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Nora
Me arrastro hasta la cocina para desayunar.
O, más bien, para preparar el café, que constituirá mi único desayuno, como siempre.
Mientras la cafetera obra su magia, friego las cuatro tazas que ayer acumulé en el estudio, solo para poder beber de un recipiente limpio sin tener que recurrir a un frasco de conserva vacío de los que guardo en el armario.
Tampoco sería la primera vez…
Miro el reloj de pared: las diez y cuarto de la mañana de un jueves.
El fregadero no traga bien desde que llegué.
Debería solucionarlo, pero me da pereza y asco.
Debería hacer la colada en algún momento, pero todavía me quedan bragas limpias en el cajón, así que tampoco es muy prioritario.
Debería ir al supermercado, pero he optado por sobrevivir a base de pasta con tomate y las opciones económicas de comida a domicilio que hay cerca de mi casa.
Debería…
Debería…
Debería hacer tantas cosas…
Una vez que tengo mi taza favorita hasta arriba de café con leche, me acerco a la ventana, la abro para ventilar un poco, doy un sorbo y… respiro.
En la calle, alguien insulta a otro alguien, y el ruido del tráfico se filtra entre mis paredes, alterando la paz que me gustaría tener. Paz que solo experimento cuando me pongo los auriculares de diadema color verde menta.
Le doy al play en Spotify y pincho en el iconito del correo electrónico, lista para eliminar los dieciocho e-mails nuevos, que seguramente serán ofertas, suscripciones y spam .
Pero entonces lo veo.
Linda Morgan, la editora a la que le envié los primeros capítulos de la novela que casi he terminado, me ha respondido.
Con mi suerte, probablemente sea para darme las gracias y mandarme de forma educada a freír churros, pero, según avanzo en el texto, comprendo que no es así.
Querida Scarlett:
Acabo de darme cuenta de que no tengo tu número de teléfono, y necesito hablar contigo hoy sin falta porque estoy chillando con los capítulos que me enviaste. De verdad, ¡esto es la bomba!
Por favor, llámame en cuanto leas este correo. Estoy deseando que trabajemos juntas.
Mi número es…
—No me lo creo… —digo para mí misma, colocándome los auriculares en el cuello—. ¡Venga ya! ¡AAAAAAH!
Chillo, pataleo y…
—¡Contrólate, maldita pirada! —escucho que me grita alguien desde la calle. Probablemente, desde el pub de abajo.
—¡Que te den, imbécil! —le respondo desde la silla de mi diminuto escritorio.
Ahora mismo todo me da igual.
Creo que es la señal divina que necesitaba. Que la vida, por fin, me está devolviendo algo.
Por supuesto, necesito contárselo a alguien, y la primera persona que me viene a la mente, traicionada por el cretino de mi corazón, es Max, seguido de mi amiga Elise.
Opto por la segunda.
—¿Nora? —contesta en un susurro.
—¡La editora me ha contestado!
—¿Qué?
—La editora quiere que trabajemos juntas. Se ha leído lo que le pasé y, cito textualmente, está chillando porque es la bomba.
—¡¿En serio?! —Continúa hablando en susurros, pero la noto casi tan emocionada como yo.
—¡No me lo creo! —Reparo entonces en que estoy llorando.
—Pues créetelo y ahora escúchame muy atentamente.
Lo primero: respira y cálmate un poco; tienes que llamarla esta misma mañana, y no puedes hacerlo llorando.
Hay que ser profesionales. Y lo segundo: quiero que sepas que, si alguien se merece esto en el mundo, esa eres tú.
Y que me siento supermegahiperorgullosa de ti.
—Gracias, Elise. De verdad.
Escucho a alguien hablar en voz alta al otro lado de la línea y a mi amiga un poco apurada.
—Nora, ahora mismo me pillas fatal en la oficina, pero, en cuanto salga, te llamo y seguimos hablando. ¡Y el día que firmes el contrato, lo celebramos! Ya sea en Londres, en Berlín o por videollamada, con cerveza, vino o lo que tú quieras.
—Claro que sí. —Me seco las lágrimas y sonrío.
—Tengo que dejarte. ¡Llama a la editora lo antes posible! Un beso enorme, amiga.
—Un beso muy grande, Elise.