16
Max
El ruido de un vehículo aproximándose rompe la quietud del bosque. No tengo dudas de que se trata de ellas.
Estoy tumbado en una hamaca en el porche que da al lago, leyendo, mientras Markus dormita con el iPad sobre su abdomen. Bueno, respira bastante fuerte, lo que me indica que se ha quedado como un tronco.
—¡Ya estamos aquí! —La voz de Elise resuena desde el extremo opuesto de la casa, y mi hermano se levanta de golpe y va en su dirección.
No puedo evitar sonreír. Si hace un par de años me hubieran dicho que iba a verlo así de enamorado, no lo habría creído, pero me alegra que haya encontrado a Elise. Creo que ambos se hacen mejores de alguna manera, y eso me parece hermoso.
Continúo leyendo, cuando alguien se sienta en el lugar que ocupaba Markus unos minutos atrás. Solo que no es él.
—¿Qué lees? —pregunta Nora.
Bajo el libro para mirarla, sorprendido de que haya venido a buscarme.
—Una novela histórica —respondo—. De esas con trasfondo bélico y encuentros que intentan hacer olvidar lo que será inevitable.
—Ah. —Medita—. Esas también me gustan. Aunque el mundo se esté hundiendo, la humanidad se aferra a la esperanza.
No digo nada. Solo la observo.
Algo en su rostro no encaja del todo con la situación. Sonríe, sí, pero no es una sonrisa plena. Y yo lo sé.
—«A. N. Locker». No conozco a ese autor. —Prosigue con el tema del libro.
—Es de mis favoritos. Tengo toda su obra.
—¿Has llegado a conocerlo?
—No, todavía no. Pero supongo que sería interesante.
—Seguro que sí.
Desvía la mirada hacia el lago y se recoge un mechón de pelo tras la oreja, permitiéndome, sin querer, apreciar mejor sus preciosas pecas, enmarcadas por ese cabello anaranjado que me afecta de una forma que no debería.
—Oye… —cierro el libro y lo dejo en la mesita—, lamento mucho lo de esta mañana. De verdad que no fue mi intención y…
—No pasa nada. Fue un accidente. No estábamos coordinados.
—Justo eso. —Sonrío aliviado al ver que no parece molesta.
Nora vuelve a apartar la mirada, como dudando.
—Yo… siento cómo actué. No sé qué me pasó.
Un leve rubor asoma en sus mejillas, lo cual me desconcierta, ya que Nora no es del tipo de mujer que se sonroja con facilidad. Sin embargo, me gusta ser el responsable de esa reacción tan encantadora en ella.
Entonces, respira hondo y se gira hacia mí.
—Me alegra que estés aquí —dice, mirándome a los ojos. Antes de que yo pueda responder, se levanta—. Nos vemos luego, Max.
Se marcha, dejándome solo en el porche. Decido que, de momento, con eso me basta.
Sonrío y contemplo el lago, tan apacible… Hace un día agradable y, después de esta breve conversación, me siento incluso mejor.
Cojo el libro de nuevo e intento leer, pero las palabras ya no me atrapan como antes.