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Nora
Cuando ayer llegué a Heathrow, avisé a Max de que ya estaba en el aeropuerto, tal y como me había pedido. Y, aunque no lo hubiese incluido en la petición, también le escribí para decirle que ya estaba en mi casa.
Abro nuestra conversación y me fijo en las gracias que me da al final, como si tuviera que agradecerme el hecho de confirmarle que estaba bien o a salvo.
Lo peor de todo es que me gusta esa sensación. La de que alguien se preocupe por mí de alguna manera más allá de lo convencional.
No he dormido pensando en la cita idílica que tuvimos, o en su llamada cuando le dije que iba a subirme al avión. Esto último, por cierto, me hace sentir mal, muy mal, pero mis pensamientos se ven abruptamente interrumpidos cuando el nombre de mi madre aparece en la pantalla del móvil.
Estaba dispuesta a seguir nuestra dinámica, en la que yo no contesto su llamada y ella me manda luego un resumen con lo que quiere de mí. Pero, no sé por qué, tal vez por la rabia que siento por todo en general, termino respondiendo.
—Hola, madre.
—Nora, qué raro que no estés ocupada, cielito.
—Ahora tengo un rato libre y puedo hablar.
Escuchar su voz me resulta casi raro. Hacía meses que no la oía, y es como un peso que me oprime el pecho.
—¿Cómo estás?
—Bien, madre, como siempre… ¿Y tú?
—Bien, bien. Paddy y yo estamos estupendamente.
Se refiere a su novio actual, aunque no me esfuerzo en memorizar su nombre. Sé que dentro de poco cambiará a otro. Lo bueno es que ahora no me los vende como «papás».
—Me alegro mucho.
Siempre es lo mismo…
¡Nora tonta, tonta Nora!
—Y he encontrado un trabajo nuevo, ¿sabes?
—Eso está genial, cuéntame más.
—Oh, pues… es en un hotel, como camarera del restaurante. Lo único malo es que a veces tendré que madrugar mucho, porque es sobre todo para los desayunos y…
No puedo evitar desconectar. «Madrugar» es sinónimo de que no le durará. Por desgracia, ya hemos pasado por ese episodio varias veces.
—Te veo ilusionada, qué bien —comento.
—Sí, ¿verdad?
Parece realmente entusiasmada por mi reacción, y hasta me siento la mala de la historia por hacerle creer que me interesa.
—La cuestión es que… empiezo el lunes, que es justo un nuevo mes, y eso significa que no me pagarán hasta finales y…
Qué ilusa soy…
—¿Cuánto necesitas? —Voy al grano.
—¿Dos mil euros?
—¡¿Dos mil?! —Me llevo la mano a la frente—. Madre, hace diez días te envié dos mil quinientos.
—Lo sé, y te lo agradezco muchísimo, pero ahora tengo que pagar el alquiler y…
—Pensé que parte de ese dinero ya cubría tu alquiler.
—Sí…
—¿Tanto han subido los apartamentos en Irlanda de la noche a la mañana? —ironizo.
—Es que… Paddy tenía unos asuntos pendientes también y… bueno…, debíamos zanjarlos o podría haber problemas.
—¿Qué asuntos tenía Paddy?
—Nada grave. Pagos pendientes que a veces surgen y que, si caducan, te aumentan los intereses. Esas cosas.
—¿Qué asuntos?
Mi madre entiende por mi tono que o me dice algo creíble, o perderá la oportunidad de ver un euro más. Al menos, de momento.
—Bueno… —balbucea—, es un apasionado del hurling y se le fue un poco la mano con ese tema.
No hace falta que siga.
—¿Apuestas deportivas, madre? ¿En serio?
—Sí…, algo así.
Su respuesta me hace dudar de si, además, serán en casas oficiales de apuestas o no, pero prefiero no indagar o acabaré escupiendo bilis.
Tomo aire, visualizando el estado de mis cuentas del banco en la cabeza.
Por supuesto que puedo pasarle el dinero, pero cada vez pide más, y no sé si voy a poder con esta situación eternamente.
—No puedo enviártelo de inmediato. Tardaré unos días —claudico—. Tengo que sacarlo de una parte que tengo invertida, y eso cuesta un poco de tiempo.
—Oh, claro, cielito… Lo entiendo. Y te lo agradezco un montón, pero… ¿cómo te arriesgas a no tener algo a mano? Ya sabes, para imprevistos.
—Tengo para cubrir mis imprevistos, madre. Pero los tuyos últimamente son más cuantiosos de lo habitual.
—Ya… Lo siento… Te prometo que te lo devolveré.
Me muerdo la lengua. Eso nunca pasará.
—Con lo mucho que trabajas, tal vez podrías plantearle a tu jefe un aumento —sugiere.
Sonrío con amargura y decido soltarle la bomba.
—Me despidieron hace más de dos semanas y a partir de ahora viviré exclusivamente de mis libros. Esa es la realidad.
Silencio.
—¿Todavía escribes esas cosas?
—¿Sabes, madre? Es curioso que mis libros te avergüencen, pero el dinero que recibes gracias a ellos, no.
Corto la llamada, alejo el teléfono de mí y me llevo las manos a la cabeza.
La vida a veces me supera, y no puedo arriesgarme a que algo bonito termine pesándome también… o acabe viéndose arrastrado conmigo.