30
Nora
Avanzamos por el centro y, aunque intento disimularlo, estoy completamente desorientada con respecto a los planes de Max. Reconozco algunos edificios de pasada, y al fondo distingo incluso la silueta inconfundible de la Puerta de Brandeburgo, iluminada ya por la luz del atardecer.
Cuando el coche se adentra en un parking subterráneo, me desconcierta todavía más.
¿Qué planea este chico?
—Estamos en el centro —comento.
—Así es.
No añade más. No piensa darme ningún adelanto. Empiezo a sospechar que disfruta viéndome tan intrigada.
Cuando aparcamos, dejo mi rosa en el hueco de la puerta, con cierto pesar.
—No te preocupes, luego podrás ponerla en agua —dice, como si leyera mis pensamientos. Tan él…
Salimos a la calle y caminamos unos metros, permitiendo que nuestras manos se rocen, tímidamente, hasta que él acaba sujetando la mía con firmeza. Nos miramos y ambos sonreímos. Su pulgar me acaricia con suavidad, y el revoloteo de las mariposas que me acompañan desde hace rato se intensifica.
Casi no me doy cuenta de que nos hemos detenido frente a una tienda colorida hasta que alzo la vista.
—«Ritter Sport» —leo en el cartel—. Espera…, ¿de verdad hay una tienda oficial?
Max me observa divertido.
—Sí. Y la tienes aquí mismo.
Entramos y él coge una cestita, que después me entrega.
—Puedes elegir todas las que quieras: tus favoritas, algunas nuevas… No te cortes, yo invito.
—¿Todas las que quiera? —pregunto, incrédula—. ¿Estás seguro?
—Sí. Yo también escogeré algunas, y luego podemos compartir.
Sonrío tanto que casi me duelen las mejillas.
—Me parece el plan más dulce del mundo.
Paso un buen rato recorriendo estanterías repletas de envoltorios de todos los colores imaginables. Cojo mis favoritas: de avellanas, coco, fresa…, pero también me lanzo a probar una de pretzel y otra rellena de mousse de almendras, que me hace la boca agua solo de imaginar su sabor.
Cuando por fin voy en busca de Max, lo encuentro examinando una estantería cercana. Tiene en la mano una chocolatina de praliné y otras dos de chocolate negro y naranja.
—¿Cómo vas? —pregunta, curioseando en mi cestita—. Pensé que tendrías más peligro… ¿Por qué no coges más?
—No me tientes —respondo—. Debo controlarme, ¿vale?
Se inclina hacia mi oído para susurrarme.
—Hoy no. Hoy quiero que te desmelenes, así que aprovecha.
Al final, salgo de la tienda cargando una bolsa de papel mediana y con una ligera sensación de culpa, pero, al mismo tiempo, una felicidad brutal de pensar en todas las delicias que llevo.
—¿Sabes? Ahora tengo chocolate para sobrevivir hasta el invierno.
Max ríe, complacido con mi entusiasmo.
Caminamos sin rumbo por la zona, dejándonos llevar por el ambiente. Está lleno de turistas, de idiomas mezclados y, en definitiva, de gente contenta por estar aquí. Sin pensarlo, saco una chocolatina de avellanas de la bolsa, la parto con ayuda de un clínex y le ofrezco un trozo.
—Para que no te manches los dedos —explico.
Me mira con una expresión que no sé interpretar del todo, a caballo entre la sorpresa y la ternura.
—Gracias.
Seguimos andando hasta la Puerta de Brandeburgo, donde un músico callejero interpreta Somethin’ stupid , de Frank Sinatra, creando una atmósfera casi irreal.
—¿Nos hacemos una foto? —propongo.
—Me parece una idea estupenda.
Saca el móvil antes que yo; ventajas de llevarlo en el bolsillo, supongo…
Con su altura, y sus largos brazos, hace de palo de selfi improvisado; yo me acerco más a él para que nuestras caras queden encuadradas, aunque eso supone juntarse…
muchísimo. Tanto que nuestras mejillas se rozan, y siento la suya algo áspera por la incipiente barba, a pesar de que se ha afeitado.
Justo después de la foto, nos miramos desde esa distancia tan escasa. Max guarda el teléfono y pienso en lo fácil que sería… En el momento, en el ambiente…
—Sinatra temía estropearlo diciendo algo estúpido… —susurro—. Y yo, pensando en hacer algo estúpido.
—¿Ah, sí? Porque yo no lo consideraría estúpido en absoluto.
Su mirada desciende a mis labios mientras la mía lo imita. Como si lo hubiéramos consensuado, eliminamos la distancia fundiéndonos en un beso que empieza contenido… hasta que nuestras lenguas se encuentran, casi por sorpresa, y yo debo aferrarme al cuello de su camisa para sostenerme.
Max posa una mano en mi espalda, y poco a poco desciende hasta quedar justo por encima de mi trasero, sin cruzar esa frontera.
El olor que él siempre desprende, a limpio, con un toque jabonoso, me envuelve por completo, y me pierdo en este instante, entre sus brazos, mientras su otra mano se posa en mi cadera.
En algún momento nos separamos apenas unos centímetros. Yo sigo con los ojos cerrados, tratando de recuperar el aliento después del beso más increíble de mi vida, que sin duda ha durado mucho más de lo que esperaba.
Cuando me atrevo a mirarlo, sus ojos parecen más brillantes que de costumbre.
—Bueno… —carraspea, fingiendo normalidad, aunque su expresión sea de absoluta satisfacción—, creo que deberíamos ir a cenar o llegaremos tarde.
—Sí…, vale… —digo en voz baja. Suelto su camisa; ni siquiera era consciente de que seguía aferrada a ella.
