31
Nora
Max se hace cargo de la cuenta y salimos del restaurante cogidos de la mano.
Fuera ya es de noche y el parking no queda lejos.
Cuando llegamos al coche, me abre la puerta sin soltarme en ningún momento, detalle que agradezco profundamente, porque el vehículo es tan bajo que, con estos tacones, entrar y salir sin ayuda supone renunciar por completo a la dignidad y al decoro.
—Gracias —digo cuando me siento.
—Para eso estoy.
Poco a poco dejamos atrás el centro y circulamos por carreteras más alejadas, como si intentáramos huir de Berlín. Me sorprende cuando busca de nuevo el roce de mi mano y acaba entrelazando los dedos con los míos, que descansaban sobre mi muslo.
—Vamos un poco lejos —me avisa, sin apartar la vista de la carretera.
—¿Cómo de lejos?
—Casi cuarenta minutos desde aquí.
—Vaya… —Arqueo una ceja—. ¿No te gusta vivir en la ciudad?
—No, esa etapa de mi vida ya pasó. Ahora prefiero la tranquilidad cuando llego a casa.
—¿Así que vives por ahí perdido con tus libros, en plan ermitaño interesante?
Se ríe.
—Algo así, sí.
—¿Y no será una molestia llevarme luego a casa de Elise y Markus?
—Para nada —responde, sin borrar esa sonrisa que tanto me gusta—. Estoy acostumbrado a este trayecto.
—¿Siempre conduces el Batmóvil o es que hoy querías impresionarme?
Vuelve a reír.
—¿Tú qué crees?
—Lo segundo.
—También puede ser que quisiera que todo saliese perfecto y que fuese inolvidable, ¿no te parece?
Me suelta la mano para devolverla al volante al incorporarnos a la autobahn .
Conduce con seguridad, respetando las recomendaciones, aunque este coche parece pedir a gritos que lo deje volar.
Aun así, Max no es de los que impresionan a base de velocidad, y eso es algo que, imprevisiblemente, me gusta todavía más de él.
Sé que estamos llegando cuando, después de media hora, empiezan a asomar propiedades escondidas tras vallas oscuras, setos altos e hileras de abetos enormes y maravillosos.
Las luces anaranjadas iluminan el camino y, al final, nos detenemos ante una verja gris, casi negra, que se abre cuando él pulsa un pequeño mando a distancia.
Tras cruzarla, una estrecha carretera privada nos da la bienvenida. A la derecha se alza una casita encantadora.
—¿Quién vive ahí? —pregunto.
—La pareja que se encarga del mantenimiento: Klaus y Mary. Pero en casa estaremos solos.
Unos metros más adelante, la veo. La casa. Aunque debería ir en mayúsculas, porque no es para menos.
Es grande, clásica y elegante, de ladrillo gris y tejado a dos aguas.
Tiene tres plantas: un par principales y otra abuhardillada, cuyas ventanas surgen entre las tejas oscuras.
Un pequeño balcón da al jardín delantero, cuidado con pulcritud.
Giramos hacia la izquierda para acceder al garaje, enorme y luminoso, donde descansan cuatro coches más: una berlina sobria, un SUV deportivo, el todoterreno con el que llegó a la montaña y un sedán aparentemente normal que, aun así, derrocha personalidad.
Al salir, cojo la rosa del hueco de la puerta; me parece injusto dejarla ahí más tiempo.
Entramos a la casa por una sala de estar y, a medida que avanzamos, lo poco que alcanzo a ver me deja sin palabras.
El silencio es total, roto solo por el sonido de mis tacones y los zapatos de él.
En pocos segundos llegamos a la escalera principal; al otro lado, unas puertas acristaladas dan a una piscina cubierta por una lona, a la espera de que se asiente el buen tiempo.
—¿De verdad vives aquí? Tienes hasta una piscina.
Nada más hablar, me insto a cerrar el pico.
—Dos —corrige él, con una sonrisa—. Hay otra en esta planta, climatizada, porque me gusta mucho nadar. Y sí, vivo aquí desde hace cinco años.
—Es… impresionante.
