La chispa que nos une (Lo que nos une 2) 22
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Max

No soy de esos que dan vueltas y más vueltas en la cama pensando en una mujer. Para nada. Pero con Nora nada sigue el patrón habitual en mi vida, así que, por supuesto, he estado repasando todos los gestos, algunos comentarios concretos y ciertas confesiones que hemos compartido durante el sábado.

Tal vez por la intensidad de lo vivido durante el día y lo que siento que he avanzado con ella, una parte de mí se arrepiente de no haber estado desde el miércoles con ellos, pero la otra me recuerda que las obligaciones son lo primero y que no puedo comportarme como un adolescente sin preocupaciones.

Pero… es el efecto que me produce esta mujer. Nora consigue que me sienta, de alguna manera, liberado, más vivo.

Ojeo el reloj de muñeca que dejé sobre la mesita de noche. Es temprano, pero estoy acostumbrado a madrugar y a dormir poco, en general. A veces fantaseo con pasar la mañana entera en la cama, descansando a pierna suelta.

Como sé que no podré volver a dormir, sino solo seguir con mis cavilaciones inútiles, decido levantarme, darme una ducha y bajar a continuar con mi lectura hasta que los demás se despierten.

Esta mañana soy mucho más cuidadoso y, antes de entrar al baño compartido, toco la puerta. No hay respuesta, así que entro. No se escucha nada al otro lado; Nora debe de estar todavía durmiendo.

Cuando termino, toda la casa está en silencio.

Presiento que soy el primero en haberme despertado, así que bajo los escalones, libro en mano, con cuidado de no hacer ningún ruido.

No obstante, me detengo a mitad de camino cuando diviso el rollo de papel de cocina prácticamente desenrollado al pie de la escalera.

¿Qué diantres…?

Decido seguir el rastro, que me lleva hasta la cocina, donde encuentro a Nora con la cabeza entre los brazos, apoyados en la isla de mármol. Su respiración me confirma que está dormida. Pero en esa posición… ¡a esta chica le va a doler hasta el alma cuando despierte!

Observo con más detenimiento el entorno: el rollo venía de ella.

Debió de caérsele al sucumbir al cansancio, porque hay hojas y hojas de celulosa manuscritas a su lado.

Todavía conserva el bolígrafo en la mano, y su cuaderno está cerca, abierto por la última hoja, aunque ha garabateado incluso en la tapa dura.

La cuestión es: ¿debo despertarla?

Como no quiero asustarla, decido hacer café. ¿A quién no le gusta despertarse con ese aroma que te devuelve la vida? Nora ha debido de pasar una noche dura, por lo que se me antoja la mejor solución. Con un sigilo casi felino, preparo la cafetera y dejo que esta haga el resto.

La bebida no tarda en empezar a caer gotita a gotita en la jarra de cristal.

Después, cuando ya lo hace de forma más constante, Nora emite una especie de gemido (más placentero que tortuoso).

No puedo dejar de mirarla, apoyado en el extremo opuesto de la isla, fingiendo leer, hasta que sus ojos se conectan con los míos y rápidamente se incorpora, alarmada.

—¡Oh…, no puede ser! —exclama. Se lleva las manos a la cara antes de hacer un repaso del entorno.

—Buenos días. —Sonrío—. ¿Una noche dura?

Parpadea y toca el montón de servilletas que hay a su lado. Todavía no es consciente de que ha debido de babear la que tenía debajo de la cara y ahora tiene tinta azul en la mejilla.

—Ya te digo…

Se me escapa una risa. La situación me parece divertida y encantadora, como lo es ella siempre.

Unos pasos se aproximan desde arriba y escucho la voz de mi hermano.

—¿Pero qué ha pasado aq…?

Markus aparece en la estancia enrollando el papel de cocina, que lo lleva hasta Nora. Al ver dónde ha estado escribiendo, resopla.

—¿Es que no sabes lo que es un cuaderno?

Nora se pasa las manos por el pelo revuelto, algo desubicada todavía.

—Sí, pero los cuadernos se acaban. Y esto era una emergencia creativa, aunque no espero que tú lo entiendas.

—¿Emergencia creativa? Empiezo a pensar que tus musas son muy raritas.

—Las buenas ideas a veces no se repiten con la intensidad necesaria, por lo que es necesario apuntarlas.

—Se llama inspiración, Markus —intervengo—. Y debo reconocer que es el uso más productivo que he visto dar en mi vida a un rollo de cocina.

Nora me sonríe, agradecida por mi aportación, y yo le devuelvo el gesto mientras cojo la jarra de café, que ya está llena, y comienzo a servirlo en tres tazas.

—Sois muy raritos, los dos.

—Dice el hombre que ayer se pasó media tarde construyendo torres de piedras.

—Eso se llama meditación, Nora.

—Lo mío también, aunque no sepas apreciarlo.

—Markus no sabe apreciar la mayoría de las cosas que no van ligadas a un Excel o similar —añado.

Nora reprime la risa. Yo rebajo el café con un chorrito de leche y les tiendo una taza a cada uno antes de que Markus pierda la paciencia del todo. Me encanta tener una aliada con la que pinchar a mi hermano.

—¿Sabéis que cuando os ponéis de acuerdo sois insoportables los dos? —protesta—. Será mejor que vaya a despertar a Elise antes de que empieces a escribir en las paredes.

Cuando nos quedamos solos, no podemos evitar mirarnos y estallar en carcajadas.

Joder, me encanta esta chica.