24
Nora
El regreso a Berlín transcurre en silencio, pero yo no puedo borrar la sonrisa de mi cara.
Max se ha ido en su coche, un poco antes que nosotros; yo voy en el de Markus, que, para variar, ha puesto música, pero muy bajita. Se le nota que vuelve de buen humor después del fin de semana.
Elise, en el asiento del copiloto, hace punto, abstraída. Siempre me ha dado envidia cómo consigue sumergirse en la labor. A mí, eso de tejer con dos agujas me estresa.
Durante el trayecto, ninguno dice ni mu, y, de alguna forma, me viene bien. Últimamente mi cabeza no deja de hilar pensamientos, y en la carretera siento que por fin desconecto… aunque solo sea un poquito.
Cuando llegamos al piso, Markus y Elise retoman sus rutinas con naturalidad, incluyéndome en ellas de un modo fácil, normal…
Y, al mismo tiempo, me conceden espacio, algo que agradezco muchísimo, si bien sigo resistiéndome a «molestarlos» con mi presencia, por mucho que ellos insistan en que me quede.
Por la noche, cuando me retiro a la cama, o más bien a escribir en un cuaderno nuevo con el logotipo de la empresa en la que trabaja Elise, que es la misma que preside Max, Schröder Automobilwerke, mi amiga aparece con su portátil personal bajo el brazo.
—Toma, he pensado que tal vez puedes acceder a tus ficheros a través de la nube. —Lo deja sobre la cama, junto con un pósit donde ha anotado la contraseña.
La miro con expresión de estar incordiando de nuevo, pero ella insiste.
—Por favor, acéptalo. Yo me paso la vida con el del trabajo para todo, este prácticamente no lo he utilizado desde que me mudé. Es del pleistoceno, pero para usar un procesador de textos funciona sin problema.
No puedo evitar reírme.
—Bueno…, supongo que lo importante es que tenga acceso a internet.
Entonces la que se ríe es ella.
Efectivamente, puedo acceder a mis archivos de Word desde OneDrive. Me paso un buen rato revisando notas, pasando textos a limpio, unificando escenas y sintiendo que mi cabeza empieza a encajar unas piezas e imaginar otras de una forma sencilla.
Y eso, para mí, supone casi paz.
Ya de lunes, opto por ir a la cafetería por la mañana y cambiar al salón del piso de mis amigos por la tarde. Principalmente, porque escribir escenas subidas de tono en un espacio público no va conmigo. Necesito silencio y, a veces, una copa de vino. O dos.
Regresar a Berlín después de cuatro días de sanación en el bosque, para después perderme en el bullicio de una ciudad nueva y emocionante, me hace sentir un soplo de aire fresco. Además, la idea de dedicarme a mi pasión me está sentando mejor de lo que esperaba.
Estoy emocionada. Estoy ilusionada. ¡Estoy más viva que nunca!
El timbre me saca de mi ensimismamiento. Al abrir la puerta, me encuentro a Max vestido con ropa deportiva y cargando con una bolsa, listo para ir al gimnasio.
Al verlo así, mi corazón ignora totalmente a mi razón y late como le da la gana, mientras una sonrisa estúpida se dibuja en mi cara.
—Markus no está —le advierto conforme se pone unas pantuflas, como si estuviera en su propia casa.
—Lo sé. Ha salido tarde de una reunión, y pienso restregárselo en cuanto aparezca.
—El dios de la puntualidad no te lo perdonará —comento.
Max se ríe. Parece de buen humor.
—Podremos resolverlo más tarde en el tatami. Pienso darle una paliza.
Pongo los ojos en blanco y vuelvo al salón, donde he dejado el portátil abierto sobre el sofá. Él no tarda en venir detrás.
—¡Vaya! —Alza las cejas al fijarse en el ordenador—. ¿Y esa pieza de museo?
—Me lo ha prestado Elise. A mí me vale.
—Si con eso ha conseguido retenerte unos días más, a mí también.
No respondo. Finjo indiferencia y trato de concentrarme de nuevo en el documento de Word. Mientras, Max se entretiene leyendo los títulos de los libros que hay en la estantería del salón.
Como ya es usual, mis esfuerzos por concentrarme no duran ni tres segundos, con él compartiendo mi mismo espacio.
—¿Qué tal el día? —le pregunto, cerrando el portátil.
—Productivo —responde. No aparta la vista de los lomos.
—Me alegro.
De nuevo se hace el silencio. Entonces reparo en que la mayoría de las novelas que está revisando están en inglés, así que no son de Markus. Además, a este no lo he visto tocar un libro desde que llegué.
Eso activa una alerta repentina en mi cabeza.
—¿Qué haces? —pregunto.
