La chispa que nos une (Lo que nos une 2) 20
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Max

Es increíble cómo esta mujer siempre consigue sorprenderme y, cuanto más sé de ella, más quiero seguir conociéndola.

Comemos los cuatro entre risas, pero Nora y yo seguimos orbitando el uno alrededor del otro, cruzando miradas furtivas que intentamos disimular y que, con suerte, pasan desapercibidas para Elise y Markus. O eso creo.

Cuando la pillo observándome, ella siempre aparta la vista enseguida, como si le diera miedo mantenerla en mí un segundo más. Y yo me pregunto qué tendría que hacer para que Nora deje de huir así.

Sea lo que sea, pienso averiguarlo.

Después de ponernos las botas con las salchichas, porque Markus insistió en comprar más de las necesarias y, al final, nos las hemos acabado igualmente, hacemos un poco de sobremesa charlando de tonterías.

Nora, sin embargo, está más callada de lo habitual. Sonríe cuando toca, pero sé que tiene demasiadas cosas en la cabeza.

—¿Y si vamos a dar un paseo por la orilla del lago? —propone Markus.

—¡Ay, sí! Me parece una idea estupenda —secunda Elise—. Así bajamos la comida y nos da el aire. Hay que aprovechar este tiempo tan bueno.

—Por mí, perfecto, pero recogemos antes, ¿no? —Señalo los platos vacíos.

Markus abre la boca para protestar, pero finalmente claudica. Trata de llevar la iniciativa, aunque solo coge dos cascos vacíos de cerveza.

—Venga, vamos… —nos apremia mientras se aleja.

—Ten cuidado, no te vayas a herniar, hermano.

—¡Aunque no lo creas, me estoy esforzando!

Nora suelta una risita por lo bajo, y eso me hace girar la cabeza hacia ella. Nuestros ojos se encuentran y, por un segundo, ambos nos sonreímos.

Elise, por su parte, separa las servilletas usadas para tirarlas y recoge los restos de pan.

Una vez dentro, nos repartimos las tareas.

Elise guarda los utensilios que sacamos Markus y yo antes, ordena la cocina y limpia la isla.

Nora se pone a fregar la vajilla y yo me quedo a su lado, secando.

Por supuesto, mi hermano decide aportar su granito de arena de la forma más inútil posible: apoyándose en el marco de la puerta, con los brazos cruzados y mirándonos como si fuera un jefe de obra.

—¿Qué haces ahí como un pasmarote? —le pregunto mientras seco un tenedor.

—Estoy supervisándoos.

—Ya te vale… —me quejo.

—Eh, que yo estuve antes cociéndome en la barbacoa para daros de comer a todos.

Las chicas se miran y Nora pone los ojos en blanco. Yo decido no añadir nada más. Markus siempre termina saliéndose con la suya, así que no merece la pena insistir.

Cuando terminamos, Nora sube un momento a por su móvil, seguida de Elise. Aunque es evidente que no han ido solo a por eso, ya que bajan cogidas del brazo, riéndose bajito y lanzándose miradas de complicidad.

—Hoy el bosque está precioso —comenta Elise una vez en el porche, mirando hacia el horizonte.

—Es lo que tiene la primavera —responde Nora.

Lo dice como si intentara minimizar las cosas buenas de la vida. No sé a qué se debe, pero desearía quitarle esa extraña manía que tiene.

Las chicas avanzan unos metros por delante de nosotros, y yo las observo en silencio hasta que Markus me da un codazo para captar mi atención.

—No has dejado de mirarla en toda la comida.

Se refiere a Nora, obviamente. Parece que picarme con ese tema se ha convertido en su nuevo deporte favorito.

—Tampoco he dejado de respirar en toda la comida.

—Eres idiota…

Enseguida llegamos a la orilla del lago. El agua está tranquila e invita a sentarse a su lado, lejos de todo: de las responsabilidades, de la ciudad…, incluso de tus pensamientos.

La quietud se interrumpe cuando Elise lanza una piedra plana, que rebota cuatro veces antes de hundirse. Mi cuñada da un saltito, victoriosa, y Nora se agacha para escoger otras piedras con las que seguir intentándolo.

Escucho a Markus suspirar cerca de mí. Me giro y lo encuentro concentrado en construir torres de piedras. Ya tiene unas cuantas, algunas medio derruidas.

—¿Qué haces? —le pregunto.

