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Max
El domingo tuve que acudir a uno de esos eventos a los que mi madre insiste en enviarme y de los Markus consigue desmarcarse, como casi siempre.
Así que, aunque hoy sea lunes, para mí la semana ya empezó antes, igual que tantas otras veces.
Tal vez mi hermano tenga razón. Bueno, sé que la tiene.
Debería delegar. Pero, claro, él es un capullo al que nada le importa y antepone su ombligo a todo lo demás, mientras que yo… soy yo.
El día está siendo especialmente pesado en la oficina: casi tres horas de reunión con gráficos de rendimiento y debates interminables sobre motores híbridos y normativas europeas que me han puesto la cabeza como un bombo.
Así que, de regreso a mi despacho, no puedo evitar abrir la conversación de WhatsApp con Nora.
Tras dejarla el sábado en casa de Markus y Elise, no volvimos a hablar.
Supuse que era mejor darle espacio después de nuestra cita y de pasar parte del sábado juntos, y ella tampoco me ha escrito.
Pero me muero de ganas de verla de nuevo, y qué mejor forma de empezar la semana que proponiéndole algún plan para esta noche.
Además, ya es hora de comenzar a llenar este chat, ¿no?
Buenos días, ¿cómo estás?
¿Te apetece que cenemos juntos hoy?
No dudo con el mensaje: es sencillo y directo. Así que lo envío.
Guardo el teléfono en el bolsillo; saludo a Otto, mi secretario, que anda concentrado en su escritorio, y entro en mi despacho. Dejo la libreta sobre la mesa antes de acercarme al ventanal que ocupa una pared entera.
Hace un día primaveral espléndido y me permito cerrar los ojos un par de segundos, sintiéndome… feliz.
El móvil vibra y lo saco para leer el mensaje entrante de Nora.
Estoy a punto de embarcar en mi vuelo a Londres.
Me pilla tan desprevenido que decido llamarla enseguida.
Escucho un tono, dos, tres… hasta que por fin contesta.
—Hola —dice con un hilo de voz.
—Hola. —Intento sonar tranquilo—. Pensé que ibas a quedarte más días.
—Ya…, bueno…, es que… —Silencio. Solo su respiración temblorosa y un anuncio lejano del aeropuerto.
—¿Va todo bien?
Tarda un poco en responder.
—Max…, lo siento, pero no puedo… —susurra, y por el tono sé que está a punto de romperse.
Cojo aire.
—Nora, tranquila, está bien. No pasa nada. No tienes que explicarte ahora.
—Lo siento… —Escucho claramente cómo se le quiebra la voz—. Por favor, no te enfades mucho. No me odies por esto. Para mí es… complicado.
Una parte de mí querría ir ahora mismo a donde se encuentra y abrazarla.
Decirle que no tiene que salir corriendo, que no tiene por qué estar asustada.
No conmigo. Pero sé que no escapa de mí, sino de lo que siente y del temor a un futuro incierto.
Y aunque comprendo que necesita espacio, también sé que no puedo quedarme de brazos cruzados.
—No voy a enfadarme porque tengas miedo. No te odio y tampoco voy a desaparecer.
Escucho su respiración al otro lado; parece que poco a poco se va serenando.
—Max, no sé cómo manejar esto —admite.
—Vale, pero podemos averiguarlo juntos. Solo… no me cierres la puerta.
Otro largo silencio, que se me hace eterno.
—Necesito que sepas que no estoy huyendo de ti, pero… —No termina la frase.
—Lo sé.
Ella respira hondo, tratando de recomponerse.
—Debo subir al avión.
—De acuerdo. Escríbeme cuando hayas llegado. Solo para saber que has aterrizado bien, nada más.
—Lo haré —dice, y suspira—. Gracias por comprenderme, a pesar de todo.
—Que tengas buen vuelo, Nora.
—Adiós, Max.
Y cuelga.
Me quedo con el teléfono en la mano y la certeza de que, si no quiero espantarla, tendré que demostrarle con paciencia y claridad que conmigo no tiene nada que temer.
Miro hacia el horizonte.
El día sigue siendo luminoso, pero ya no me parece tan radiante como hace unos minutos. Y el sol… tampoco siento que caliente de la misma forma.