La chispa que nos une (Lo que nos une 2) 11
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Nora

Tal vez lo que necesitaba era esto.

Calma. Silencio. Naturaleza en estado puro.

Markus conduce concentrado por carreteras serpenteantes de dos carriles, flanqueadas por enormes abetos que custodian el camino con su verde esplendor.

La radio está apagada, y, mientras Elise scrollea en Instagram desde el asiento del copiloto, yo bajo un poco la ventanilla para empaparme de todo.

Adoro el olor a tierra, a pino, a frescura… y a libertad envuelta en… esperanza.

Pierdo la noción del tiempo hasta que aminoramos la marcha y tomamos un desvío estrecho, casi escondido entre la espesura.

La vía se interna en el bosque como si no quisiera ser encontrada por cualquiera, y entonces la veo: una casa de dos plantas, construida en ladrillo rojo, con tejado de pizarra negra a dos aguas.

No desentona, sino que parece haber estado siempre ahí, como si la vegetación la abrazara y le cediese su espacio, protegiéndola de la hostilidad del mundo que queda al otro lado de todos estos árboles.

En cuanto el coche se detiene frente al porche, me apeo, incapaz de disimular mi asombro. El lugar invita a bajar el ritmo y a soltar lastre.

Inspiro hondo. El aire fresco me llena los pulmones y me devuelve una sensación que hacía tiempo que no reconocía: tranquilidad, sin exigencias ni expectativas.

—¡Oye! —Elise, con las gafas de sol sobre la cabeza, me saca de mi ensimismamiento tendiéndome una de las bolsas del supermercado.

Markus ya está subiendo las maletas por la entrada escalonada.

—Toma, lleva tú esta a la cocina. Luego te enseño tu habitación.

Asiento y la sigo al interior; ella carga con una caja llena de vegetales.

El olor a madera y un aroma tenue a chimenea me envuelven de inmediato. Todo resulta acogedor: el parqué rústico, los tonos claros de las paredes, los muebles sencillos con aire campestre…

—Caray… —murmuro—. No tengo palabras.

—Lo sé. —Elise sonríe—. A mí me pasó lo mismo la primera vez que vine.

Dejamos las bolsas en la isla de mármol blanco y guardamos lo básico en la nevera. Después subimos a la planta superior. Elise se detiene frente a dos puertas y abre la de la izquierda.

La habitación es amplia y está bañada por la luz del atardecer. La cama es grande y promete brindarme un sueño reparador esta noche. Al fondo, tras unas cortinas traslúcidas, distingo una terraza.

—Y el baño está aquí —continúa Elise—. La otra puerta está cerrada con pestillo porque se comunica con la habitación contigua, así que este es para uso privado tuyo.

Asiento, pero ya le estoy señalando lo que ha captado toda mi atención.

—Ah…, sí. —Ella esboza una sonrisa cómplice y abre la terraza.

El aire fresco me acaricia el rostro. No se oye nada, salvo algún pájaro lejano y el susurro de las copas de los árboles mecidas por la suave brisa.

—Creo que este va a ser mi lugar favorito de la casa —confieso en voz baja.

—Sabía que te gustaría. Y te va a venir bien.

—Gracias, Elise. De verdad.

Mi amiga le resta importancia con un gesto y me deja a solas.

No tardo en salir a la terraza con un cuaderno y un bolígrafo. Me siento frente a la mesita de madera, observando el horizonte teñido de tonos anaranjados.

Debería escribir, pero no sé por dónde empezar. Bueno, en realidad, debería hacer tantas cosas… Pero, por primera vez en mucho tiempo, no me importa no saber de qué cabo tirar o cómo hacerlo.

Y es que, quizás, no se trate de tener un plan trazado ni de decidirlo todo ahora. Quizás baste con escuchar lo que me dicta el corazón y permitirme soñar, aunque la idea resulte vertiginosa.

Porque, en lo más profundo de mi ser, sé que he tomado una decisión. Sé lo que quiero hacer con mi vida.

Apoyo el bolígrafo sobre la hoja en blanco y cierro los ojos en medio del silencio, reconfortada por la luz del atardecer. Y, aun así, noto algo extraño…

Y sé por qué.

Hay otra cosa que deseo, pero que también me aterra.

Miro hacia el móvil, que dejé en la habitación al llegar, y un pinchazo en el pecho me recuerda el mensaje que envié por accidente… y al que no fui capaz de responder después.

Le dedico un pensamiento fugaz a él y enseguida me obligo a apartarlo de mi cabeza.

No puede ser. No puedo.

Demasiada presión, demasiadas relaciones tormentosas en el pasado y… demasiado miedo a que me alcance cierta maldición. El precio que debería pagar no compensa. En absoluto.

Trato de esquivar esos pensamientos grises. Regreso a la idea de que Alemania, tan lejos de todo lo que conozco, parece el lugar idóneo para comenzar de nuevo, esta vez persiguiendo aquello que en verdad anhelo.

Eso es lo que voy a hacer, sí.

Aunque, de momento, no me atreva ni siquiera a decirlo en voz alta.