La chispa que nos une (Lo que nos une 2) 10
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Max

Klaus abre la puerta del vehículo y Markus sale primero. Yo voy detrás y, justo cuando vamos a entrar en el edificio, percibo la vibración del móvil en el bolsillo de mi americana.

Al sacarlo, veo que un número con prefijo inglés, y que no tengo registrado en la agenda, me ha escrito un mensaje de WhatsApp.

Hola, Max. Soy Nora.

Lo releo un par de veces. Me fijo en la foto que aparece en el perfil. Sí, sin duda es ella. No sé por qué me ha escrito precisamente ahora, pero la cuestión es que lo ha hecho y que, en medio de todo lo que debe de estar pasando por su cabeza, también parezco estar yo.

—¿Va todo bien? —pregunta Markus.

Ni siquiera he sido consciente de haberme parado a mitad de camino entre el coche y la entrada.

—Sí —respondo, y vuelvo a ponerme en marcha.

Guardo su número en la agenda y escribo una respuesta breve, a la espera de ver a dónde nos conduce la conversación.

Hola, Nora.

Accedemos a las oficinas de Markus para formalizar el contrato de implementación de un nuevo sistema que optimice la gestión del almacén en una de las fábricas de la empresa que yo dirijo. No le confiaría algo así a ninguna compañía que no fuera la consultora de mi hermano.

La reunión es breve y ejecutiva, justo como a mí me gusta. Aunque, para ser sincero, no presto toda la atención que debería; tal vez por eso, al salir, Markus posa una mano en mi hombro y me mira con expresión seria.

—Estás raro.

—Menuda gilipollez… —Intento quitarle hierro al asunto.

—No, de verdad. No has dejado de mirar el móvil desde antes de entrar a la reunión.

—Lo he mirado… varias veces, sí —admito—. Tengo muchos temas pendientes.

Es una mentirijilla, porque, en realidad, entre correo y correo también he ojeado esa conversación de WhatsApp tan extraña en la que Nora no ha vuelto a decir ni mu.

—Vamos a mi despacho —propone él—. Te invito a un café.

Lo sigo. De camino, mi hermano suspira; probablemente anda calculando cómo decirme lo que sea que quiere comentar.

—Mira, Max…, creo que últimamente trabajas demasiado.

—Hay mucha gente que depende de mí.

—Y también de mí, aunque en menor número —replica—. Pero, como sigas así, vas a terminar igual que papá. Y siempre juraste que no querías parecerte a él.

Saludo a su secretaria, quien ocupa la mesa que precede a la puerta del despacho, y entramos.

—Sinceramente, Markus, creo que ninguno de los dos tenía ni idea de la responsabilidad que cargaba sobre sus hombros antes de que yo terminara en su silla.

—También viajas demasiado. ¿De verdad es tan importante el evento de Noruega como para dedicarle tantos días?

—¿Crees que me apetece pasar tanto tiempo en Oslo, en lugar de irme con vosotros a la casa de la montaña a desconectar?

—Puedes delegar mucho más, y lo sabes. —Coloca una cápsula en la cafetera Nespresso—. Tienes un séquito de directivos que te sigue a todas partes, pero, claro, aquí entran en conflicto el poder y el querer, y lo sabes.

—Tampoco tengo motivos para hacerlo, tal y como va mi vida, ¿no crees?

Markus se gira hacia mí con una mezcla de incredulidad y cansancio en la mirada.

—Ay, hermano…, ¿tú te crees que me chupo el dedo?

—¿Qué quieres decir?

—Interprétalo como quieras —responde—. Ya sabes que no suelo meterme en tus asuntos, pero a veces pienso que eres imbécil. ¿O me vas a decir que lo del desayuno ha sido porque te apetecía, sin más?

—No sé de qué me hablas. Ah, y gracias por el piropo.

—Eres imposible… Que te den —dice por lo bajini.

—¿Algo más?

—Sí: replantéate la agenda. Y la vida. Y piensa en cómo te hace sentir todo esto.

—De acuerdo. —Esbozo una media sonrisa—. Gracias también por la terapia. ¿La vas a incluir en la desorbitada factura del proyecto o es un servicio gratuito para amigos y familiares?

—Puto gilipollas. —Markus menea la cabeza y, después, me tiende el café.

—Tal vez no estaría tan estresado si tú colaborases un poco, ¿no crees?

—¿Qué insinúas?

Me muerdo la lengua. No quiero echarle en cara, otra vez, que los eventos de la fundación familiar también recaen, prácticamente en su totalidad, sobre mí porque él se niega a participar. A veces eso me hace sentir al límite, pero sigo tirando del carro en solitario.

—Olvídalo… — No quiero discutir. No puedo discutir con él. No después de aquel accidente de tráfico que casi acaba con su vida y lo apartó de todo durante meses.

Cuando Markus me da la espalda para prepararse su café, vuelvo a mirar el móvil.

Nada.

No hay nada.