La chispa que nos une (Lo que nos une 2) 17
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Nora

Una vez en la habitación, cierro la puerta con cuidado y vuelvo a la terraza para continuar escribiendo en mi cuaderno.

La suave brisa me acompaña, junto con la calidez agradable de los rayos de sol filtrándose entre los abetos.

Es el escenario perfecto para la escena que tengo entre manos ahora mismo.

Aun así, por mucho que intente centrarme, una parte de mi mente sigue revoloteando en torno a lo sucedido en el porche hace unos minutos, a lo fácil que ha sido hablar con Max. A lo bien que me he sentido, de una forma que no sé muy bien cómo explicar, y que se repite siempre con él.

Aprieto el bolígrafo entre los dedos y vuelvo a inclinarme sobre el papel, obligándome a regresar a mi historia, a mi mundo, a mi fantasía creativa.

Esa burbuja se rompe cuando unos nudillos llaman a mi puerta. La voz de Elise suena desde el otro lado y, al mirar el reloj, me percato de que llevo más de dos horas sin parar.

—Veo que estás a tope.

—Sí, bueno… —Miro a lo lejos para descansar la vista, al mismo tiempo que abro y cierro la mano con la que he estado escribiendo.

—¿Te apetece bajar con nosotros? Markus ha puesto música y anda preparando la barbacoa.

—¿Una barbacoa?

Hasta ahora no me había sido consciente del hambre que tengo.

—Sí, pero no te emociones. Los chicos se acercaron al pueblo y han traído un surtido de salchichas y pan del día.

—A mí me suena fabuloso.

Mi amiga sonríe, satisfecha, y justo en ese momento mi móvil vibra sobre la mesa.

Lo miro y le muestro a Elise la pantalla, donde se lee: «Mamá».

Aunque suene horrible, no contesto.

Sé cómo es ella y sé lo que querrá, probablemente, así que me limito a esperar el wasap que resumirá por qué necesitaba hablar conmigo. Nuestra relación se rige por esa dinámica desde hace años.

Efectivamente, unos segundos después, aparece el mensaje.

Hola, cielo. Este mes, con todos los contratiempos que te dije, voy un poco justa. ¿Podrías prestarme algo? Prometo que esta vez te lo devolveré.

Elise me observa un segundo después de leerlo ella también.

—Pero ¿está bien?

Se me escapa una risa amarga.

—No lo sé. Nunca lo sé del todo. Y a veces tampoco sé si quiero saberlo, si te soy sincera.

—Ay, Nora…

—Es que siempre estamos igual, ¡siempre! —resoplo—. ¿No debería ser al revés? Llevo enviándole pasta desde que me fui de casa con dieciocho años…

—¿Qué ha sucedido ahora? —Mi amiga se sienta en la silla que tengo al lado y extiende su mano sobre la mía, esperando que la ponga al corriente de un nuevo capítulo en la vida de mi madre.

—La echaron de la gasolinera en la que llevaba trabajando apenas tres meses. Abrió un surtidor para que su nuevo novio pudiera repostar por la cara… No sé cómo creyó que nadie se daría cuenta. ¡Esos sitios están llenos de cámaras!

Elise guarda silencio, procesando la información, hasta que, al final, lanza la pregunta que siempre me formula en estos casos.

—¿Y qué vas a hacer?

Dejo caer los hombros.

—Ayudarla, como siempre. Es mi madre, ¿no? Es la única familia que tengo.

—Lo entiendo, pero ella debe saber que tu situación también ha cambiado.

Niego con la cabeza al instante.

—Si le digo que me han despedido y que voy a dedicarme exclusivamente a mis novelas guarras y pecaminosas, como ella las llama, se acaba el mundo. No puedo contárselo y darle el gusto de verme por primera vez un poquito como ella: sin trabajo y con la incertidumbre por qué va a pasar ahora.

Elise me observa con firmeza.

—Voy a decirte algo, y quiero que te quede bien claro: no te pareces en nada a ella, Nora. Ni siquiera en el color de los ojos.

Tiene razón. Mi forma de ser es opuesta a la mi madre, y mis rasgos físicos los heredé de mi padre, quien se esfumó para siempre cuando supo que había dejado embarazada a su amante, es decir, a mi madre, estando él casado con otra mujer.

—Al menos, algún día todo esto terminará conmigo.

Elise frunce el ceño y me aprieta la mano con cariño.

—¿Ya estás otra vez con eso?

—Alguien debe ser lo suficientemente responsable como para ponerle punto y final a esta maldición.

Ella alza los ojos al cielo, pues hemos tenido esta conversación millones de veces.

—Me parece increíble que para algunas cosas seas tan racional y en cambio para otras te creas esas leyendas estúpidas que la gente inventa por maldad y aburrimiento.

—Pero es verdad… Desde mi bisabuela, a todas las mujeres de mi familia les ha pasado lo mismo que a mi madre, según me contó ella. Y yo no pienso ser la siguiente. No es que considere que ellas actuaron mal, pero la vi sufrir tanto…

—Nora —dice Elise, más seria todavía—, romper un patrón no consiste en vivir con miedo ni condicionar toda tu vida a lo que otras personas experimentaron en el pasado.

—Es muy fácil decirlo cuando no has visto el dolor en su rostro. Por lo menos, yo ya he superado la edad en la que supuestamente todas ellas cayeron.

—¿Y eso te tranquiliza?

—No —confieso—. En realidad, me aterra aún más.

—¿Por qué?

Trago saliva.

—Porque ahora una parte de mí cree que ya no puedo culpar del todo a la maldición si termino igual. Ahora las responsables serán mis propias decisiones, mis miedos y todos los errores que todavía puedo cometer.

Elise menea la cabeza.

—Te estás imponiendo una carga brutal sobre los hombros. Una que no te pertenece y que, además, no puedes controlar.

—Tal vez —susurro—, pero no puedo evitarlo.

—Nora, sé que puedes hacerlo de otro modo, pero, para empezar, no puedes tomar decisiones desde el miedo.

No respondo. Una vez más, tiene razón, aunque yo no sea capaz de reconocérselo en voz alta. Todo es muy complicado.

Bajo la mirada hacia el mensaje de mi madre, pero no escribo nada. No todavía. Bloqueo el teléfono y lo dejo boca abajo sobre la mesa.

—Bueno… —Intento sonreír para aflojar el nudo que me oprime el pecho—. Hay unas salchichas que nos esperan abajo, ¿no?

—Por favor… —Elise rompe a reír—. ¡Eso ha sonado fatal!

Yo también me río.

—Que sepas que hasta que tú no lo has hecho notar, yo no había caído… ¡Mente sucia!

Seguimos riendo y la nube gris que nos envolvía empieza a disiparse.

Por suerte, tengo en mi vida a Elise. Ella es mi otra familia, la que se elige. Y que siempre está ahí.