—Husmeo entre los que deben de ser los libros de tu amiga. ¿Jane Austen? —Señala el lomo que tiene delante—. Esto no es de Markus ni en broma. Y esta estantería no ha tenido tanto contenido en la vida, te lo aseguro.
—Bueno, entonces tampoco habrá nada interesante para ti. —Me pongo de pie, nerviosa—. ¿Quieres tomar algo?
—No, gracias. No creo que mi hermano se retrase mucho más.
Mi estómago se encoge cuando llega a una serie de títulos que conozco demasiado bien.
Obviamente, Elise tiene todos mis libros. Siempre me ha apoyado.
No. No, no, no…
Por favor, no mires ahí.
Max no realiza ningún comentario, pero su expresión cambia sin querer. Sus cejas se fruncen cuando ve dos portadas repetidas: una en inglés y otra, en alemán.
Y sé que, en su mente, ya ha unido los puntos, aunque no diga nada, mientras yo estoy a punto de morir de vergüenza en el salón de mi amiga.
—¿Ese libro es tuyo? —Me mira con curiosidad. Muestra uno donde se aprecia el torso de un guerrero escocés vestido con un kilt .
—Es de Elise. —Trago saliva.
—Pero… —vuelve a estudiar la portada— debe de ser muy fan para tenerlo en dos idiomas. Y otros tantos de la misma autora…
Saca uno en el que se ve a un hombre trajeado, guapísimo, sujetando por la cintura a una chica vestida con una falda de tubo, camisa blanca y el pelo suelto.
—« El CEO de mi corazón » —lee.
No se burla. No pone ninguna cara rara. Simplemente me mira, ladeando la cabeza, a la espera de que yo diga algo.
Me ha pillado. Debería reconocerlo y ya.
—Sí…, las he escrito yo —admito.
—Tienes un montón.
—Bueno…, tampoco tantas. Las que he podido ir escribiendo en mis ratos libres, sobre todo de noche.
Max me observa y luego continúa repasando los ejemplares que tiene ante sí.
—« La irlandesa ». —Coge otro, con una portada más sobria, de época—. Así que publicas como Scarlett S. Temptation.
Yo no respondo y él no se ríe. Tampoco me mira como si fuera ridícula; al contrario, parece realmente impresionado… e interesado.
Lo más increíble de todo es que aparta el último que ha cogido y devuelve los demás a su sitio, manteniendo el orden en el que estaban, como si fueran ejemplares delicados e importantes.
—Creo que tomaré prestado este —dice, refiriéndose a La irlandesa .
Me pone todavía más nerviosa constatar que parece dispuesto a llevárselo. Y lo peor de todo, ¡leerlo!
—Ahora tienes material de sobra para burlarte de mí durante semanas —digo, a la defensiva, poniéndome la tirita antes de que me hagan la herida.
—Dudo enormemente de que eso ocurra —me responde, serio.
—No te preocupes. Ya estoy acostumbrada a que los tíos piensen que soy una guarra aburrida con un portátil… Lo cree hasta mi madre, así que…
No termino la frase.
El silencio se vuelve tenso entre los dos, pero Max no parece dispuesto a dejarlo correr. Da un paso hacia mí, despacio. Y luego, otro. Y otro… Hasta quedar demasiado cerca.
—Cuánto daño han debido de hacerte esas personas para que tengas tanto miedo de lo que te apasiona.
No respondo, porque, como siempre, ha dado en el clavo.
Max dirige la vista hacia el libro que todavía tiene entre las manos.
—Haremos una cosa. —Clava esa mirada plateada sobre mí—. Si de verdad no quieres que lo lea, dímelo ahora y lo dejaré en su sitio. Pero que sepas que me gustaría hacerlo.
Abro la boca para replicar, pero la cierro. Reflexiono sobre sus palabras.
—¿Por qué? —le pregunto al fin.
Max sonríe, como si fuera evidente.
—Creo que es una forma de… saber más de ti. Si me lo permites. Me encantaría conocer cómo escribes, saber cómo es esta Nora que se hace llamar Scarlett.
Mi corazón se salta un latido. O tal vez dos. Por un instante se me olvida hasta respirar. No soy capaz de decirle nada, a pesar de que parece esperar una respuesta.
La puerta del piso se abre y, a continuación, Markus saluda y llama a su hermano.
—Interpretaré ese silencio como un permiso concedido —me dice Max, antes de darse la vuelta y caminar hacia la entrada, con el libro en su poder.
Pienso en que voy a dejarle ver una de las capas más profundas de mí.
Porque escribir es mi sanación, pero también ha sido mi dolor, y el miedo constante a ser juzgada por la gente más cercana.
Porque las críticas negativas son las que más pesan. Por muchas felicitaciones que obtengamos.
Sí, tengo un montón de lectoras fieles que adoran mi trabajo, pero basta una única voz cruel para que mi cabeza la convierta en protagonista.