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Max
El móvil vibra sobre la mesa mientras reviso un correo que es probable que ignore, y que definitivamente cae en el olvido cuando leo el nombre de Nora en la pantalla.
No puedo evitar sonreír al abrir nuestro chat.
Apoyo la espalda en la silla, imaginándome la cara que habrá puesto al recibir el ramo. Se merece flores. Siempre. Y las tendrá.
Tecleo una respuesta rápida.
Max:
Me alegra que te hayan gustado.
Enhorabuena de nuevo por el contrato.
Deberías celebrarlo, aunque sea concediéndote una buena cena o algo especial.
Lo envío justo cuando tocan a la puerta.
—Adelante.
Otto, mi secretario, entra en el despacho con su portátil gris bajo el brazo, un traje impecable y gafas de montura redonda, las cuales tiene la costumbre de recolocarse empujándolas con un dedo por el puente.
—Maximilian, ¿podemos revisar ahora la agenda de la semana que viene?
—Por supuesto.
Le señalo una de las dos sillas que hay frente a mi escritorio y se prepara. Yo dejo el móvil boca abajo y me obligo a recuperar la concentración. Nora suele eclipsar todo lo demás.
Otto comienza a citar todos los compromisos, reuniones, videollamadas y almuerzos programados para cada día. Le pido que reorganice un par de ellos, y entonces llegamos al jueves.
—Jueves: vuelo a Londres a las siete y reunión con Andrew Roberts, de Air Cloud, a las once. Regreso previsto a las seis.
—¿Londres era la semana que viene?
—Así es.
Se recoloca las gafas y me mira, como si esperase que le dijera que vamos a cambiarlo, pero en mi cabeza estoy rumiando otros escenarios.
—¿Y qué hay para el viernes?
Otto vuelve a fijarse en la pantalla del portátil.
—Nada relevante. Un par de reuniones internas y una comida informal con Mike.
Mi vista se desvía unos segundos hacia el gran ventanal.
Londres…
—Que el vuelo de regreso sea el domingo. Si se produce algún cambio al respecto, te avisaré. Yo mismo escribiré a Mike para cancelar nuestra cita, y las reuniones internas las atenderé por videoconferencia.
Otto asiente con la cabeza, tecleando rápidamente en sus notas. Si le ha sorprendido mi cambio, no lo muestra.
—¿Alguna preferencia horaria para el regreso?
—Te lo confirmaré cuando esté allí.
—De acuerdo. ¿Reservo en el hotel Royal, como siempre?
—Sí, por favor.
—Perfecto.
Se levanta del asiento, dando por finalizada la reunión. Siempre tan ejecutivo.
—¿Algo más? —añade antes de salir, con el ordenador bajo el brazo.
—No. Gracias, Otto.
Asiente con la cabeza y desaparece, dejándome a solas con mis pensamientos.
Londres…
Una sonrisa curva mis labios.
Parece que el destino se ha apiadado un poco de mí.