La chispa que nos une (Lo que nos une 2) 32
30%

32

Nora

Max me lleva sin soltarme y yo me mantengo anclada a su cuello, riendo todavía por la sorpresa de haber acabado en sus brazos. Él también sonríe, y ese gesto me llega directo al corazón.

La puerta de su dormitorio está entreabierta, y la empuja con el hombro para que pasemos los dos sin necesidad de soltarme.

Su habitación es enorme, presidida por una cama gigantesca.

No ha encendido las luces, pero tampoco hace falta, ya que parte de la luz anaranjada de las farolas del jardín de fuera se filtra entre las cortinas que cubren los elegantes ventanales, que dan al bosque y a donde debe de estar la piscina exterior.

Las risas, en algún momento, se han apagado, dando paso a otro tipo de sensación. Nos miramos a los ojos sin decir nada, y entonces me deposita en el suelo. Durante un instante, ninguno de los dos se mueve, y la tensión entre nosotros se vuelve casi palpable.

—No me puedo creer que estés aquí —susurra. Yo no respondo—. Llevo tanto tiempo imaginando cómo sería hacerte el amor que…

Pongo un dedo sobre sus labios. Nadie me había confesado jamás algo tan íntimo, y sé que es sincero.

—Max, a mí me pasa lo mismo… desde hace más de lo que estoy dispuesta a reconocer en voz alta. Estoy deseando hacerlo… contigo.

Sonríe de nuevo y hago que su rostro descienda hasta el mío para que nuestros labios vuelvan a encontrarse en un beso lento, profundo y cuajado de promesas a las que no es necesario poner palabras.

Poco a poco el calor nos invade. Él hace descender la cremallera de mi vestido con calma, dándome así la posibilidad de echarme atrás. Sin embargo, le dejo bien claro que esto es lo que deseo cuando comienzo a desabrocharle los botones de la camisa.

Nuestras ropas se van amontonando a nuestros pies. Siento sus manos asir con delicadeza mis caderas y deslizarse por mi espalda; mi cuerpo se pega al suyo, inundándome de una corriente de sensaciones que hacen que mi respiración se agite y desee con urgencia recibir más.

Tomo sus manos; su mirada de acero está oscurecida por el deseo.

Sin decir nada, doy unos pasos atrás, hasta que siento el colchón contra mis piernas. Él se inclina entonces, para que yo caiga con cuidado sobre las sábanas blancas, y se coloca sobre mí.

—Eres tan… increíble —susurra.

—Créeme, yo pienso lo mismo de ti.

Vuelve a unir su boca a la mía mientras su mano busca el cierre de mi sujetador negro en la espalda. Libera mis pechos, que contempla casi con adoración antes de lanzarse a besarlos, perdiendo el control y volviéndome loca con su lengua sobre mis pezones endurecidos.

Cuando se propone arrebatarme las bragas de encaje negro, yo hago lo mismo con sus calzoncillos y, al percibir en mi mano su miembro duro y caliente, se me olvida respirar unos segundos.

—Joder, ¡la tienes enorme! —se me escapa en voz alta, porque en verdad no me esperaba algo así.

Él intenta esconder una leve risita contra mi clavícula, pero al final levanta la cabeza para mirarme.

—¿Eso es bueno o debería preocuparme?

—Es… —Trago saliva—. Espero estar a la altura.

Él sonríe.

—Ay, Nora… Si supieras todo lo que me provocas… —Acaricia mi mejilla sin dejar de observarme.

Y justo en ese momento me doy cuenta de la necesidad que tengo de él. Dejo todos mis miedos atrás y me centro en el ahora.

—Quiero sentirte —le pido.

Él me besa, y percibo su dureza contra mi humedad. La promesa de sentirlo de una forma tan íntima acelera el ritmo de mi corazón y eriza mi piel.

Sin que yo tenga que decir nada, alarga el brazo hasta el cajón de la mesita de noche, de donde saca un preservativo.

Nuestros ojos vuelven a coincidir mientras lo abre, y me da un beso antes de ponérselo.

—¿Estás segura?

