La chispa que nos une (Lo que nos une 2) 13
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Nora

Los rayos de sol se filtran entre las cortinas, haciendo de la habitación un lugar todavía más agradable, si es posible. Me estiro entre las sábanas y me percato de que, a los pies de la cama, sigue abierto el cuaderno en el que anoche escribí páginas y páginas.

Echo de menos mi portátil; si hubiera sabido que iba a estar tan inspirada, no lo habría dejado en Londres. Pero supongo que volver al método tradicional de vez en cuando tampoco está mal.

Me incorporo y observo la nada unos segundos, tiempo más que suficiente para que Max se cuele en mis pensamientos, como ha hecho más veces de las que me gustaría admitir. Creo haber soñado con él, como si hubiese oído su voz en algún momento durante la noche.

Niego con la cabeza, decidida a espabilarme. Del neceser que descansa sobre la cómoda, cojo la pasta de dientes y el cepillo.

Antes de entrar al baño escucho un ruido, pero lo atribuyo a la madera de la casa, que en ocasiones cruje. Lo que no esperaba para nada en el mundo era encontrar a Max dentro, con una toalla blanca en las caderas y afeitándose frente al espejo.

Se gira hacia mí, sorprendido. La puerta que comunica con la habitación contigua ahora también está abierta.

—Buenos días —dice con una sonrisa—. ¿Te he despertado?

No contesto. En lugar de eso, cierro de golpe y vuelvo a respirar, porque por unos instantes se me había olvidado hacerlo. Me quedo al otro lado, con el corazón asemejándose a un tambor en mi pecho. Estoy… alterada.

Mi mente recrea lo que acaba de ver: esos brazos marcados; ese torso perfecto, con el vello justo y necesario; esos abdominales esculpidos y esa maldita uve que desaparecía bajo la toalla…

¿Desde cuándo un ser humano corriente tiene ese cuerpo?

Trago saliva.

Ninguno de mis personajes de ficción tiene nada que envidiarle a Max.

Pero ¿qué demonios hago pensando en él en estos términos?

Necesito salir de aquí. De esta casa. ¡Ahora mismo! Que le den al cepillado de dientes.

Él sí que está para cepillárselo…

¡¿Qué diantres se me pasa por la cabeza?!

Joder, joder, ¡joder!

Bajo aprisa las escaleras hasta la cocina, donde Elise se prepara un café.

—Hola, Nora. ¿Has descansado bien?

—Hola. Sí.

Contesto demasiado rápido. Y, encima, asiento con la cabeza, como esos perritos que decoran los salpicaderos de los coches.

Elise me observa, entornando los ojos.

—¿Qué ocurre? Pareces… acalorada.

No puedo decirle que acabo de ver a su cuñado casi desnudo en un baño que no esperaba que fuera compartido. ¡Ella me lo vendió como privado! Hasta mencionó un maldito pestillo.

—Oye…, estaba pensando que podríamos salir tú y yo a desayunar algo —improviso—. Ya sabes, mañana de chicas.

Elise guarda silencio un segundo, analizándome, y al final acepta.

—Me parece buena idea. Le pediré las llaves del coche a Markus. El pueblo no queda lejos.

Respiro, aliviada.

Definitivamente, necesito alejarme de Max.

Como sea.