La chispa que nos une (Lo que nos une 2) 26
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Nora

La casa se ha quedado en silencio otra vez y el gato de mi amiga me ignora.

Elise y Markus se han ido a trabajar hace apenas cinco minutos y, de pronto, el piso parece demasiado grande para mí.

El eco de mis pasos me acompaña de regreso a la cocina, donde vuelvo a tomar asiento en el taburete alto de la isla, frente al portátil y un bol de yogur con nueces a medio terminar.

Miro la pantalla: la hoja de Word abierta, vacía.

No he sido capaz de escribir ni una frase desde hace dos días.

Ni una.

Y no hace falta ser un genio para saber por qué.

Max.

Desde que se llevó el dichoso libro, tengo la sensación de haber cometido una tontería enorme.

Debí decirle que no. Tuve la oportunidad de quitárselo de las manos si hubiera sido necesario, aunque sé que no habría hecho falta porque Max no es así.

Él es comprensivo, respetuoso, directo y, por algún motivo, protector.

Lo peor es que, en el fondo de mi ser, quiero que sepa quién soy en realidad. Quiero que me descubra un poco más. Sin embargo, el miedo que me genera la posibilidad de que me rechace me hace actuar como una cobarde que no deja de rumiar escenarios. Salgo mal parada en todos.

Así que… cierro el documento con rabia contenida y minimizo la ventana.

Abro Chrome.

Respiro hondo.

Y tecleo la dirección del buscador de vuelos.

Se acabó.

Es hora de regresar a Londres.

Entonces suena el timbre y pego un brinco en el taburete.

Mi primer pensamiento es que se trata de él, pero enseguida recuerdo que Elise me avisó de que Fiona, la mujer que viene a limpiar el piso, le había escrito para avisarla de que olvidó coger las llaves y necesitaba que alguien le abriera.

Dejo el portátil tal cual y me levanto para abrir.

En la puerta, una mujer de unos cincuenta años me sonríe con amabilidad.

—Hola, buenos días. Ay…, gracias por estar. De verdad, lo siento mucho, pero me he dejado las llaves —dice en alemán, sonrojándose—. No quería molestarla, perdone…

—No pasa nada, por favor, no se disculpe tanto —respondo, y me aparto para permitirle entrar.

Al ver mis cosas, se pone aún más nerviosa.

—Oh, por favor, siga desayunando. Yo empezaré con la colada y luego haré el resto. Si me dice dónde va a estar, prometo no molestarla.

—En serio, no es molestia alguna.

Desaparece, imagino que rumbo al cuarto de la colada. Me siento rara e incómoda. No estoy acostumbrada a que otra persona venga a hacer las tareas domésticas, y por eso he huido a la cafetería por las mañanas.

Yo siempre me he encargado de todo. He sido la que limpia. La que organiza. La que sobrevive. La que envía dinero a su madre y ni siquiera le dan las gracias.

Por todo ello, siento que ya debo regresar a mi casa.

Vuelve a sonar el timbre; la señora se dirige casi corriendo hacia la puerta. Debe de formar parte de su «protocolo» cuando Elise no está. Yo permanezco clavada frente al portátil, con el yogur delante y el vuelo a Londres en la pantalla.

Me meto una cucharada bien colmada en la boca, tratando de aplacar mi repentina ansiedad. No sé qué hacer, cómo, cuándo.

Y entonces…

—Hola.

La voz suena a mi espalda y una corriente eléctrica me recorre entera. Me giro lentamente, con los mofletes llenos como una ardilla, y ahí está: Max.

Plantado en la entrada de la cocina.

Con mi libro entre las manos.

Y un gesto que delata que ha dormido poco o nada.

Trago como puedo sin atragantarme (en el proceso me tapo la boca para intentar mejorar mi aspecto) y, por fin, consigo saludar.

—Hola. —Carraspeo—. Elise y Markus no están.

—Lo sé. Venía a verte a ti.

Mi corazón vuelve a saltarse un latido, como siempre que él emite algún comentario que me descontrola.

Max tamborilea con los dedos sobre el libro, como si también debatiera consigo mismo. Es la primera vez que lo veo… nervioso.

—¿Lo has leído? —me atrevo a preguntar.

—Sí.

Aprieto los labios, incapaz de sofocar el miedo.

—¿Y bien?

Parece buscar las palabras adecuadas antes de contestar.

—Ha sido una lectura… diferente. Quiero decir, para mí. Ya sabes que no suelo leer este tipo de historias, pero me ha gustado. Mucho.

Me mira serio, sin apartar esos ojos que me vuelven loca, tanto en la realidad como en mis fantasías más secretas, esas que jamás confesaría a nadie.

—Escribes muy bien, Nora. De verdad. Tu pluma es ligera, y se nota que lo has creado con cariño.

