18
Max
—En serio, ¿de dónde has sacado ese sombrero de pescador? —le pregunto a Markus, que bailotea mientras les da la vuelta a las salchichas en la barbacoa.
Lleva las gafas de sol colgando de un cordel en el cuello y, con la mano libre, sostiene un botellín de cerveza.
—Es un regalo de Elise —me responde, con ese buen humor que gasta últimamente.
—Pues espero que jamás me regale uno… —murmuro, y doy un trago a mi bebida.
—No seas cruel. Además, a mí me gusta.
—Siempre has tenido un gusto peculiar.
Markus suelta una carcajada y, sin dejar de moverse al ritmo de la música, me señala con las pinzas.
—Y tú, últimamente, estás amargado.
—¿Por ser realista?
—No. Por insoportable.
Muestro una sonrisa torcida.
—Ese título es tuyo desde que naciste, hermanito, no intentes endilgármelo ahora.
—Vale, bien, seré insoportable, pero aquí estás, refunfuñando en mi casa y bebiéndote mi cerveza.
Vuelvo a dar un trago, sin querer entrar al trapo.
—Y encima… —añade, con una sonrisa que esconde un matiz malicioso— hay dos mujeres maravillosas…
No termina la frase, pero hace un gesto hacia la casa, provocándome un pellizco en el estómago que preferiría no sentir.
—¿Qué quieres decir con eso? —pregunto, con recelo.
Markus vuelve a concentrarse en girar las dichosas salchichas. Sé que lo está haciendo aposta.
—Espabila, Max. Esa chica no va a quedarse para siempre, y aquí tienes la oportunidad perfecta de… ya sabes. Es lo único que te diré, porque esto se te está dando fatal. ¿Cuántos meses llevas en la fase del «acercamiento» con Nora?
Bufo.
—¿Y tú desde cuándo eres un gurú del amor?
Markus suelta una carcajada.
—Creo que en ese terreno yo tengo más experiencia.
—Sí, se me había olvidado que también tienes el título, otorgado por la prensa, de «empresario playboy ».
—Oye, ahí has ido a hacer daño. Sabes que esa etapa de mi vida quedó muy atrás.
—Y menos mal…
—¿Tengo que recordarte que a ti hace poco te preguntaron en una entrevista si ahora eras gay?
—¡Porque la periodista era una imbécil a la que no le estaba siguiendo el juego!
—Y porque las pocas veces en que has salido con alguien no te has dejado ver con la chica en cuestión bajo ningún concepto.
—Es simple: me gusta mantener mi privacidad y no confío en la gente.
No desde que mi novia, con la que llevaba casi una década, desde el comienzo de la universidad, y que me traicionó, fue a la prensa a airear todos mis secretos más íntimos, y otras muchas mentiras, con tal de hacer caja una vez que cortamos.
Markus se queda quieto un segundo, mirándome. Sabe lo que estoy pensando.
—Cuánto daño te hizo… —comenta en voz baja—. Pero, Max, han pasado muchos años ya.
No respondo. No merece la pena seguir hablando de esto.
Le doy otro trago a la cerveza; el líquido frío desciende por mi garganta. Entonces, de forma inesperada, me embarga una sensación de calma al escuchar la risa de Nora en la puerta de la casa.
La veo bajar las escaleras del porche junto a Elise y, por primera vez en mucho tiempo, no siento que estar cerca de alguien suponga un riesgo, aunque tal vez debería.
Mi cuñada porta una bandeja con más cervezas y zumo de manzana gasificado, mientras que Nora trae una cestita con el pan ya cortado y un puñado de servilletas blancas de papel.
Dejan las cosas sobre la mesa, donde hace unos minutos yo deposité los platos y los cubiertos, que no distribuí como es debido.
—Amor —le dice Elise a Markus—, ¿cuándo va a estar la comida? Porque tengo un hambre voraz y, como me hagas esperar mucho, te comeré a ti, aviso.
—¡Qué agresiva! —Mi hermano sonríe y, cuando Elise se acerca, se dan un beso rápido en los labios.
Me aparto un poco para cederles espacio para sus cariñitos. Me acerco a la mesa, donde Nora está repartiendo los cubiertos. La ayudo, colocando también las servilletas.
No hablamos. La siento lejana, en su mundo.
—¿Te encuentras bien? —pregunto.
Ella vuelve sus ojos esmeralda hacia mí, como si mi pregunta la hubiera pillado desprevenida.
—Sí. ¿Por qué no iba a estarlo?
Me encojo de hombros. Sé que no es sincera, pero también que no tengo derecho a saber nada más que lo que ella quiera mostrarme, por mucho que me gustaría que esa situación cambiara.
Además, en Nora capto algo que conozco: el miedo a volver a confiar en alguien… y equivocarse.
En eso, nos parecemos demasiado.