. Max entra y, de inmediato, su mirada recorre mi casa con curiosidad, como si intentara encajarme en un espacio que no se parece en nada a lo que hemos vivido en Alemania, en su mundo.
Se fija en los muebles, desparejados, en el pequeño desconchón que hay en una pared y en las pilas de libros que se amontonan en el suelo.
—¿Qué haces aquí? —me atrevo a preguntar.
—Tenía una reunión en la ciudad y pensé en darte una sorpresa.
—Pues… lo has conseguido. Y, como puedes ver, me pillas en un momento un poco… malo.
Ahora su mirada recorre mi atuendo, antes de desviarse hasta la cocina, donde el desatascador gigante parece gritar: «Hola, aquí estoy».
Me arde la cara.
—Sí que andas ocupada… ¿Qué estás haciendo?
—Temas de fontanería.
Vuelve a centrarse en mí y parpadea.
—El fregadero no traga —especifico.
—¿Por qué no llamas a un fontanero?
—Porque puedo arreglármelas sola.
Su vista se detiene entonces en la isla que divide la cocina y el salón, donde tengo el cactus de peluche y, junto a él, la piedra negra que me dio en la casa de la montaña y las flores de la semana pasada, ya bastante marchitas.
—¿Por qué siempre me sorprendes, aunque me esfuerce en ser yo quien lo logre contigo? —dice en voz baja, como si se lo dijera a sí mismo.
—No sé, si destrozar mi fregadero te parece sorprendente…
Max sonríe y da un paso, acercándose a mí sin llegar a invadir mi espacio.
—Eres tú la que me lo parece, Nora.
Ahora soy yo la que recorta el paso que nos separa. Me pongo de puntillas y le doy un beso rápido.
No he podido evitarlo.
Max me mira a los ojos y, con delicadeza, me coloca un mechón rebelde detrás de la oreja.
—Te echaba de menos —confiesa.
—Y yo a ti.
Entonces, se quita la americana y la deja sobre el sofá, como si no le importara que mi casa sea enana, que el ambiente huela raro o que todo esté hecho un auténtico desastre.
—¿Qué estás haciendo?
—Voy a ayudarte.
—No puedo permitir que te manches.
—Nora, dejemos esas tonterías a un lado y hazme un resumen del problema, por favor.
—Vale: el fregadero no traga. He probado con productos diferentes, he bombeado con un desatascador y me ha escupido. Ahora iba a seguir las instrucciones de @SharkyPlumb y a desmontar el tubo que hay debajo del sifón.
—¿Quién demonios es @Sharky… lo que sea?
—Un usuario de Reddit que resuelve dudas de fontanería.
Pone los ojos en blanco y después examina la situación más de cerca, muy concentrado.
—¿Tienes una palangana, o algo?
—Sí.
La saco del armario y él la coloca debajo del sifón, agachándose.
—Los guantes, por favor.
Le doy mis guantes.
—Son ridículamente pequeños… —comenta, en su lucha por ponérselos.
—A mí me quedan ridículamente enormes.
Muestra una sonrisa divertida y menea la cabeza.
—En fin, vamos allá.
—Max, ¿estás seguro?
—Nora… —Mi nombre suena casi a reprimenda.
Desenrosca el sifón con cuidado. Cae la primera gota, luego un hilillo de agua estancada y luego… mucha más. Por fin parece vaciarse el contenido del fregadero, en la palangana.
El olor es como un puñetazo en la nariz y Max frunce el ceño, pero no se achanta.
Yo sí doy un pasito atrás.
—Ay…
—Tranquila.
El tubo cede del todo y podemos ver el problema: una masa oscura, compacta y asquerosa.
Me inclino para mirar, pero me arrepiento al instante.
—No, no, no…
La expresión de Max cambia de forma instantánea.
—¿Eso es…?
—No lo digas.
La masa es, en realidad, un nido de cucarachas muertas y, como si el universo quisiera humillarme un poco más, una de ellas, que parece estar en las últimas, mueve una pata.
Pego un grito que debe de oírse en toda la manzana.
—Joder… —Max se levanta para deshacerse de la pieza en el cubo de basura. Acto seguido cierra la bolsa con un nudo eficiente, del que no pueda escapar nada que tenga más patas que yo.
Me encuentro al borde de la histeria.
—Me voy a morir de vergüenza —susurro, cerrando los ojos con fuerza.
—Nora. Mírame.
Lo hago, a regañadientes.
—No pasa nada. Tranquilízate. Solo es un fregadero.
—Pero tenía el tema de las cucarachas a raya. Un exterminador se encargó hace meses. Han debido de campar a sus anchas cuando me fui a Berlín…
—Nora. Tranquila. En serio.
Trato de respirar. Él se quita los guantes y se apoya en la isla de la cocina, sin dejar de mirarme, hasta que rompe a reír y a mí me nace imitarlo… Antes de darnos cuenta, los dos nos estamos carcajeando, como si lo que acaba de suceder fuera surrealista.
—¿Y si limpiamos este desastre y luego nos planteamos qué hacer?
El timbre suena.
—¿Esperas a alguien? Dime, por favor, que es un fontanero.
—Es la pizza.
—¿Pizza?
—Sí. —Me acerco a abrir para recoger el pedido mientras le resumo mi vida—. Pensé que iba a pasar toda la tarde luchando contra el atasco, para huir al mismo tiempo de los plazos que me ha puesto mi editora, y que me están estresando.
Cuando ya tengo la caja con la cena, él está de nuevo a mi lado.
—¿De qué es? —Señala.
—¿Prometes no juzgarme?
—En ningún momento lo he hecho.
Me muerdo el labio.
—Hawaiana. Es mi favorita, pero el mundo suele odiarla.
—¿Bromeas? También es mi favorita. —Nos sonreímos—. Bueno, ya tenemos plan, entonces.
—¿Qué plan?
—Comemos pizza hawaiana mientras me cuentas lo que planea para ti tu editora, y después arreglamos lo que podamos de ese estropicio.
Mi corazón vuelve a acelerarse.
—Entonces…, ¿te quedas conmigo? ¿Aquí?
—Si a ti te parece bien, claro…
—Me encanta la idea.
Esta vez es él quien me besa.
Max está aquí, y no parece dispuesto a irse a ninguna parte.