Apoyo la rosa sobre el mueble zapatero cuando me ofrece unas pantuflas mullidas de color verde esmeralda. Al ponérmelas, experimento un alivio casi celestial.
—¿Mejor? —pregunta al ver mi expresión.
—El paraíso. Los tacones de Elise son preciosos, pero me estaban matando. Quiero decir… Es que no traje zapatos que quedasen bien con el vestido y… ella…
—Tranquila, Nora —me interrumpe, al ver cómo me meto yo sola en un berenjenal—. Da igual de quién sean los zapatos. Además, yo también pensé en los detalles, como puedes ver.
Lo miro sorprendida por lo que sus palabras implican: estas zapatillas, el color, el número perfecto para mí…
—Max…
De nuevo, no puedo terminar la frase, porque se acerca despacio, consiguiendo que se me borre de la cabeza lo que iba a decir.
Después, me besa. Esta vez no comienza como un roce tímido, igual que en la Puerta de Brandeburgo, sino que es un contacto más profundo desde el inicio.
Sus manos se apoyan en mi cintura, respetando ese límite invisible, y las mías en algún momento rodean su cuello.
Durante unos segundos, solo existen nuestras bocas, el calor que irradian nuestros cuerpos y esa forma tan natural en la que descubrimos que encajan mientras nuestras lenguas realizan un particular baile que nos deja sin aliento.
Cuando nos separamos, ambos nos concedemos unos instantes para volver a respirar con normalidad.
—Ven —dice en voz baja, tendiéndome la mano.
Por un instante se me olvida a qué hemos venido, hasta que entramos en la biblioteca.
Y sí, tenía razón: es muy grande, con estanterías hasta el techo, de esas que incluyen una escalerilla para llegar a todos los libros.
El mobiliario es de madera oscura, y la luz de las lámparas caldea la estancia, haciéndola todavía más acogedora.
Hay libros por todas partes, pero las baldas no están ni de lejos llenas.
Del techo, colgadas con hilo invisible, caen algunas maquetas de aviones hechas de madera, lo que le da un toque curioso y especial a la estancia.
—Caray… —susurro—. Pensé que estaría repleta.
—Estos —señala una pared— son los que he leído.
—Que no son pocos… —comento mientras me acerco a leer algunos de los títulos.
—Y esos —indica otra zona—, los pendientes.
—También son unos cuantos… Nos parecemos en algo más.
—Y eso que me contengo bastante cuando entro en una librería —confiesa—. Aun así, no creo que me dé la vida para leer todo lo que quiero. Como dijiste una vez: tantos libros para tan poca vida…
—Tal cual.
Nos sonreímos y, cuando avanzo un poco más, diviso todas y cada una de mis novelas.
—Max —digo, contando los lomos, para confirmar mis sospechas.
Él se acerca.
—No podía no tenerlos.
Me giro en su dirección, sorprendida, y me coge las manos mientras sigue mirando a su alrededor.
—Espero poder llenarla poco a poco —añade—. Tal vez encuentre a alguien que comparta esta afición conmigo… y me ayude a completarla.
—Eso suena realmente bonito.
—Pues sí…
Nos miramos. Y ya no puedo aguantarme más.
Lo beso.
Esta vez me lanzo con más ganas a probar sus labios, y es maravilloso que Max me responda igual, atrayéndome hacia sí, aunque en cuestión de segundos me encuentro empotrada suavemente contra las estanterías, rodeada de libros y de su cuerpo.
Sus manos parecen querer acariciarme por todas partes, y las mías no se quedan atrás cuando me sorprendo explorando la piel que se extiende debajo de su camisa.
—Quiero llevarte a mi dormitorio. —Sus palabras suenan como una afirmación, pero sé que también son una pregunta. Me mira a los ojos, buscando mi permiso, y me es imposible resistirme a él.
—Vayamos —susurro—, por favor.
Me besa de nuevo y, de pronto, me alza en volandas. Me río, enroscando los brazos alrededor de su cuello, dejándome llevar.
Por primera vez en mucho tiempo, no me importa nada más.
Ni el qué dirán ni las expectativas.
Solo él.
Y el tiempo que podamos disfrutar juntos.