Él sonríe. Se separa un poco más, coge mi bolsa de chocolatinas y entrelaza su mano con la mía para continuar nuestro camino.
Y yo tal vez debería haber dicho algo estúpido, como Sinatra, porque habría sido mucho más seguro para mi pobre corazón, aunque tengo la sensación de que, con Max, siempre podría sentirme… a salvo.
El restaurante no queda lejos. Es elegante, y mi vestido resulta perfecto para el lugar y la ocasión. Max se encarga de que nos ubiquen en un reservado y, tras intentar fingir que no me escandalizan los precios, rompemos el hielo hablando de libros, hasta que la conversación se vuelve más profunda.
—¿Por qué escribes con seudónimo? Dime la verdad —se interesa cuando ya hemos terminado de cenar.
Sabía que volvería a sacar el tema.
Agarro mi copa de agua con gas; he decidido mantener la cabeza despejada esta noche, y él también, porque tiene que conducir. Miro las burbujitas y doy un trago antes de responderle.
—Por miedo al qué dirán —admito—. Ninguno de mis ex aprobó nunca que yo hiciese algo así, y sus amigos, cuando se enteraban, se burlaban o los abochornaban, dependiendo del momento. Incluso a mi madre le doy vergüenza.
—¿A tu madre?
—Sí.
—¿Y qué opina ahora que vas a dedicarte solo a escribir?
—No se lo he contado —confieso, y la voz me tiembla sin querer—. Ni siquiera sabe que me han despedido, ni que estoy aquí.
—¿Una relación complicada?
—Una relación complicada —confirmo, tensando los labios.
Max bebe de su copa y luego me mira con rictus serio.
—En mi opinión, el seudónimo puede protegerte, pero también te esconde. Y tú tienes demasiado potencial como para ocultarte así.
Levanto la vista.
—No todo el mundo puede mostrarse tal y como es.
—¿Y tú crees que yo sí? —dice. Una sombra de tristeza le cruza el rostro.
No respondo, y él parece lidiar con sus pensamientos.
—Puestos a ser sinceros y a confesarnos cosas…
—prosigue— El «listo» siempre ha sido mi hermano.
Se desentendió de los compromisos familiares; montó su propio imperio sin consultar ni pensar en lo que eso significaría para mí, y me condenó a ser el único que tirase del carro.
Porque alguien tenía que hacerlo y porque quizás yo no me atreví a romper también con eso y ser… diferente.
—Eso suena muy solitario para ti.
Nos miramos, conscientes de que nos entendemos el uno al otro de una forma en que no todo el mundo lo haría.
—Lo es —responde—. Pero los sueños muchas veces se quedan en eso, en sueños.
Siento que se guarda algo.
—¿Qué querías hacer en realidad?
Me mira, dudando, lo que confirma mis sospechas.
—Cuando llevas tanto tiempo siendo quienes otras personas consideraban que debías ser, olvidas lo que realmente querías. Aunque los trabajes, los sueños no siempre son posibles.
Se limita a dar esa respuesta antes de volver a beber de su copa, y opto por darle un poco de espacio.
—Creo que el seudónimo también me ayuda a salvar las expectativas. Me haría más sencillo… desaparecer y volver a empezar.
—Te entiendo, de verdad que sí.
Nos sumimos en el silencio, hasta que, por fin, él sonríe.
—No era mi intención entristecer la velada, ni mucho menos. —Sueno a disculpa.
—Yo lo veo más bien como profundizar el uno en el otro. Me gustaría poder conocerte más.
Uf, ojo, Nora… Terreno espinoso. Quiere más…
—Puede ser. —Trato de esconder mis nervios—. Pero… ¿y si volvemos a los libros para animar un poco la conversación?
—Me parece bien.
Extiende una mano sobre la mesa, invitadora, y me atrevo a estrechársela. ¿Qué estoy haciendo?
—Dame envidia: ¿cuántos libros tienes en esa habitación del placer que escondes?
Max suelta una carcajada mientras nuestros dedos continúan rozándose y explorándose.
—Muchos, pero no tantos como imaginas. Es más, me muero por enseñarte mi biblioteca —suelta de pronto—. ¿Y si vamos a verla?
Pongo los ojos en blanco. Vaya forma de intentar llevarme a su cueva.
—Que sepas que yo no hago esas cosas en una primera cita. —Soy consciente de que no le estoy dando una negativa rotunda, pero necesito recordármelo en voz alta.
—Y yo nunca he llevado a ninguna mujer a mi casa, pero a ti me encantaría enseñarte mis libros.
—Mentiroso.
—¿Por qué? Te digo la verdad, y es una propuesta totalmente inocente.
Por supuesto, no se lo cree ni él (al menos, lo de la propuesta inocente), y en su rostro no tarda en aparecer esa sonrisa peligrosa y cautivadora por la que muchos corazones se derretirían. Que siga acariciándome la mano no ayuda a reforzar mi voluntad.
Deseo a este hombre.
—¿Es muy grande? —pregunto, traicionada por mi curiosidad.
—Bueno, no es por alardear, pero sé que su tamaño te impresionará.
No puedo evitar reír, y él conmigo.
—Venga, puedes fiarte de mí, y lo sabes.
Es pronto para terminar nuestra cita esta noche, ¿no te parece?
Te prometo que, si luego no quieres quedarte, te llevaré a casa de mi hermano cuando tú me lo pidas.
Pero si, por el contrario, no te sientes cómoda con la idea, podemos ir a tomar una copa por la zona, pasear, o lo que tú prefieras.
Y algo me dice que, a pesar de mis prejuicios, Max es de esos hombres en los que de verdad se puede confiar.
—Vale. Enséñamela —accedo finalmente, y con esa simple palabra parece que lo he hecho el ser más feliz de la noche.