La chispa que nos une (Lo que nos une 2) 15
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Nora

Elise me ha llevado a una cafetería-pastelería encantadora, ubicada en el centro de un pueblo diminuto que parece sacado de una postal o de un cuento.

Las calles están adoquinadas, las fachadas de las casitas típicas son de colores pastel, y, puesto que ya estamos en primavera, se ven macetas preciosas con flores en algunas ventanas y balcones.

En este lugar no hay barullo ni tráfico. Huele a paz, a bienestar… La gente va a otro ritmo, y me encanta.

El local al que hemos venido es muy coqueto, acogedor y huele a bollitos recién horneados. Elise, emocionada, prácticamente me arrastra hasta una mesita libre junto a la ventana.

—Vale —comienza, acomodándose en la silla con un suspiro satisfecho—. Esto ya es otra cosa. ¡Me encanta este lugar!

—Sí —murmuro, echando un vistazo—, es muy bonito.

Pedimos café con leche, panecillos calientes, mantequilla y un surtido de mermeladas.

Bebo de mi taza, sintiendo cómo ese maravilloso brebaje me devuelve la vida.

—Delicioso —suspiro.

—La verdad es que todo lo que sirven en este sitio es una maravilla.

—Ha sido una idea genial venir. Ojalá muchas mañanas como esta.

—¿Te refieres a mañanas en las que te encuentres a Max en el baño como si fuera un anuncio de Gillette? —dice, arqueando una ceja.

Niego con la cabeza y creo que hasta me sonrojo. Un poquito, al menos.

—Si lo sé, no te lo cuento —farfullo. Además, algo me dice que se ha chivado a Markus.

—Yo me he reído, y pienso pincharte con la historia hasta que se te pase el trauma. Aunque seguro que no te importaría encontrártelo así más a menudo. Es más, ¡podrías usar la anécdota para una de tus novelas!

—No me hace gracia, Elise. Es… es imposible. Todo esto. —Me aturullo; no sé ni lo que estoy diciendo—. No es el momento, ni el lugar, ni…

—Tengo que recordarte algo que me dijiste cuando empecé con Markus —me interrumpe. Se aclara la garganta, como si fuera a citar a un autor célebre—. Literalmente fue: «El amor no se programa. Llega cuando menos lo esperamos y, a la vez, cuando más lo necesitamos».

Pongo los ojos en blanco.

—¿Vas a usar mis propias palabras contra mí?

—Solo es un pequeño apunte de esos que la sabia y romántica Nora me daba para que yo no echara a perder la felicidad de la que disfruto hoy.

La miro mientras me llevo un panecillo a los labios. Procuro masticar despacio, como si mantener la boca llena fuera la única forma de evitar soltarle alguna ironía.

Pero Elise me conoce demasiado bien. Y sabe perfectamente que su cuñado me atrae desde hace tiempo, aunque yo me empeñe en negarlo.

—¿De verdad no piensas decir nada? —añade mientras unta mermelada en su panecillo.

Trago.

—Sea como sea, esto es diferente —intento defenderme—. Además, en ese momento Markus estaba en el mismo país que tú, empezando por ahí.

—Ahora mismo vosotros también estáis en el mismo país.

—Habíais hablado muchísimo más.

—Y vosotros también, a escondidas, que lo sé yo. ¡Si hasta te hizo un regalo por San Valentín!

Me quedo callada. Cuando Elise se pone cabezota, es inútil rebatirle nada.

—¿Por qué no me avisaste de que Max iba a venir? —Desvío la conversación para saciar mi curiosidad acerca de por qué ha vuelto antes de Oslo.

—Lo decidió a última hora y apareció aquí a las tantas de la noche —explica—.

Yo estaba medio dormida, y tú seguramente también, si no te enteraste.

Markus no para de decirle que trabaja demasiado y que tiene que delegar más y, la verdad, estoy de acuerdo con él.

Me alegra que haya escuchado a su hermano y se tome un descanso.

A Max esta casa le encanta, lleva años viniendo con Markus.