Una parte de mí se derrite por dentro al escucharlo, pero directamente dejo de respirar con lo que añade a continuación:

—Y las escenas… íntimas… —prosigue, con cautela— no son vulgares. Son elegantes, tal y como mencionaste. Incluso diría que casi poéticas. Eso no es fácil. Te felicito.

Parpadeo rápido para que no perciba que se me humedecen los ojos. Su opinión, aunque no quiera, me pesa. Mucho. Y la valoro.

Max deja el libro sobre la isla, a mi lado, y aguarda a que yo también diga algo.

—Gracias —consigo articular—. Significa mucho para mí.

Levanto la vista hacia él, pero su sonrisa se ha desvanecido. Ahora observa el portátil. O, más concretamente, la interfaz del buscador de vuelos.

—¿Regresas a Londres?

—Lo estaba pensando, sí.

—Creí que estabas inspirada aquí. Que te quedarías un poco más…

Me encojo de hombros, nerviosa.

—Llevo un par de días bastante bloqueada.

—¿No puedes escribir?

—No.

—¿Por qué?

No contesto. Solo me encojo de hombros… otra vez.

Max da un paso.

—Nora…

Hago un ademán para que se detenga.

—Esto… Yo… creo que no es buena idea que pase más tiempo aquí porque…

Ni siquiera sé cómo expresarlo.

Max se limita a sostener mi mirada, como si pudiera leerme el pensamiento, y luego cambia de tema.

—¿En qué historia estás trabajando?

—No pienso hablarte de eso —respondo, desconcertada por el giro que ha dado la conversación.

—¿Por qué?

Resoplo y, aunque sospecho que me arrepentiré después, se lo cuento.

—Es el típico romance de oficina en el que la secretaria se lía con el dueño de la empresa, que además está forrado.

Max parpadea, y esa seriedad suya se quiebra en una sonrisa divertida.

—Ajá… —Se frota la mandíbula—. Tal vez podría ayudarte con eso.

—¿A qué te refieres?

—Soy el presidente de una gran empresa —alega, con toda la tranquilidad del mundo y obviando el detalle de que también él está forradísimo—. ¿Podría eso servirte de inspiración?

Se me escapa una carcajada.

—¿Servirme de inspiración?

—Tal vez podría convertirme en tu muso, si quieres llamarlo así. Podríamos salir a cenar, y te prometo ser yo mismo y responder a todas las preguntas que tengas.

Alzo las cejas, incrédula.

—¿Me estás pidiendo que tenga una cita «inspiracional» contigo?

—Sí. Algo así.

¿Este hombre va en serio o es una broma?

—¿Y tú qué ganas con eso? —indago.

Él apoya una mano en la isla y se inclina hacia mí, hasta quedar demasiado cerca de mi rostro.

—Conocer más del proceso creativo y a una escritora que me resulta muy interesante. —Su mirada se intensifica—. También espero aparecer en la dedicatoria.

No puedo evitar reír otra vez, pero esta a causa de los nervios. Y puede que de algo más…

—Estás fatal, Max —murmuro, sin apartarme. Al contrario: me acerco apenas, casi desafiándolo.

—Ya… —Sus ojos bajan a mis labios, y yo me centro en los suyos, a tan pocos centímetros—. ¿Tal vez el viernes por la noche?

Mi corazón ya está desbocado.

—Vale —acepto.

Espera… ¿Acabo de decirle que sí?

Max se endereza y mete las manos en los bolsillos, sin dejar de observarme.

—Te recogeré a las seis.

—Necesito conocer tus planes para saber qué ponerme.

—Iremos a cenar a un buen restaurante.

—¿No es muy pronto entonces a las seis?

—Tienes que darme un poco de margen para las sorpresas, ¿no crees? —Ensancha su sonrisa y yo trago saliva, incapaz de decir nada—. ¿Debo pasar a buscarte en limusina o tu novela no es un cuento de princesas?

—El protagonista pasaría a recoger a la chica en su propio coche, porque eso proporciona más intimidad —respondo, como si esta fuera la conversación más normal del mundo.

—Muchas limusinas cuentan con un separador, si lo que buscas es privacidad.

—Privacidad e intimidad no siempre son lo mismo.

Max profiere una carcajada y asiente.

—De acuerdo: viernes a las seis. —Mira el reloj de su muñeca. No me pasa desapercibido que este es distinto—. Debo irme, pero que sepas que estoy deseando volver a verte, Nora.

—Nos vemos entonces.

Es lo mejor que se me ocurre antes de que salga de la cocina.

¿Qué acaba de suceder?

Me llevo una mano al pecho, intentando volver a respirar con normalidad y mantener los pies en la tierra.

¡Voy a tener una cita con Max Schröder!