La chispa que nos une (Lo que nos une 2) 25
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Max

He apilado un par de almohadas en el cabecero para tener la espalda bien apoyada mientras leo sentado en la cama.

No debería estar despierto a estas horas, teniendo en cuenta la agenda infernal que me espera mañana, pero mi cabeza no va a desconectar así como así aunque apague la luz y finja dormir.

Empecé La irlandesa con cierto escepticismo, repitiéndome que debía ser imparcial.

Además, este no es mi género. Para nada.

Nunca he leído algo así, pero si elegí esta novela, y no otra, fue por los tintes de novela histórica.

Me invadía la curiosidad por averiguar si Nora había hecho los deberes, si se había documentado lo suficiente, y, aunque eso no es lo principal de la trama, se nota el cuidado que ha puesto también en ese aspecto.

Lo que no esperaba era que me atrapase de esta manera… ni que Nora escribiera tan bien. Su prosa es ágil, bonita, con escenas que fluyen sin esfuerzo y frases que dan ganas de subrayar. Me gusta eso.

Lo que no ayuda en absoluto es que mi cerebro se empeñe en leerlo con su voz.

Maldita sea…

Llevo media hora diciéndome: «Solo un capítulo más». Pero, cuando termino uno, me descubro empezando el siguiente, y luego otro, engañándome con el mismo pensamiento absurdo: «Este es corto; por uno más, no pasa nada».

Sin embargo, sí pasa. Porque el reloj no deja de avanzar.

Pero entonces llego al punto álgido, por así decirlo. La escena se vuelve… íntima, más pausada, más envolvente. Como si el libro te obligara a prestar atención a cada mirada, cada gesto, cada roce…

Es explícita. Bastante explícita, aunque sin caer en lo vulgar. La forma en la que Nora narra es sentida, real… y consigue tensarte el cuerpo como si estuvieras dentro de la historia, aguantando la respiración.

«Se abría para él como una flor que ansiaba recibirlo…».

«No la tocaba con delicadeza, sino exactamente como ella lo necesitaba…».

Trago saliva sin apartar los ojos de las páginas, en el silencio de mi dormitorio.

Cuando los personajes finalmente sucumben al éxtasis, cierro el libro despacio, pensando en todo lo que he leído hasta ahora, y, con el pulso más acelerado de lo normal, observo un instante la portada. Lo dejo sobre la mesita de noche, con cuidado, y me tumbo para intentar dormir, pero…

Estoy jodido.

Porque no es el libro lo que me mantiene despierto ahora.

Es… ella.