—Bueno… —No sé qué decir. Una ínfima parte de mí esperaba que yo fuera el motivo, por egoísta que suene.

—Bueno… —repite ella, poniéndose seria—. Y, cambiando de tema, ¿cómo va todo lo demás?

Sabía que la dichosa pregunta llegaría más pronto que tarde. «Todo lo demás» hace referencia a mi vida en general. Es decir: el trabajo, mis miedos, mi carrera como escritora…

Doy un sorbo al café antes de contestar.

—He mirado ofertas de empleo y el mercado laboral está fatal… —empiezo. Me estoy yendo por las ramas, pero necesito desahogarme—. Cada vez pagan menos, y la vida cuesta más.

—Esa sensación la tiene mucha gente, sí…

Asiento. Entonces me decido a darles voz a mis pensamientos.

—Y por eso creo que… —hago una pausa antes de lanzar la bomba—, por una vez, voy a apostar por mí.

El vértigo me atraviesa en cuanto lo suelto por fin.

—Aunque sea temporalmente —añado—. Para ver cómo funciona, por lo menos… Porque creo que tienes razón y, si no aprovecho esta oportunidad, por fatídica que haya sido, no lo haré nunca.

Los ojos de Elise se iluminan.

—De fatídica, nada. Es la OPORTUNIDAD, en mayúsculas, que estabas esperando. ¡Por fin dispones de todo el tiempo del mundo para hacer realidad tu sueño!

—Sí…, bueno…

—¿Eso significa que vas a responderle a la editora que te contactó?

—Sí, supongo que eso también. Ya estoy preparando en Canva una presentación para darle a conocer la novela en la que estoy trabajando ahora, pero todavía tengo dudas. Una editorial son palabras mayores, y en Amazon a mí me va bien.

—¿Qué dices? Es otra vía para abrirte puertas nuevas y darte a conocer entre lectoras más tradicionales, ya sabes, las que solo van a la librería.

¡A mí me encanta la idea! —exclama—. Además, me gusta verte así, tan inspirada como estos días.

No paras de escribir en tu cuaderno. Estoy segura de que hasta lo llevas en el bolso.

Exhalo una risa corta.

—Lo llevo a todas partes, sí. Desde que llegué a Alemania se me han desbloqueado un montón de ideas, aunque sería más eficaz con mi portátil.

Elise se apoya en el respaldo, satisfecha.

—¿Ves?

Dudo un segundo, pero sé lo que tengo que decir a continuación, aunque sea incómodo.

—De hecho, lo más seguro es que vuelva a casa la semana que viene. Necesito pasar el texto a limpio, y también siento que ya me he aprovechado bastante de vuestra hospitalidad.

Mi amiga abre mucho los ojos y niega con la cabeza.

—¿Aprovechado? Nora, por favor, si desde que has llegado no dejas quieto el bolígrafo. ¡Y me encanta que estés aquí! Te mereces este descanso, vivir lo que siempre has deseado…

La interrumpo.

—Ya, pero… necesito estar sola. No sé cómo explicarlo. Sin distracciones.

Elise me mira fijamente.

—¿Y si tal vez la cuestión sea esa?

—¿A qué te refieres?

—El hecho de que no tengas el ordenador y hayas vuelto al método tradicional. Estás en un lugar diferente, lejos de la monotonía que supone para ti Londres, con un cuaderno… ¡y mira cómo te has desbloqueado! Ya está. Simple. Sencillo.

Reflexiono sobre ello. Tiene sentido.

—Puede ser —admito en voz baja—. Creo que, cuando pase a limpio todo esto, podré perfeccionar la historia, pero, aun así…, no sé.

Elise estira el brazo y me roza la mano suavemente.

—Nora, no hace falta que tengas respuestas para todo hoy. Solo tienes que atreverte a empezar y organizarte. Piénsalo.

Trago saliva y, en lugar de oponerme, asiento. Y es que estoy aterrada con todo esto. Aunque lo que más miedo me da es… que me salga bien.

Porque entonces me veré obligada a salir de mi zona de confort.