La chispa que nos une (Lo que nos une 2) 19
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Nora

Elise tiene razón: Max es muy observador. Y eso arruina cualquier intento de fingir normalidad.

Porque, si no lo fuera, no me habría preguntado qué me pasa. ¿De verdad puede leerme con esa facilidad?

—Te vi antes en la terraza —comienza él cuando nos sentamos a la mesa, uno frente a otro—. Parecías concentrada.

—Estaba intentando escribir una cosa.

—¿Y te salió?

—Mejor de lo que esperaba. —Sonrío sin querer—. Bueno, tampoco pretendo sonar presuntuosa.

Max se queda callado un segundo, pero me mira como si hubiese dicho algo imprevisto.

—Hacía mucho que no te veía sonreír así, tan ilusionada.

No contesto. Cojo un trozo de pan para mantener las manos ocupadas, como si eso pudiera aplacar los nervios que amenazan con apoderarse de mí, y le doy un mordisco.

Supongo que es el «efecto Max». Así debería empezar a llamarlo…

—¿Escribes siempre en un cuaderno? —continúa él.

Me tomo mi tiempo para tragar el bocado antes de contestar.

—No. Normalmente uso el portátil, pero lo dejé en Londres. Supongo que el papel también tiene su encanto.

Max asiente despacio, como si estuviera procesando algo más.

—Entonces, ¿escribes de forma habitual? —pregunta.

—Sí.

Su mirada permanece un segundo de más clavada en la mía, como si esperase que yo fuera más allá, pero no quiero darle el gusto. O tal vez una parte de mí teme que, si lo hago, se espante… o suelte algún despropósito, como los demás hombres a los que les he explicado esto antes.

—¿Y puedo preguntar qué escribes? —añade.

—Pues… novelas.

Él ladea la cabeza, pensativo, sin apartar su mirada de mí.

—¿De qué tipo?

—De amor… —Carraspeo—. Con escenas… picantes.

Ahora parece… ¿divertido? ¿Sorprendido?

—¿Picantes? —pregunta.

—Pero elegantes —me apresuro a matizar, como si eso lo arreglara todo. ¿En qué diantres estoy pensando al darle tantos detalles?

—Picantes pero elegantes… —repite. Es obvio que le da vueltas a la idea—. Suena… interesante.

—No digas eso —susurro mientras el calor se me sube a las mejillas.

—Solo he repetido lo que tú has dicho —ríe.

—Pues no lo repitas de esa manera… no sé…

No le confieso que escuchar esas palabras de su boca me altera.

—Pero… ¿es solo un hobby ? ¿O lo haces en serio?

Dudo un segundo si virar drásticamente la conversación.

—Tengo varios libros publicados en Amazon —suelto al final—. En mis ratos libres he escrito varios en inglés y también he traducido algunos de esos al alemán. Soy autora independiente. Es decir, no publico bajo ningún sello editorial.

Max parece impresionado.

—¡Caray! ¿Y te va bien?

Me encojo de hombros, intentando restarle importancia.

—Mejor de lo que esperaba cuando empecé. Y bastante mejor que en un trabajo convencional, si es a lo que te refieres.

Me observa sin borrar la sonrisa de su rostro y siento que, por primera vez, le estoy dejando ver a mi verdadera yo. O al menos una capa muy importante de mí misma.

—Y ahora vas a dedicarte plenamente a eso, ¿verdad? —Acierta, por supuesto, gracias a ese don de la observación.

Asiento con la cabeza. El vértigo que me ha acompañado en los últimos tiempos vuelve a invadirme al pensar en dar el salto hacia lo que realmente deseo.

—Sí. Voy a intentarlo. Aunque me aterre perseguir mi sueño.

Su sonrisa se amplía, pero resulta acogedora.

—Bueno, sin duda deberías sentirte orgullosa de ti por darte la oportunidad. Si has conseguido todo eso en tus ratos libres, imagina lo que podrás lograr cuando lo conviertas en tu prioridad.

Otra sonrisa se me escapa a mí.

—Gracias, Max.

—¿Por qué?

—Por tus palabras. Creo que necesitaba que alguien me dijera algo así.

—Entonces me alegro de haber sido yo.

Saca el móvil del bolsillo, lo desbloquea y levanta la vista hacia mí otra vez.

—¿Cómo te busco? ¿Nora O’Connor? —pregunta—. ¿O eres de las que se esconden detrás de un seudónimo?

Trago saliva.

—Con seudónimo.

—Vale.

—No quería mezclar la escritura con mi faceta más… profesional, por así decirlo. —No sé por qué he sentido la necesidad de justificarme.

—¿Y funciona?

—Supongo que sí. Aunque, en realidad, da un poco igual… Son más miedos y prejuicios que otra cosa.

No dice nada, solo me mira, como si me analizase. Después me muestra la pantalla de su móvil, con la app de Amazon abierta.

—Entonces, ¿cómo te encuentro?

Resoplo, dudando. ¿De verdad quiero que Max se ría de mí al leer lo que escribo, o que me someta a críticas dolorosas e irrespetuosas, como ya hicieron mis ex?

Miro hacia la barbacoa, donde Markus ya está sirviendo las salchichas en los platos que le tiende Elise. No tengo mucho tiempo antes de que se sienten a nuestro lado.

—No voy a decírtelo —contesto, decidida.

Max parpadea, sorprendido y extrañado a la vez.

—¿Te da vergüenza?

—No.

—Entonces, ¿por qué?

Aprieto los labios.

—Porque lo leerías… —me obligo a mirarlo— y me da miedo que no te guste, o te parezca algo que… no apruebes…

Max sostiene mi mirada.

—Nora, puede gustarme más o menos —dice con calma—, pero jamás me reiría de algo que te ha llevado tiempo, talento y disciplina. Escribir una novela tiene su mérito. Yo, por ejemplo, no me veo capaz.

Trago saliva de nuevo. Esa frase me toca más de lo que debería. Y es que ha vuelto a descifrarme.

—No hace falta que me lo digas ahora. —Al ver que yo no hablo, bloquea el teléfono y se lo guarda en el bolsillo—. Me lo tendré que ganar. —Sonríe.

Justo Elise aparece y coloca frente a nosotros los platos, llenos de diferentes tipos de salchichas: blancas, anaranjadas y rojas.

—¡A comer antes de que se enfríen! —anuncia, seguida por Markus.

Sin embargo, yo sigo colgada de la mirada plateada de Max. Una parte de mí me grita que podría confiar en él, mientras que la otra se empeña en recordarme que, con otros tíos, eso siempre me ha dejado herida.

¿De verdad quiero correr ese riesgo otra vez?

Aunque… ¿y si con él merece la pena arriesgarse?