21
Nora
Hemos estado jugando a Exploding Kittens durante dos horas en el salón y, aunque me he divertido, creo que ya es suficiente para mí. Entre risas y piques, decido despedirme y subir a mi dormitorio para escribir un poco, pero la maravillosa terraza me tienta demasiado como para quedarme dentro.
Salgo y contemplo la quietud de la noche, envuelta en una brisa fresca que no llega a ser molesta; al contrario, me resulta agradable y reconfortante.
Escucho un ruido procedente de la habitación contigua y, acto seguido, Max sale por la otra puerta que da acceso a la terraza.
—¿Trabajando? —pregunta.
—Sumida en mis pensamientos —respondo.
Él sonríe y me tiende una chocolatina de avellanas de Ritter Sport, mis favoritas.
—¿Cómo sabías que…? —No termino la frase. Quizás haya sido casualidad, ¿no?
Max encoge los hombros, como si no tuviera importancia.
—En la oficina de Londres siempre tenías alguna por el mostrador, y esta mañana vi un local en el pueblo donde las vendían, así que compré para todos.
Trago saliva. Pienso en la piedra que me dio antes, y ahora… esto.
Max se gira para volver a su habitación, pero por fin reacciono.
—¡Espera!
Se detiene.
—¿Puedo hacerte una pregunta un poco… personal?
Él ladea la cabeza, sopesándolo.
—Si te contesto, ¿me dirás tu seudónimo?
—No.
Él suelta una risa, pero no se lo toma a mal.
—Bueno, lo he intentado. —Se sienta en la silla contigua—. ¿Qué quieres saber?
El corazón me da un vuelco estúpido. Ahora que lo tengo delante, tan tranquilo…, me arrepiento de inmediato.
—Déjalo. No sé en qué estaba pensando.
Ojalá pudiera borrar lo que acabo de decir; sin embargo, Max no me deja escurrir el bulto.
—Nora, sé directa. Venga. Pregunta. Por favor. —Hace una pausa—. Aunque me reservo el derecho a no contestarte, por supuesto.
Respiro hondo. ¡De perdidos, al río! Allá voy…
—¿Por qué estás soltero?
El silencio se hace entre nosotros, tensándose con cada segundo que pasa sin que Max diga absolutamente nada. Me mira con sorpresa y con una intensidad que me hace temblar.
¿Qué he hecho? No me creo mi atrevimiento.
—Intuyo que por lo mismo que tú —contesta al fin, con cautela, sin apartar de mí esos impresionantes ojos plateados.
Trago saliva, pero esta vez no desvío la mirada.
—¿Acaso también te pusieron los cuernos? —pregunto con ironía.
Max no se ríe; al contrario, se mantiene muy serio.
—Sí —afirma—. En mi casa. En mi cama.
Me quedo helada. Él continúa.
—Y luego fue a la prensa. Era mi novia de la universidad, con la que estuve varios años.
Cuando cortamos, ventiló mis trapos sucios e inventó toda clase de patrañas, algunas bastante humillantes, por cierto…
Supongo que fue un ridículo intento por ganar unos cuantos euros después de comprender que ya no me los iba a poder sacar a mí.
Por un instante, no sé qué decir. Ni cómo respirar. Ni cómo mirarlo a la cara… Definitivamente, he hurgado en una herida que no debía.
—Ya —murmuro, por decir algo. La realidad es que no sé dónde meterme—. ¿La denunciaste por… calumnias o algo así?
—No.
La respuesta es tan seca que deduzco que ahí termina todo. Sin embargo, Max suspira y sigue:
—Lo pensé. Mi familia y mis amigos querían que lo hiciera.
Y mis abogados, también. Pero… —se pasa una mano por el pelo— alargar la situación solo avivaría el escándalo, mientras que, si no le daba importancia, la gente se cansaría, pasaría al cotilleo siguiente y…
ya está. No podía soportar la idea de que aquello se prolongara.
Noto un pinchazo en el pecho. ¿Cómo pudieron hacerle eso?
—Caray… —me sale, en voz baja—. Debió de ser bastante gore. Ni que hubiera dicho en las revistas que tienes un cuarto del placer, para pintarte así.
Su mandíbula se tensa un segundo.
—Lo dijo.
—¿Perdona?
Parpadeo, incrédula. ¿Puedo dejar de fastidiarla?
—Vale —resoplo, al ver que él no continúa—. En ese caso debo decir que esa mujer carecía de imaginación, si lo único que pudo inventar fue una copia barata de un best seller americano.
Y no sé si es por mi tono, por la situación o qué… pero Max suelta una carcajada, y me relajo un poco tras mi gran metedura de pata.
—Te prometo que soy un hombre bastante tradicional —dice, aún sonriendo—. Y que la única «habitación del placer» que encontrarás en mi casa es mi biblioteca.
—Eso también es muy peligroso, ¿eh?
—¿Por qué? —Parece divertido.
—Porque algo me dice que te gastas una fortuna en libros, y tu lista de lecturas pendientes debe de ser interminable. Yo veo los míos amontonarse y pienso: tantos libros para tan poca vida.
—Por eso hay que elegir bien, ¿no crees?
Cojo la chocolatina que ha dejado entre los dos, sobre la mesa, la abro y parto un trozo.
—¿Elegir bien el qué?
—Las lecturas —aclara—. Y las personas con las que pasamos nuestro tiempo.
Nos miramos de nuevo a los ojos y le ofrezco el chocolate, el cual acepta con una sonrisa. Se lo lleva a la boca y yo lo imito.
Max me está ganando poco a poco, y empiezo a sospechar que no voy a poder seguir huyendo de él mucho más. Porque, en el fondo, lo que quiero es quedarme.