—Una torre.

—Ya lo veo.

—Representan el equilibrio. Me dan… paz interior.

—¿Paz interior? Pues esa tiene pinta de ir a caerse en cuestión de segundos…

—Cállate. No me pongas nervioso.

Niego con la cabeza. Contra todo pronóstico, consigue colocar la última piedra, antes de dedicarme una sonrisa triunfante.

Nora se acerca y contempla la torre.

—Muy zen, Markus. Te están quedando muy bonitas. Y sin duda has mejorado la técnica con respecto a los otros días.

—Gracias —responde él, orgulloso.

Elise viene corriendo con una piedra lisa, gris pero con una veta azul que debe de parecerle especial.

—Mira, amor, es perfecta. —Se la enseña a Markus.

Este la coge contento.

—Perfecta para mi próxima torre.

—Yo había pensado en ponerla sobre la chimenea —protesta Elise—. ¿No te parece preciosa?

Markus se encoge de hombros.

—No sé, Elise, es una piedra del suelo.

Nora parece divertida por la escena.

—¿Sabíais que los pingüinos buscan una piedra que consideren especial y se la regalan a su pareja? —comenta.

Markus frunce el ceño.

—Qué van a regalar piedras los pingüinos…

—Pues a mí me parece taaaaaan romántico —dice Elise.

Markus resopla y señala la mano de su novia.

—Yo ya le regalé una piedra.

Elise mira su dedo anular y sonríe, como evocando aquel momento.

—Eso es más bien una roca muy cara —apunta Nora con una sonrisa.

—Y con un significado diferente al que vosotros le habéis dado, pero seguid interpretándolo a vuestra manera —comento yo.

—No nos entendéis. —Elise pone los ojos en blanco y se agarra al brazo de Markus—. Ven. Tengo una cosa que enseñarte dentro.

—¿Una cosa?

—Sí, una cosa. Ven.

Se lo lleva casi a rastras. Es obvio que lo ha hecho a propósito para dejarnos a Nora y a mí a solas, pero ambos fingimos no habernos dado cuenta.

—Qué raritos son a veces, pero los quiero —dice ella, quizás para disimular y suavizar la tensión.

—Yo también —coincido. Carraspeo un poco nervioso, no voy a negarlo.

Nora vuelve a arrojar una piedra al agua y esta rebota un par de veces. Sin decir nada, busco por la orilla algunas que puedan servirle. Encuentro una negra, plana y brillante. La piedra perfecta.

Antes de pensarlo demasiado, se me escapan las palabras:

—¿A ti no te regalan piedras?

Nora esboza una sonrisa amarga.

—A mí jamás me dan piedras, ni flores… ni unos míseros bombones. Aunque sean de supermercado.

Tenso los labios, contrariado por el tirón que siento en el pecho al escucharla.

—Entonces has estado saliendo con imbéciles.

En cuanto lo digo, sé que debería haberme callado. Nora se gira hacia mí, boquiabierta, y luego intenta componer un gesto neutral.

—Puede ser que tengas razón.

Nos quedamos unos segundos en silencio, mirándonos, casi retándonos a traspasar una frontera que sería peligroso cruzar en este momento.

Acaricio la piedra en mi mano izquierda antes de acercarme más a ella.

Joder. No sé qué estoy a punto de hacer, pero sí sé que no me arrepentiré después.

—Toma.

Extiendo la mano, cerrada, y ella abre la suya, confundida.

Deposito la piedra sobre su palma y ella solo… la mira, con los ojos muy abiertos.

—Es buena para hacerla rebotar —añado, tratando de restarle importancia.

Porque es solo una piedra.

Y ya está.

Nora vuelve a mirarme. A saber lo que está pensando.

—Gracias —susurra.

Asiento, sin saber qué más decir, y me alejo unos pasos, como si la cosa no fuera conmigo. Como si no acabara de hacer algo que, en realidad, no tiene nada que ver con pingüinos románticos ni con ninguna declaración de intenciones.

Cuando estoy lo bastante lejos, vuelvo ligeramente la cabeza, justo a tiempo para verla guardarse la piedra en el bolsillo.

Como si fuera importante.

Como si no fuera solo una estúpida piedra recogida del suelo.

Y en mi pecho aparece de nuevo esa sensación.

La que me empuja a seguir acercándome a ella, y recordándome al mismo tiempo que con Nora no será así de fácil…