38
Max
—Mamá ha convertido el setenta cumpleaños de papá en una fiesta de Estado —comenta Markus.
—¿Esto siempre es así? —pregunta Elise mientras se aferra todavía más a él. Odia las multitudes y siempre lo hará, por mucho que se esfuerce en encajar.
—A veces —reconozco—. Tú solo has asistido a la cena benéfica de Navidad, que es su evento favorito; eso sí que se le va de las manos.
—Vamos, Max, sonríe y no exageres. Es la retirada oficial de papá de todo este circo.
—En parte, lo envidio. —Tomo una copa de champán de la bandeja de un camarero mientras observo a mi padre en la distancia. Es la primera vez que lo veo tan eufórico en un acto así. Y no me extraña; yo también lo estaría.
—¡Los hermanos Schröder en persona! —Mike aparece en escena y mi humor mejora considerablemente al verlo. Por fin alguien con quien hablar sin protocolos.
—¿Cómo estás, Markus? —Le estrecha la mano a mi gemelo y después este le presenta a Elise—. Es un auténtico placer conocerte. Yo soy Mike, y ella es mi queridísima esposa, Mayra.
Su mujer nos saluda con una sonrisa auténtica, como es ella. Está bronceada, tiene los ojos oscuros y el pelo negro, largo y liso.
—Maximilian. —Mamá vuelve a pasar cerca y me agarra del brazo, otra vez—. Necesito que me acompañes a saludar a los Fischer. ¿Te acuerdas de ellos?
—No, mamá.
—¿Cómo que no? —Le hace un gesto a Markus, como pidiéndole apoyo, pero él la ignora—. ¡Venga ya! Siendo adolescentes, los dos pasasteis un verano entero en el internado de Suiza al que también iba su hija Carol. ¿La recuerdas? ¡Carol Fischer! Es una mujer encantadora.
Resoplo hastiado. No puedo evitarlo.
—¿Nos disculpáis un momento? —le digo al grupo, repitiendo para mis adentros que me calme.
Markus me mira igual de desconcertado. Mike alterna la vista entre mi madre y yo. Elise se muerde el labio, claramente incómoda, y Mayra empieza a comprender la situación.
Me alejo con mamá lo suficiente para que no nos oigan.
—¿Qué estás haciendo?
—¿A qué te refieres? —Se hace la tonta mientras se atusa el pelo y observa en derredor.
—Es la cuarta hija de alguien a la que mencionas esta noche. ¿Qué mosca te ha picado?
—Ay, querido, de verdad… —Intenta restarle importancia, pero sabe que la he pillado.
—Mamá, basta. Por favor.
Su expresión se endurece.
—Maximilian, estoy muy preocupada por ti.
Frunzo el ceño.
—Estás más cerca de los cuarenta que de los treinta y sigues igual.
Tu hermano, al menos, nos presentaba a alguna chica de vez en cuando.
Y ahora parece que ha sentado cabeza con Elise, que, por cierto, es maravillosa.
Pero ¿tú? ¿Qué ocurre contigo? A excepción de aquella insensata con la que salías en la universidad, no hemos vuelto a verte con nadie.
—¿Y cuál es el problema?
—¡Eres el heredero! ¿Acaso no lo entiendes? —Baja la voz, alterándose por momentos—. Hay muchas expectativas puestas en ti, Maximilian. No puedes echar a perder el apellido, la empresa…
—¿El apellido? —la interrumpo—. Te recuerdo que tienes otro hijo.
Tenso la mandíbula. No debí tirar por ahí, y me arrepiento en el acto.
—Un hijo que ha hecho lo que le ha dado la gana, y lo sabes —ataca mamá.
No respondo. Intento no proyectar mi cabreo en mi hermano, al que quiero, pero no es la primera vez que me encuentro en esta situación por su culpa. Aun así, suelo echarle un capote en todo… Hoy no he estado fino.
—Deberías pensar en encontrar a una persona adecuada con la que formar una familia.
—¿En serio? Y, llegados a este punto, debe ser adecuada… ¿para quién?
Ella bufa. La estoy sacando de sus casillas.
—Para tu posición. —Lo dice casi entre dientes—. Por eso esta noche pensé en presentarte a algunas mujeres que, desde mi punto de vista, serían buenas candidatas.
—Quieres cerrarme todavía más los barrotes de la jaula de oro eligiendo por mí.
—¡No exageres, por favor!
—No exagero, mamá. Es mi vida, ¿lo entiendes? Además, ya cometí el error de elegir mal una vez, y no pienso volver a hacerlo solo porque tú me presiones.
Ella guarda silencio un segundo y su gesto se ablanda.
—Sé que esa bruja te causó muchísimo daño, pero no todas son como ella, querido.
—Lo sé.
—Entonces, ¿piensas seguir así mucho más tiempo o vas a actuar? —Por supuesto, vuelve a la carga.
La miro fijamente, rumiando su pregunta, y de nuevo pienso en esa pelirroja asustadiza pero de buen corazón, adicta al chocolate y capaz de escribir novelas hasta en papel de cocina.
—Estoy actuando, mamá —respondo—. Pero a mi manera, así que no insistas.
Ella parece confundida, pero sé que lo ha captado.
—En fin… —Me quita la copa de champán, que todavía tenía mediada, y se la bebe de un trago—. Eres imposible.
Me la devuelve y me lanza una última mirada de reproche. Al menos sé que ahora me dejará en paz porque, pese a todo, ha quedado satisfecha con mi respuesta.
En cuanto se aleja, siento la mirada de Mike clavada en mí. Puesto que no me muevo del sitio, decide venir él hasta donde estoy.
—¿Y bien?
—Creo que quiere ser abuela, o algo así… —Trato de quitarle hierro al asunto, y mi amigo se ríe.
—Joder, con tu madre…
Observamos en silencio a las personas que nos rodean, sin muchos ánimos de interactuar con ellas ninguno de los dos.
—Markus me estaba hablando de su casita del lago y de lo bien que lo pasasteis hace poco. Me alegra que al final fueras. ¿Cómo van las cosas con la chica?
—Hablamos, la invité a salir y terminamos en mi casa.
A él jamás le ocultaría algo así, por lo que le hago un resumen claro y conciso.
—¿La llevaste a tu casa? ¿Tú? ¿El de las reservas discretas de hotel?
—¿Qué problema hay, Mike?
—No, ninguno. Pero quienes te conocemos sabemos lo cuidadoso que eres a la hora de no mezclar una «salida romántica» con tu vida privada.
—¿Salida romántica?
—¿Canita al aire?
Ni le respondo. Mi mirada se lo dice todo.
Carraspea.
—Max…
—Mike…
Desearía tener champán en la copa.
—¿Por qué no la has traído esta noche?
—Porque ya no está en Alemania.
—¿Se ha marchado?
—Ha huido.
Aprieto los labios.
—Vaya… Lo siento, tío. ¿Y qué vas a hacer?
—Estar ahí para ella, y esperar a que quiera quedarse.