29
Max
He llegado diez minutos antes de lo previsto, pero no importa. Estoy nervioso, sí, y, cuando las manecillas del reloj se acercan a la hora acordada, salgo del coche y me apoyo en él, sujetando una sencilla rosa roja entre los dedos.
Recuerdo que me dijo que nunca le habían regalado flores; como no quería abrumarla, me he decantado por este detalle más simple. Algo que no pareciera una declaración, ni un exceso. Solo… un gesto que sé que no le pasará desapercibido.
En cuanto la veo atravesar las enormes puertas del edificio, me quedo paralizado. Está preciosa…
Apenas lleva maquillaje, excepto un poco de brillo suave en los labios, las pestañas oscurecidas y ese perfume suyo, el de siempre, con ese toque vintage intenso que se me adhiere a la piel incluso antes de tenerla cerca o poder tocarla.
Cuando se detiene frente a mí, sonríe, emocionada, y ese gesto se me clava en el pecho.
—¿Has venido a buscarme en el Batmóvil? —pregunta, alzando las cejas.
Resoplo, divertido por su comentario.
—Qué exagerada… Hola, por cierto.
—Hola.
Alargo la mano y le ofrezco la flor.
—Esto es para ti.
Nora coge la rosa con delicadeza, se la acerca a la nariz y cierra los ojos al inspirar el delicado aroma que despide.
—Me encanta —susurra, volviendo a mirarme—. Gracias, Max. De verdad.
No digo nada.
Solo la observo.
Porque me dijo que sí. Y ahora está aquí, aunque yo no termine de creérmelo.
—Estás muy guapa —se me escapa.
Por un instante, creo que se sonroja, o tal vez es fruto de mi imaginación. Su mirada baja un segundo antes de volver a centrarse en la mía.
—Tú también estás… —No sigue, como si buscara las palabras correctas.
—¿Estoy qué? —pregunto, divertido.
—Demasiado convincente para ser una cita «inspiracional» —concluye, y su tono desprende un deje de ironía que me agrada.
—No estoy fingiendo, Nora. Sabes que lo de la inspiración solo fue una excusa para invitarte a salir. Quiero que esto sea muy real.
No dice nada, pero tampoco se aleja de mí ni retrocede.
—¿No me vas a invitar a subir a ese cochazo? —pregunta entonces.
La sonrisa se me ensancha. Abro la puerta del copiloto y le tiendo la mano para ayudarla a entrar; ella la acepta sin dudarlo.
El vehículo es bajo, y verla acomodarse dentro, con ese vestido que se acorta una vez que se sienta… Uf, debería calmarme un poco.
Cierro con cuidado, rodeo el coche y me sitúo al volante. Arranco el motor, que parece despertar como una fiera.
—¿Vas a decirme a dónde vamos?
—Es una sorpresa.
—Sabía que dirías eso.
Me incorporo al tráfico; por el rabillo del ojo percibo que Nora contempla la rosa con detenimiento. De pronto frunce el ceño, lo cual me preocupa un poco.
—¿Qué pasa?
—No tiene espinas —comenta, repasando el tallo con un dedo.
Asiento sin apartar la vista de la carretera.
—Lo sé.
—¿Pediste que se las quitaran?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque nunca haría nada que pudiera causarte daño, Nora.
No dice nada más. Continuamos el trayecto en un silencio cómodo, que no dura mucho, ya que ella gira la cabeza hacia mí y me habla en voz baja.
—Max…, ¿qué estás haciendo conmigo?
—Lo mismo que tú conmigo: arriesgarme, aunque dé miedo.