—Nunca he tenido nada tan claro.

Vuelve a colocarse en mi entrada; esta vez se hunde en ella solo un poco, pero lo suficiente para dejarme sin aire.

—¿Estás bien? —pregunta, y yo asiento con la cabeza, aferrándome más a él e instándolo con las caderas a que profundice en mi interior.

—Te necesito completamente… —murmuro, y sé que estoy perdiendo el control y la razón.

Max continúa moviéndose de una forma que me vuelve loca, con delicadeza pero también con la intensidad que mi cuerpo reclama, hasta que por fin él me penetra por completo, haciéndome sentir algo que no había experimentado nunca, por increíble que pueda sonar.

—Dios…, eres perfecta. Esto es incluso mejor de lo que imaginé.

Permanece quieto unos instantes, disfrutando del momento, ejerciendo cierta presión en mi interior. Yo ni siquiera me siento capaz de hablar, pero sus palabras me acarician de una forma que me hace perder un poco más la escasa cordura que me queda.

—Max… —Me muerdo el labio y muevo ligeramente las caderas, encontrando un punto de fricción que me hace romperme en mil pedazos. Jamás había alcanzado la cima tan pronto.

Lo miro, tratando de recuperar el aliento, y él me observa como si fuera algo único en el universo. La forma en la que sus brazos me envuelven sobre el colchón me hace sentir en casa.

—¿Todo bien?

—Sí… Sí…

Max inicia entonces unas embestidas precisas y profundas, que no tardan en volver a hacerme estallar. Por unos instantes, olvido cualquier cosa que no sea este «nosotros» que estamos compartiendo.

Se detiene, mirándome con esos ojos ahora más brillantes, y me besa en la sien, en la mejilla, en el cuello y, más tarde, cuando logro recomponerme un ápice, en los labios.

Creo que mi cuerpo ya no podrá soportar más, pero él vuelve a marcar el ritmo con firmeza y, cuando la ola del orgasmo me arrolla de nuevo, esta vez nos arrastra a los dos, dejándonos abatidos entre las sábanas, respirando con dificultad pero todavía unidos.

Durante unos segundos ninguno de los dos se mueve. Solo siento su peso sobre mí, el latido desbocado de su corazón contra el mío y una paz maravillosa que sé que nos invade a ambos.

¿Cómo es posible que mi cuerpo haya reaccionado de esta manera? Normalmente apenas lograba alcanzar el orgasmo una vez, y reconozco que lo he fingido en más de una ocasión; sin embargo, lo que acaba de pasarme aquí, con él, no se parece a nada de lo que he experimentado antes.

—¿A qué le das tantas vueltas? —Max rompe mi burbuja, apartándome con ternura un mechón de la frente.

—A nada —miento.

—Te escucho pensar muy alto, aunque no sé exactamente en qué —dice mientras me acaricia el brazo.

Me muerdo el labio inferior y él levanta mi barbilla para obligarme a mirarlo.

—Nora… —Pronuncia mi nombre casi como una petición.

—Lo que acaba de pasar… Yo… no… Es que…

—¿No sabías que eras multiorgásmica? —Sonríe—. Porque yo tampoco sabía que podía provocar algo así en otra persona, pero ha sido genial, ¿no crees?

Resoplo.

—Ahora tu ego no va a caber en esta habitación…

Max exhala una breve carcajada y niega con la cabeza.

—No es eso, de verdad. —Continúa acariciando distraídamente mi brazo—. Además, si hemos tenido un sexo increíble, no es por mí, es porque eres tú.

—Claro, intenta arreglarlo. —Finjo indignación, aunque sus palabras me calan muy hondo.

—Hablo en serio, Nora. Y quiero que sepas que me hace muy feliz compartir esto contigo.

Observo su gesto, sus ojos y sus palabras, y al final decido corresponder:

—A mí también me ha gustado mucho, y me alegro de haberte dicho que sí a esta noche.

—Y yo de que lo hicieras.

Me rodea de nuevo con esos brazos que tanta confianza me infunden y a continuación me besa, logrando que mi mente no se preocupe de nada más que de vivir este momento.