La chispa que nos une (Lo que nos une 2) 34
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Nora

Con la excusa de preparar el desayuno, Max me deja sola en el baño para que pueda secarme el pelo.

He intentado no mojarlo, en vano. Cuando termino, me contemplo en el espejo.

Llevo puesta una camiseta azul de Max, que me cubre hasta el culo, y mis rizos, gruesos e indomables, parecen un nido de pájaros que ha sobrevivido a un huracán.

Intento recogerlos en un moño, pero, al no tener ningún coletero a mano, improviso nada más y nada menos que con hilo dental.

Esto es un desastre.

Pero supongo que es lo que tiene estar en casa de un hombre.

Inevitablemente, me pierdo en mis pensamientos, reviviendo lo ocurrido en las últimas horas. Mientras que una parte de mí se siente escandalizada por haberme saltado mis propias normas, la otra me recuerda que solo se vive una vez y que, con Max, todo es distinto.

Porque lo es.

Este hombre juega en otra liga en todos los aspectos, y, además, me tenía ganada desde mucho antes de que yo pisara Alemania, me guste o no. Así que…, ¿por qué no? No estoy haciendo nada malo.

Me obligo a dejar de justificarme y decido que es hora de ir a la cocina.

Siguiendo los pasos de ayer, bajo la escalera. La rosa ya no está sobre el mueble zapatero donde la dejé. Frunzo el ceño, contrariada. No quiero que se pierda, me hizo mucha ilusión.

No obstante, mi preocupación dura poco: en cuanto entro en la cocina, la localizo en el centro de la isla, dentro de un jarroncito que parece una botella. Mi corazón se encoge de emoción al verla ahí.

—Espero que tengas hambre —me dice Max desde los fuegos, donde prepara tortitas que va apilando en un plato.

—La verdad es que sí. —Me acerco para inspeccionar.

Parece que la masa es casera, y en pequeños cuencos hay banana en rodajas, fresas y arándanos.

—¡Esto tiene una pinta estupenda! —digo, y me llevo un arándano a la boca—. ¿Hay algo en lo que pueda ayudarte?

—¡Eh! —me reprende—. ¡Eso es el topping !

—Vale, chef. —Sonrío, poniéndome de puntillas para darle un beso.

—Si quieres, puedes preparar el café. La leche está en el frigorífico. —Señala la cafetera, cuya jarra ya está llena de un café oscuro de aspecto delicioso.

Cuando nos sentamos a desayunar, añade un toque de nata.

—¡Mmm! —Lo miro con los ojos muy abiertos mientras mastico un bocado—. Esto está de vicio.

—Me alegra que te guste.

—¿Desde cuándo cocinas?

—Los chicos Schröder sabemos cocinar. Es algo que heredamos de nuestro padre, y hoy quería hacer algo especial para ti.

Corto otro trozo.

—Pues son las mejores tortitas que he probado en mi vida, Max, de verdad.

—Gracias.

Me mira y sonríe, como si disfrutara viéndome gozar del desayuno.

—Espero que hayas dormido bien —comenta antes de llevarse otro pedazo a la boca.

Asiento con la cabeza, algo cortada. No pienso confesarle que hacía tanto tiempo que no dormía tan bien que ni lo recuerdo.

Su teléfono vibra sobre el mármol veteado, al otro lado de la isla, y se estira para alcanzarlo.

—Hola, Markus —responde—. Sí, claro que está aquí conmigo… Vale, vale, sí… De acuerdo… ¿A qué hora? Muy bien… Adiós…, adiós…

—¿Qué ocurre? —pregunto.

—Elise dice que tienes el móvil apagado.

—Ah… Se habrá quedado sin batería.

—Y Markus ha propuesto que vayamos a su casa a comer.

Sonrío al pensar en lo cotidiano y sencillo que resulta todo con Max. Siempre.

—¿Qué estás pensando?

—Nada… —Creo que me sonrojo.

—Venga, suéltalo.

—Solo pensaba en… lo fácil que es…

No doy más detalles, pero él lo ha entendido.

—Lo sé.

Después del café, lo ayudo a recoger los platos, meterlos en el lavavajillas y nos coordinamos para fregar la sartén y los utensilios de madera mientras el otro los seca con un paño de cocina.

Al terminar, se acerca por detrás, me rodea con los brazos y hunde la nariz en mi cuello.

—¿Hueles a… pasta de dientes?

—Ah… Puede que haya improvisado un coletero con tu hilo dental.

—Coleteros —repite—. Lo tendré en cuenta. Pero ¿por qué no lo llevas suelto y ya? Me encanta tu pelo.

—Porque ahora mismo es un revoltijo absoluto. Aquí no tengo los productos para mantener estos rizos a raya y parece que he metido los dedos en el enchufe.

Max se ríe mientras toca las puntas del peculiar moño que me he hecho.

—Bueno, en ese caso tendrás que explicarme qué mantenimiento requieren esos rizos tan bonitos, para tenerlo también en cuenta.

—No digas tonterías… —Le doy un manotazo cariñoso en el brazo, y enseguida se inclina para besarme.

—No son tonterías. Ya te dije que no he traído a nadie aquí, nunca, así que tendré que saber qué necesitas para las próximas veces que vengas.