28
Nora
Elise está sobre mi cama, comiendo Pringles de cebolla mientras me observa.
—¿Te divierto? —pregunto.
—Oh, sí. Mucho. —Mi amiga rueda sobre sí misma, deja el tubo de patatas en la mesita de noche y se incorpora para hacer otro repaso de los vestidos que he ido diseminando por la habitación.
Casi todos son suyos, aunque también hay un par míos, que me dio por meter en la maleta, y otro que he comprado esta mañana, de lo que ahora me arrepiento.
—Este es perfecto. —Señala el último, que tanto me carcome la conciencia.
Es un vestido negro sin mangas, sin escote y con una caída sofisticada que termina en una franja de plumas negras brillantes hasta la mitad del muslo.
—Ya, pero creo que debería devolverlo.
Elise observa mi gesto de culpabilidad y va directa a la etiqueta.
—¡Vaya…! —exclama, alzando las cejas.
—Deja de mirar el precio, por favor. No me hace sentir mejor.
—Deberías ponértelo.
—Debería devolverlo y replantearme qué demonios he hecho.
—No seas así contigo misma.
La ignoro y me cuelgo al cuello una percha con un vestido rosa pastel, que sacamos de su vestidor hace horas.
—Este podría valer…
—Nora —insiste—, de todas las citas que has tenido, es la primera vez que te veo así.
—¿Así cómo?
—Hecha un flan.
—Mentira.
—Verdad. —Elise se cruza de brazos y me lanza una mirada significativa—. Has salido con auténticos gañanes y nunca te he visto dudar tanto.
Frunzo el ceño y me centro en el espejo porque no me atrevo a mirarla a ella.
—Tal vez porque con ellos siempre tenía la sartén por el mango.
—¿La sartén por el mango? —repite, incrédula—. ¿Te recuerdo cómo te trataron algunos? Varios te engañaron o te hacían sentir como si nunca fueras suficiente, y el último vivía prácticamente a tu costa… y encima también te fue infiel.
—Lo sé.
Recordarlo me duele. Me hace sentir demasiado parecida a mi madre.
—¡Entonces deja de venderme la historia de que tenías el control! —Elise alza los brazos y yo solo suspiro.
—Supongo que con ellos todo era… fácil. Sabía perfectamente hasta dónde iba a llegar la cosa y no me importaba demasiado porque nunca era nada serio. Creo que, en el fondo, estaba con ellos porque necesitaba no sentirme tan terriblemente sola, por muy patético que suene.
—No es patético —repone ella con delicadeza—. Solo querías sentirte querida.
Trago saliva.
—El caso es que con Max es… distinto.
Elise arquea una ceja.
—¿Distinto en qué sentido?
—Con él siento que hay algo auténtico. Y eso me da más miedo que cualquier gañán.
Se hace un breve silencio en el que mi amiga parece rumiar mis palabras, y luego asiente. Entonces me extiende el vestido negro.
—Max te gusta mucho, y te mereces llevar el vestido perfecto.
Después se encamina al cuarto de baño, desde donde la escucho rebuscar en los cajones mientras yo sigo admirando la tela, las plumas…
—No puedo —suspiro—. Ahora dependo en exclusiva de mis libros, y mi madre tarde o temprano volverá a necesitar dinero. No nos olvidemos de eso…
—Ya, bueno, pero también tienes todo el tiempo del mundo para escribir, y vas a petarlo en Amazon, lo sabemos —dice desde el baño—. Y mereces, por una vez en tu vida, sentirte la reina del baile.
Regresa con unas tijeras en la mano.
—¿Qué pretendes?
—Esto. —Coge la etiqueta y corta el cordel rojo que la sujetaba—. Ahora ya no hay vuelta atrás. ¡Disfrútalo!
Se me abre la boca.
—¡Elise!
—Además, tengo los zapatos perfectos.
—Pensaba llevar mis sandalias plateadas… —Casi balbuceo. Esto va en serio. ¡Va muy en serio!
—Ahora verás. Tú, mientras tanto, vístete.
Elise sale del dormitorio y yo corro a quitarme el albornoz blanco. Me pongo el vestido con manos temblorosas, como si estuviera cometiendo un crimen por atreverme a llevarlo. Ella no tarda ni dos minutos en regresar con unos Louboutin negros clásicos, con su característica suela roja.
—Ya veo que no soy la única que ha tirado recientemente la casa por la ventana.
Elise hace un gesto para restarle importancia, como si fuera el calzado más normal del mundo.
—Y espera, que hay más —añade, enseñándome un lacito negro para el pelo.
—Me encanta.
—Venga, date prisa si no quieres hacer esperar a tu cita.
Termino de vestirme y después me aplico un pelín de corrector, máscara de pestañas y un discreto gloss rosado mientras Elise me peina.
Cuando acaba, me coloca el lacito con mimo y contempla el resultado.
—Estás preciosa.
Por último, me entrega un bolsito de mano con lentejuelas plateadas, el que me traje de Londres por si algún día salía con ella por la noche, y me observo en el espejo. Me quedo boquiabierta al verme.
—Muchísimas gracias por todo esto.
—No tienes por qué darlas. Solo espero que lo pases muy bien esta noche.
—No creo que vuelva tarde —añado rápidamente.
Elise me mira con una ceja alzada.
—Ya…, sí, claro…
—Me conoces y conoces mis principios —me defiendo.
—Sí, lo sé. —Ladea una sonrisa—. Pero también conozco a Max.
Me quedo callada mientras las mariposas vuelven a revolucionarse en mi estómago y finjo volver a contemplarme en el espejo.
Estoy deseando verlo.