La chispa que nos une (Lo que nos une 2) 33
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Max

Esta noche no he podido dormir mucho, pero por motivos muy diferentes a los habituales.

Esta vez es por ella; porque tengo la impresión de que, si se despierta, echará a volar, y, por egoísta que suene, deseo retenerla entre mis brazos unas horas más, disfrutar de su compañía, de su cuerpo, de sus palabras y de su risa.

Gracias a la tenue luz del amanecer que atraviesa las cortinas de mi dormitorio, puedo contemplar su cabello color fuego desparramado por la almohada y las hermosas pecas que decoran su rostro y todo su cuerpo.

De pronto, parece a punto de desperezarse, y no me equivoco, ya que lo hace apenas unos segundos después.

Tranquila, se gira hacia mí hasta que quedamos cara a cara, y me regala una sonrisa satisfecha al verme.

—Buenos días —dice, un poco adormilada todavía.

—Buenos días. —Acerco mi mano para acariciarle la mejilla.

—¿Llevas mucho despierto?

—Algo.

Nos miramos a los ojos, y no puedo evitar rememorar las horas mágicas que pasamos anoche entre estas mismas sábanas, descubriéndonos entre caricias que todavía me queman en la piel.

—Tal vez debería irme —dice.

—¿No es un poco pronto?

No quiero ponerle fin a esto, no aún.

—¿Tú crees?

—Definitivamente, lo creo. Apenas se han despertado los pájaros, estoy seguro.

Ella sonríe de nuevo.

—Qué cosas tienes, Max.

—Qué cosas tienes tú, Nora.

Acerco mi rostro al suyo con la intención de saborear sus labios, pero es ella quien acorta las distancias y sale a mi encuentro.

Nuestros cuerpos se enredan con facilidad y mi mano recorre la longitud de su muslo, sin prisa, ascendiendo poco a poco hasta su cadera, su vientre, el ombligo, un pecho…

Siento como se le escapa un suspiro entre nuestros labios cuando me atrevo a ir un poco más allá con las caricias, mientras nuestros cuerpos comienzan a tensarse por el placer. Su mano me aprieta el trasero, y decido advertirle con un mordisquito cariñoso en el labio.

—Me gusta despertar así —susurra, absorta en el momento.

—Y a mí. Contigo .

Mis dedos continúan explorándola sin premura, como si el tiempo se hubiera detenido solo para nosotros. Ella responde buscándome con la misma necesidad, y tengo que hacer un esfuerzo para no perder el control demasiado rápido.

Abro el cajón de la mesita de noche sin apartar la mirada de la suya. Su expresión es una mezcla perfecta de deseo y complicidad.

—Max… —Mi nombre suena como una súplica.

No me hago de rogar: rasgo el envoltorio del preservativo y, cuando ya estoy listo, la beso de nuevo. Comienzo a hundirme en su interior y, oh…, es una pura delicia sentirla así.

Nos movemos a un compás perfecto, como un baile cuyos pasos solo nosotros conocemos.

Cuando siento que está a punto de dar el salto, aumento un poco el ritmo para darlo con ella, de modo que alcanzamos juntos esa cima tan especial, en la que nos perdemos y nos encontramos a la vez, con las manos entrelazadas y sin soltarnos ni siquiera cuando nuestras respiraciones intentan volver a la normalidad.

Mientras permanezco en su interior, su preciosa mirada verde se zambulle en la mía. Sé que ella también lo siente, que esto no es solo físico.

Algo así no puede reducirse a eso.

—Supongo que puedo quedarme un poco más… —Acompaña esas palabras con una sonrisa.

Y yo la entiendo. Comprendo por qué lo hace. Y por eso le sigo el juego.

—Tampoco pensaba dejarte ir —añado en respuesta.

Nora ríe, y, mientras la estrecho contra mí, ya estoy planeando continuar esto en la ducha.